Asociación Cultural Amigos de la Dehesa

30 de octubre de 2012

Actualidad de la Dehesa: julio - octubre 2012

Caída accidental de un pino. Circuito de andar/correr. Plan de reforestación 2012-2013. Llegada del otoño y otras cosas.

Caída accidental de un pino infectado por hongos.
El pasado mes de junio informábamos de un par de apeos de pinos que hubo que efectuar en la Dehesa para evitar riesgos de accidentes como el que estuvo a punto de ocurrir a principios de julio.

Un ligero viento en la tarde del día 8 de julio derribó un pino de gran porte en la vaguada central, justo en frente de La Paloma. En la zona había varios usuarios y el árbol a punto estuvo de venírsele encima a una niña que por allí jugaba pero que, afortunadamente, lo vio venir y pudo apartarse a tiempo.

Arriba, la copa del pino caído en la vaguada en frente de La Paloma. Debajo, vista del tronco y las raíces.
(Fotos: A. Ferrero, 2012)

Viendo en detalle las raíces, se aprecia una podedrumbe parduzca, lo que hace pensar en una infección por un hongo patógeno. Por la similitud con infecciones similares vistas en otros árboles, sospechamos que se trata de Fomitopsis pinicola, cuyo ataque resulta incurable cuando está muy avanzado, de ahí que se estén analizando los árboles cercanos para determinar si hay más infectados.

Arriba, detalle de las raíces del pino caído.
(Foto: A. Ferrero, 2012)
Debajo, infección similar causada por Fomitopsis pinicola en un ejemplar de encina.
(Foto: A. Revilla, 2007)

Existe, además, un problema documentado con los pinos plantados en praderas. La abundancia de agua en superficie provoca que el pino desarrolle raíces superficiales incapaces de sostenerlo. Se están valorando posibles soluciones para evitar nuevas caídas.

Nuevo circuito para andar/correr por la Dehesa.
A propuesta de la A.D. Ciudad de los Poetas se está terminando de realizar un circuito para andar o correr por la Dehesa. El circuito se ha diseñado utilizando las sendas y caminos actuales de la Dehesa para evitar el impacto negativo que tendría la apertura de otros nuevos.

El circuito, de 4 km, discurre por la parte alta de la Dehesa y el Canalillo y está siendo convenientemente señalizado con hitos de madera. En el futuro, podría verse ampliado con un ramal por la parte baja de la Dehesa que linda con Sinesio Delgado, a modo de recorrido botánico de 2 km por la zona del Pino Rey y el Cedral.


Plan de reforestación 2012 - 2013.
Se está ultimando el plan con las plantaciones para la temporada otoño-invierno 2012 - 2013. Se va a seguir incrementando las zonas y número de frondosas (árboles caducifolios, que además de ampliar la diversidad vegetal de la Dehesa, servirán de contraste paisajístico con las coníferas mayoritarias en el parque, especialmente los pinos. Se repondrán marras y ampliará el número de Populus nigra (chopo o álamo negro) en la Fuente de la Tomasa, donde, como puede apreciarse en la siguiente fotografía, vegetan de forma muy aceptable en la zona aportándole su toque caracteristico de vegetación de ribera.

(Foto: Archivo Amigos de la Dehesa, 2012)

Otros lugares donde se piensa plantar son la margen izquierda del camino que baja desde el paseo del Instituto Fabiola a la fuente y en diversos grupos, entre otros en la recientemente recuperada vaguada, antes camino, que discurre entre la estatua de Andrés Bello y el túnel de Sinesio Delgado. En el siguiente plano se muestra el detalle de las plantaciones planificadas.


Llegada del otoño y otras cosas.
Praderas.
Con las primeras lluvias de otoño han comenzado a germinar las praderas naturales de la Dehesa que cubren la mayor parte de su superficie, superándose los estragos que la enorme sequedad de este verano habían causado en su capa vegetal. Ya podemos comenzar a disfrutar nuevamente del "verde" de la Dehesa.

Primeras hierbas de este otoño en las praderas naturales de la Dehesa.
(Foto: Archivo Amigos de la Dehesa, 2012)

Juncos.
A la Dehesa venian muchos de los churreros de Madrid a recoger juncos para atar las cuelgas de churros que vendían. Eso fue hasta pasado mediados del siglo XX. Posiblemente por esa sobreexplotación y por las diferentes transformaciones que han afectado a la capa freática y las diversas obras en la Dehesa, los juncos estan prácticamente desaparecidos. Sin embargo hemos detectado esta mata, sin duda superviviente de una especie otrora característica de la Dehesa y que convendría recuperar con la reintroducción de nuevos plantones en zonas apropiadas para su mantenimiento y expansión.

(Foto: Archivo Amigos de la Dehesa, 2012)

Cierre al tráfico.
El "fuera coches de la Dehesa de la Villa" puede que esté a punto de culminarse. Por acuerdo tomado en el Grupo de Participación Ciudadana de la Dehesa en su reunión del dia 28 de septiembre, se va instalar una barrera de acceso al paseo asfaltado que une el Instituto médico Fabiola de Mora con la C/ Francos Rodriguez. En la actualidad, a pesar de que una placa prohibe la circulación, excepto al servicio, dicho paseo se ve invadido de coches aparcados y circulando. El objetivo es además, liberar ese espacio para los peatones y para la realización de actividades diversas (aprendizaje de montar en bici -solicitado por el AMPA del Colegio Ignacio Zuloaga-, patinaje, etc.).

A la izquierda, la señal de prohibición que muy pocos respetan. Como consecuencia, los transeúntes se encuentran con enormes dificultades para sortear los vehículos, como puede verse en la imagen de la derecha, donde un cuidador se ve obligado a conducir una silla de ruedas por el paseo asfaltado pegandose a los que están aparcados, sorteando con riesgo y molestias a los coches que circulan.
(Foto: Archivo Amigos de la Dehesa, 2012)

Perros y gatos.
Y, para terminar, dos nuevas denuncias, relacionadas con las personas que incumplen las ordenanzas municipales sobre animales en parques.

En la Dehesa cada vez más ardillas son victimas de los perros que andan sueltos a todas las horas del día. El último caso conocido ocurrió el 28 de septiembre cuando tres perros, ante la actitud pasiva de sus dueños, atacaron a este ejemplar joven al que no dio tiempo a trepar al pino cercano. Fue recogido y fotografiado aún con vida por el servicio de conservación del parque, pero falleció antes de que fuera atendido por los servicios de GREFA, a los que se avisó desde el Centro de Información y Educación Ambiental.

(Foto: Archivo Amigos de la Dehesa, 2012)

Por otro lado, desde hace tiempo se han detectado en la Dehesa, especialmente en la zona de la Ciudad Universitaria y en la Casa del Escudo, poblaciones estables de gatos que están siendo alimentadas por algunas personas desoyendo la ordenanza que prohíbe suministrar alimento a los gatos. El daño que estas poblaciones causan a la fauna de la Dehesa, especialmente las aves, es grande; corremos el riesgo de que zonas como la Fuente de la Tomasa, pequeña reserva de aves, se conviertan en zonas de protección para gatos. Se han iniciado contactos con Madrid Salud para el control de las poblaciones y se van a enviar cartas a la Policía Municipal para que se sancione, tal como marca la normativa, el suministro de alimento.

21 de octubre de 2012

Recuerdos de La Ciudad de los Poetas (Saconia)

Sobre el barrio Ciudad de los Poetas, también conocido como Saconia, visto por dos vecinas. Con fotografías antiguas de cuando no había más que huertas y campos de labor...

El barrio de La Ciudad de los Poetas es uno de los últimos grandes barrios que se construyeron en los alrededores de la Dehesa de la Villa allá por los años 60-80 del pasado siglo. Cierto es que ha habido actuaciones urbanísticas posteriores, pero la Ciudad de los Poetas – Saconia fue, probablemente, la última barriada completa trazada en las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a finales del s. XX, tras la colonia de la Policía, San Nicolás, Barrio del Pilar, Valdezarza...

Con el tiempo, es nuestra intención dedicar al barrio un artículo monográfico de investigación sobre su historia, así como a la de los otros que circundan la Dehesa. Para “ir abriendo boca”, traemos hoy los recuerdos de dos personas del barrio. El primero de ellos es de Laly, vecina de las de toda la vida, y lo publicó en la desaparecida revista vecinal “Dehesa de la Villa”, allá por marzo de 1997. El segundo, más reciente, es un extracto del pregón que Mª Carmen Caballero Ledesma, ex-directora del colegio Lepanto, pronunció en la pasada edición de las fiestas de la Dehesa de la Villa 2012. Entre los dos, nos ofrecen un recorrido histórico-nostálgico del barrio y de uno de los centros donde se han educado varias generaciones de vecinos, el Colegio Lepanto. Las fotografías que los acompañan, excepto la de la familia de Laly, han sido recopiladas por la Asociación de Amigos de la Dehesa.

Agradecemos a Laly y Mary Carmen la autorización para publicar sus escritos y esperamos que cunda su ejemplo, de forma que otros vecinos se animen a contar sus vivencias, recuerdos y testimonios sobre lo que fueron estos barrios.

Historia del barrio.
Laly.
Publicado en  junio-1997 en Dehesa de la Villa, revista desaparecida. Reproducido con permiso de la autora.

La familia de Laly en la era, en 1962.
En aquella época, todavía se sembraba
trigo, alfalfa y cebada en los campos que
había en lo que hoy es la Ciudad de los
Poetas. Los por entonces chavales
todavía recuerdan que participaban en
la trilla en algunas de las eras que había
en la zona.
(Foto: cedida por Laly;
Revista Dehesa de la Villa)
Permítanme transmitir algunos recuerdos que me vienen a la cabeza evocando los tiempos de mi infancia, vividos en el entorno de nuestro barrio, Ciudad de los Poetas.

En esta zona, entonces declarada “zona verde” crecieron viviendas, algunas muy humildes, fruto de la gran ola migratoria de los años 50. Se conformaron entonces barrios como Peña Chica, Peña Grande, Belmonte... Las casas eran levantadas y techadas en una sola noche de manera furtiva e ilegal; no era posible de otra manera, aunque sus terrenos eran comprados a un precio muy considerable, existía una gran especulación con el suelo que había que aceptar por necesidad. Al día siguiente de la construcción tenía lugar el “chantaje institucional”, el desalojo de la vivienda para luego proceder a su derribo o a la detención del responsable y la imposición de la multa reglamentaria, éste era su precio. A partir de ese momento, las viviendas se iban mejorando poco a poco con muchísimo sacrificio.

Afortunadamente sí había trabajo entonces; la ciudad vivía un gran momento de desarrollo, con la ampliación de las vías de comunicación, pavimentación de calles, adoquinado... Obras y nuevas construcciones que reclamaban mano de obra inmediata.

Precisamente en aquellos años –nací en 1956- se estaban ampliando varias líneas de tranvías y mi padre empezó trabajando, gracias a la recomendación de un paisano, en la implantación de raíles para tranvías. Enseguida promocionó y se convirtió en tranviario, conductor de tranvía, que entonces era un medio de transporte importantísimo para comunicar Madrid con sus barrios y arrabales. Los coches eran tan escasos que no recuerdo que ninguno de nuestros vecinos lo tuviera. Mi padre conducía el tranvía de la línea 3, Cuatro Caminos – Peña Grande.

(Foto: autor desconocido, hacia 1952; A. Rojo Gutiérrez, archivo fotográfico CM)

Venía por donde ahora lo hace el autobús 127, sólo que el final de la línea lo tenía en Ricote, glorieta que recibía su nombre de un bar; además había otros, pero lo que más recuerdo de esa glorieta es el quiosco de la señora María, que nos despachaba en cucuruchos de papel de estraza unas gallinejas y chicharrones buenísimos, imprimiendo un olor muy característico a toda la glorieta. Había otros quioscos de golosinas en el barrio, como el del señor Pablo, junto al arroyo, y el de la señora Inés, cerca del colegio de la Fuente, según íbamos al ambulatorio... Con la “perra gorda” aún podíamos entonces comprar algo; con dos reales hasta un bollito de hojaldre; y con una peseta ya podíamos incluso elegir entre varias especialidades.

Teníamos pocas tiendas en el barrio. Mi madre solía ir a comprar al mercado de Maravillas, todo un escaparate de mercancías que tenía entonces, como hoy, una intensa actividad. A la puerta del mercado, una graciosa mona vestida con todo lujo de detalles hacía las delicias de los transeúntes solucionando así, a buen seguro, el sustento de la familia que orgullosamente la exhibía.

El “Canalillo”.
En nuestra casa no teníamos agua corriente; y nuestros vecinos, tampoco. La palangana y un gran barreño de zinc eran elementos de higiene. Mis hermanos, mayores que yo, eran los encargados de ir a buscar diariamente el agua a la fuente, la que estaba al lado del quiosco del señor Pablo, a una distancia considerable.

Mi madre hacía la colada en una pileta que había más abajo de la que hoy es la calle Artajona y, confluyendo aproximadamente con la actual salida del túnel de Sinesio Delgado, pasaba por allí el “Canalillo”, una gran tubería de cemento al exterior que atravesaba la Dehesa de la Villa y discurría exactamente por el paseo que hoy nos lleva hasta el circuito y sobre donde circulábamos cómodamente.

Dos vistas del Canalillo en los años 70 detrás del CHF, antes de adentrarse en la Dehesa de la Villa. A la derecha, completamente cubierto, con forma de tubería; a la izquierda, con parte del cauce al descubierto.
(Fotos: cedidas por Pablo Escobar; Archivo Amigos de la Dehesa)

La pileta era de granito y sobre ella vertía un gran chorro de agua. Recuerdo muy entrañablemente este lugar porque gracias al “Canalillo” todo nuestro barrio –el que hoy conocemos como Ciudad de los Poetas- era un vergel de huertas muy fértiles con higueras, tomates, lechugas... de una magnífica calidad –hay que tener en cuenta que las aguas que lo regaban procedían del río Lozoya-. Pues bien, ese lugar que señalo lo aprovechaban las mujeres para lavar la ropa, que luego tendían al sol sujetando unas cuerdas a las higueras. Al lado había un pilón, propiedad de los huertanos, que siempre estaba lleno. Los chicos, burlando cualquier derecho de propiedad, lo utilizaban -cuando el tiempo y la vigilancia lo permitían- como un lugar donde refrescarse dándose un chapuzón.

Recuerdo acompañar a mi madre cuando iba a lavar al “Canalillo”. Era como un día de excursión: a media mañana me daba un trozo de pan con longaniza casera enviada por mis abuelos de su matanza y que ella conservaba metida en aceite, y que, acompañada por el sonido del chorro sobre la pila de granito y el aroma de las higueras, me sabía a gloria, si es que tan etérea sensación pudiera ponerle algún sabor. A veces me abría un tomate cogido allí mismo de la mata y que el amable huertano nos ofrecía a cambio de conversación.

Había muy pocas casas en esta zona de huertas, en las que vivían los que cuidaban de ellas y que no siempre eran sus dueños.

Huertas y campos de labor en los terrenos que luego serían la Ciudad de los Poetas
(Foto: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Revista Código 35)

El cuartelillo y el tranvía.
Cerca también del “Canalillo” estaba el “cuartelillo” de la Guardia Civil. Allí paraba el tranvía y estaba situado aproximadamente en el espacio que hoy ocupa el Polideportivo “Ciudad de los Poetas”, si bien estaba orientado al sur. Tenía un patio en el que jugaban los hijos de los guardias, por lo cual no solían frecuentar la compañía de los demás chicos del barrio; tampoco recuerdo ir al colegio con ninguno de ellos.

Entrañable imagen de las casas que había enfrente del cuartelillo de la Guardia Civil en lo que hoy es la calle Antonio Machado.
(Foto: años 50 - 60, cedida por Rosa María Moreno; Archivo Amigos de la Dehesa)

Desde el “cuartelillo” y una vez enfilada la cuesta que hoy es la calle de Antonio Machado, el tranvía se embalaba hacia la siguiente parada, la de la Maternidad –hoy instituto “Isaac Newton”- que era la nuestra.

Había allí una casa, “la casa del lorito” que nos ofrecía un recibimiento muy especial, con un simpático y parlanchín loro que nos saludaba al apearnos. Claro que, a veces, la curva anterior suponía el final del trayecto, pues al conductor no le daba tiempo a frenar y se producía un descarrilamiento, todo un suceso para los chiquillos del barrio. Mi madre nos mandaba ir corriendo por si había sido mi padre o si hubiese algún accidentado. No solía dar lugar a que se produjesen heridos de consideración, pero el solo hecho de la evacuación de los viajeros y el posterior encarrilamiento del tranvía constituía todo un entretenimiento.

Aquellos tranvías eran preciosos, con los asientos de madera, al igual que los suelos. Su conductor llevaba gorra de plato, con una insignia grande en el frente que componía el número del empleado. Mi padre era el 4224, capicúa. A él le gustaba mucho tal número, porque decía que le daba suerte...

Ocurrían otros accidentes, a veces muy peligrosos. Los chicos, a modo de travesura, solían colgarse en el trole del tranvía y pocos de ellos se libraban de importantes caídas, algunas de las cuales les han dejado secuelas.

Dos vistas del tranvía en los años 60 a su paso por lo que hoy es Antonio Machado.
(Fotos: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Juanjo, Urbanity)

La Maternidad.
Mi casa estaba muy próxima a la Maternidad. La conformaban unos edificios soberbios si los comparábamos con los del entorno. Sus jardines estaban muy bien cuidados y el interior tenía unos pasillos muy grandes y adornados, también con bonitas plantas. Yo entré en algunas ocasiones porque mi vecina Mari se había metido a monja y estaba allí. Y a veces, cuando su madre iba a verla, yo la acompañaba. Mi hermano fue monaguillo y ayudaba en la celebración de la misa de los domingos.

En primavera solíamos hacer alguna excursión a la Dehesa de la Villa. Íbamos andando, atravesando las huertas, llevando nuestro bocadillo y unas botellas pequeñas de gaseosa que para ese día excepcionalmente nos compraban. La Dehesa de la Villa es lo que menos ha cambiado de nuestro entorno. Entonces no necesitaba unos cuidados especiales, era más natural porque no sufría deterioros tan importantes como los actuales. A mí me parecía un bosque de pinos enorme. Desde luego era más extensa de lo que es ahora ya que desde entonces ha sufrido varias mermas y sus amenazas siguen siendo constantes.

Un día oí a alguien comentar: “¡Ya ha vendido la huerta la Carola. Creo que la van a dar seis millones de pesetas!”. Aquella era una cantidad desorbitante para entonces, los años 60. En la huerta de la señora se edificaron más tarde buen número de nuestros bloques, los situados entre las calles de Valderrodrigo y Juán Andrés, la primera fase de la Ciudad de los Poetas. Antes ya había comenzado la construcción de otros nuevos barrios: El Pilar, Valdezarza... y desde nuestras casas, donde antes sólo veíamos huertas y campos sembrados de trigo y alfalfa cerca del arroyo por donde pasaba el tranvía, el horizonte comenzó a llenarse de amenazantes grúas.

Los vecinos empezamos a disgregarnos, pero muchos seguimos viviendo en la zona y cuando paseamos por sus calles, aún nos vienen a la memoria todos estos recuerdos.

Terrenos de huertas y campos de labor sobre los que posteriormente se levantaría la Ciudad de los Poetas – Saconia.
(Fotos: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Juanjo, Urbanity)

La Ciudad de los Poetas y el Colegio Lepanto.
Mª Carmen Caballero Ledesma.
Extracto del pregón pronunciado en las fiestas de la Dehesa de la Villa, junio-2012. Reproducido con permiso de la autora.

La Dehesa de la Villa es mucho más que un espacio natural, es un espacio para la convivencia. Un lugar de encuentro de vecinos, paseantes y amantes de la naturaleza que saben valorar lo que este rincón tan especial de Madrid, ofrece. Su situación elevada, expuesta al oeste, su luz, sus vistas y sus atardeceres, hacen de éste un paraje único. Y, aunque hoy la Dehesa ha quedado reducida a 70 has. de las 900 que ocupaba, y ha sido engullida por la ciudad, sigue manteniendo pinceladas de campo en plena urbe que le dan un toque de originalidad y excepcionalidad entre los demás espacios verdes de la capital.

Como muchos de vosotros llegué a este barrio de Valdezarza, concretamente al conocido como de Saconia, a mitad de los años 70. En realidad, su verdadero nombre es: “Conjunto Residencial Ciudad de los Poetas” cuyos trabajos de planificación y proyecto habían comenzado ya a finales de los años 60 y, según indica Norberto Spagnuolo en un estudio realizado sobre el citado barrio, sus promotores pretendían un lugar que potenciara las virtudes de la convivencia y el quehacer cotidiano y en común de sus futuros habitantes. Esas ideas urbanísticas y su plasmación arquitectónica merecieron entonces el elogio generalizado de la crítica especializada tanto nacional como internacional y fue presentado en el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos de Buenos Aires en 1970 como una de las mejores soluciones integrales de vivienda social.

Por aquel entonces, el barrio se beneficiaba de una demanda continua y recibía nuevos y jóvenes habitantes cargados de los emergentes valores cívicos y sociales. Era un barrio extraordinariamente dinámico, donde continuamente se celebraban asambleas, debates, exposiciones, mesas redondas y todo tipo de actos culturales a los que tan aficionados eran los jóvenes universitarios de la época, población mayoritaria en un enclave que llegaron a apodar como Rojonia. Muchos de nuestros vecinos han ocupado y ocupan altísimos cargos en el gobierno de la Nación y de Europa. Y, aunque en estos momentos los políticos no son un valor en alza, no tenemos que olvidar que la Política en sí, con mayúsculas, es la vida misma con todas sus cuitas y sus anhelos. También paseó por nuestras calles el poeta Blas de Otero autor de “Basta” o “Hija de Yago”.

En ese contexto llegó, en septiembre del 83, mi nombramiento como profesora del Colegio Lepanto, sito en el corazón del barrio, y dos años después asumí la dirección del Centro. Desde entonces, y a lo largo de este dilatadísimo espacio de tiempo, cientos de familias han optado por poner en nuestras manos para su cuidado y formación sus más preciados tesoros: sus hijos.

Mª Carmen Caballero con algunos de los alumnos que ganaron el primer premio del concurso de dibujos de Navidad.
(Foto: A. Ferrero, 1996)

Fiestas de Carnaval en el patio de deportes. Detrás, las gradas que se construyeron en los años 80; antes, había una pendiente de arena: más de uno recordará haber roto los pantalones deslizándose por ella.
(Foto: A. Ferrero, 1992)

Y nosotros, muy conscientes del valor que representaba esa opción y la responsabilidad que entrañaba nuestra labor, nos pusimos, desde el primer momento, a la tarea de no defraudar, de dar lo mejor de nosotros mismos para que esos niños, hoy hombre y mujeres, muchos de ellos, se desarrollasen en un entorno favorable de trabajo, respeto y amor. Y, cuando digo “nosotros” no estoy utilizando el plural mayestático sino que me estoy refiriendo al equipo de personas que, a lo largo de los años me han ido acompañado y que han hecho que el Colegio Lepanto fuese un espacio de convivencia excepcional, donde el trabajo, el esfuerzo, el respeto y la transmisión de valores constituyesen unas señas de identidad que hicieron del centro un lugar de referencia y un sitio idóneo para el crecimiento personal de cuantos allí estudiaban o trabajábamos.

Uno de los patios de receo del Colegio Lepanto; todavía se conserva de arena.
A la derecha, en el soportal, debajo de las aulas, pueden verse las típicas vigas del colegio con huecos en forma de hexágono que sirvieron a más de una generación de alumnos como canastas improvisadas.
(Foto: página web del Colegio Lepanto en EducaMadrid.org)

Vista de otro de los patios de receo, uno de los que se hormigonaron en los años 80 para la práctica deportiva. Los soportales de la planta baja, anteriormente abiertos, aparecen ya cerrados y habilitados para actividades diversas.
(Foto: página web del Colegio Lepanto en EducaMadrid.org)

Y como la familia y el medio no son exógenos al sistema educativo sino que son agentes relevantes involucrados en el sistema y la cultura escolar, nos aproximamos a las familias y fomentamos los encuentros para que nos conociésemos y les conociésemos, para que confiasen y confiásemos. Y así, profesores y padres, consolidamos un conjunto de voluntades dispuestas a construir un entorno mejor y una relación más estrecha y próxima que nos enriqueciese a todos y que hiciese mucho más fructífera nuestra labor.

Y compartimos logros y frustraciones.

Y coincidimos en sueños y esperanzas.

Y renovamos utopías año tras año.

Y esa relación especial y entrañable permanecerá en el tiempo inalterable porque los lazos que nos unían, nos siguen uniendo y así será mientras permanezcan los recuerdos en nuestra memoria y los sentimientos en nuestro corazón.

9 de octubre de 2012

2- Curruca capirotada - Conoce las aves de la Dehesa de la Villa

Segunda entrega de la serie Conoce las aves de la Dehesa de la Villa.

Curruca capirotada (Sylvia atricapilla).
Pepe y Gonzalo Monedero

La Curruca capirotada es un paseriforme presente en la Dehesa de la Villa durante todo el año, siendo más abundante durante el paso migratorio otoñal y en la época invernal, cuando se juntan los individuos llegados del Centro y Norte de Europa con los residentes de la Península Ibérica.

Es un ave de pequeño tamaño caracterizado por tener un dimorfismo sexual entre machos y hembras, distinguiéndose el macho por presentar un pequeño capirote de color negro en la cabeza, y marrón-castaño en la hembra. Los jóvenes de primer año presentan un capirote similar al de las hembras. En cuanto a la tonalidad del resto del cuerpo de la curruca, presenta por el dorso un color gris apagado y por la zona ventral un color gris-oliváceo claro.

Curruca capirotada hembra, con capirote marrón.
(Foto: J. Monedero; fotografiada en la Dehesa de la Villa, mayo-2008)

Curruca capirotada macho, con capirote negro.
(Foto: J. Monedero; fotografiada en la Dehesa de la Villa, mayo-2008)

Es un ave básicamente insectívora aunque también se alimenta de frutos silvestres variados como moras, majuelas, escaramujos,…etc., sobre todo cuando escasean los insectos, siendo un recurso alimenticio de gran valor energético durante la migración otoñal y la época invernal.

Cría principalmente en arbustos, en terrenos arbolados umbríos con denso sotobosque, y en jardines y parques que presenten abundantes zonas arbustivas con preferencia de zarzales, rosales silvestres y otros espinos, los cuales favorecen la cría ya que les protegen de sus depredadores. En la construcción del nido participan ambos sexos, aportando materiales vegetales varios como hierbas secas, musgos,…etc. En la Dehesa de la Villa se han observado algunos nidos de esta especie, en zarzales y otros espinos.


Serie Conoce las aves de la Dehesa de la Villa:
1 - Papamoscas cerrojillo
2 - Curruca capirotada
3 - Petirrojo europeo
4 - Lavandera blanca
5 - Mosquitero común
6 - Reyezuelo listado
7 - Golondrina común
8 - Vencejo común
9 - Pito Real
10 - Mochuelo europeo
11 - Cotorra argentina
12 - Mito
13 - Colirrojo tizón
14 - Verdecillo
15 - Mirlo común
16 - Carbonero garrapinos
17 - Herrerillo capuchino
18 - Paloma torcaz
19 - Gorrión común

1 de octubre de 2012

El poblado prehistórico de Cantarranas

Sobre el poblado del periodo calcolítico hallado en el barranco del arroyo Cantarranas en la Ciudad Universitaria de Madrid, lindes que fueron de la primitiva Dehesa de Amaniel.

Las terrazas y vega que el Manzanares forma a su paso por Madrid son uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la Península Ibérica. Ya hemos hablado aquí, al referirnos a los mastodontes y tortugas gigantes hallados en unos antiguos tejares próximos a la Dehesa de la Villa, de la importancia de la Cuenca del Manzanares en la Paleontología. Daremos hoy un salto de algunos millones de años para situarnos en el III milenio a.C., y llenar así otra página de la historia de la Dehesa de la Villa, a caballo entre aquellos fósiles prehistóricos y las primeras referencias escritas a la Dehesa de Amaniel.

Ya se ha comentado aquí también que la extensión de la primitiva Dehesa de Amaniel o de la Villa nada tiene que ver con la actual. Los límites descritos más antiguos situaban sus lindes hasta el arroyo de Cantarranas, en los terrenos que a principios del s. XIX fueron anexionados por Carlos IV al Real Sitio de La Florida y que pasarían de nuevo al Estado en 1860 para, posteriormente, formar parte de la Ciudad Universitaria.

Quede así claramente establecida la relación del poblado prehistórico de Cantarranas con la Dehesa de la Villa y de ahí el interés que para nosotros tiene.

Vista del barranco de Cantarranas durante las excavaciones del poblado prehistórico. Detrás, el viaducto de los quince ojos y, más al fondo, el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, en plena Dehesa de la Villa.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

El periodo calcolítico o eneolítico.
El periodo calcolítico, así denominado por la utilización del cobre como materia prima, se extendió en Madrid a lo largo del III milenio a.C., entre el neolítico (VI – IV milenios antes de nuestra era) y el comienzo de la Edad del Bronce (datado hacia el 2.200 a.C.).

Ya durante el periodo neolítico se habían venido produciendo los primeros asentamientos humanos, acompañados de los inicios de la agricultura y la ganadería y los comienzos de la producción cerámica. Las cuevas se alternaban con hábitats al aire libre, apareciendo los primeros poblados a base de cabañas circulares, construidas básicamente con madera, con un hogar interior y pozo cercano.

A finales del neolítico el poblamiento se hace más intenso, especialmente a lo largo de las vegas de los ríos y en cerros desde los que se divisaba una amplia panorámica. Los primeros poblados, pequeños, asentados en lugares de fácil defensa y, en la mayoría de los casos, de carácter estacional, irían paulatinamente dando lugar a asentamientos más estables sobre emplazamientos destacados y a los que se dotaba de construcciones defensivas. Tanto el interior de las viviendas como la planta de los poblados permiten intuir una cierta jerarquización del espacio y la diferenciación de actividades económicas.

A la izquierda, reconstrucción de un poblado calcolítico: situado en un altozano, estaría rodeado de empalizada y foso. A la derecha, cabaña típica calcolítica: de planta circular, tenían un zócalo de piedra; las paredes y techo estaban hechos con ramas y barro; el suelo estaba parcialmente excavado en la tierra y cubierto con esteras y pieles para aislarlo de la humedad.
(Dibujos: autor no especificado; Guía del castillo de la Alameda y su entorno; Ayto. Madrid, Museo de los Orígenes)

El tipo de hábitat de los poblados calcolíticos ha dejado numerosos registros de los denominados “fondos de cabaña”. Con este término, introducido en 1924 por Pérez de Barradas (director, entre otras, de las excavaciones de Cantarranas), se designa, en general, a hoyos más o menos circulares que se utilizaban, según la época, como almacenes agrícolas, basureros, viviendas u hogares.

Proceso de excavación, uso y abandono de los hoyos (“fondos de cabaña”) típicos de los poblados calcolíticos: 1. Los huecos eran normalmente excavados por los niños para así poder dejar una boca más pequeña. 2. Dentro de ellos, se conservaban los alimentos a temperatura estable y a salvo de posibles depredadores. 3. Con el tiempo, las paredes de tierra se hundían y las despensas quedaban inservibles. 4. Tanto por comodidad como por evitar una caída, los huecos se rellenaban con basura. 5. La sedimentación posterior sellaba los huecos, motivo por el que suelen contener mucha información arqueológica sobre la dieta alimenticia y los utensilios de la época.
(Dibujo: autor no especificado; Guía del castillo de la Alameda y su entorno; Ayto. Madrid, Museo de los Orígenes)

El calcolítico tuvo en Madrid dos fases claramente diferenciadas: la precampaniforme (cerámicas lisas, escaso uso de la metalurgia) y la campaniforme (industria del cobre, auge de la agricultura y ganadería, cerámica acampanada y con decoración geométrica, como las encontradas en Ciempozuelos, Algete, Valdilecha, Valdemingómez y El Ventorro, en la cuenca baja del Manzanares).

Es en este contexto en el que debemos situar el poblado de Cantarranas, como el más claro exponente madrileño del periodo precampaniforme calcolítico.

La excavación del yacimiento de Cantarranas.
A finales de la década de los años 20 y comienzos de los años 30 del pasado s. XX, la Ciudad Universitaria de Madrid se encontraba en plenas obras. Zona de huertas, jardines, viñas y tierras de labor, surcada de arroyos y barrancos, requería de ingentes obras de desmonte y explanación. Este intenso movimiento de tierras hizo aflorar, a finales de enero de 1930, varios fondos de cabañas en el barranco de Cantarranas que fueron reconocidos por un tranviario, D. José Viloria, aficionado a la arqueología en su tiempo libre y que ya había descubierto otros yacimientos importantes.

Dos de los fondos de cabaña (números 2 y 3) del poblado de Cantarranas aparecidos con el desmonte.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

La Junta Constructora de la Ciudad Universitaria autorizó, en Junta del 16 de mayo, la realización de excavaciones dirigidas por José Pérez de Barradas, reputado especialista de la arqueología madrileña y en aquellas fechas Director del Servicio de Investigaciones Prehistóricas y del Museo Prehistórico Municipal de Madrid. Los trabajos comenzaron el 27 de mayo y quedaron en suspenso el 2 de agosto. Dos años después, en vista de que la investigación no se reanudaba, Pérez de Barradas publicó los resultados de la excavación en un artículo que él mismo consideraba como “nota provisional” a la espera de la excavación completa del poblado y reconstrucción del material encontrado.

Nota manuscrita de Pérez Barradas del 2-agosto-1930
comunicando la suspensión de las excavaciones.
(Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

La excavación no volvería a reanudarse nunca más. En los años 90, a raíz de las obras en los terrenos aledaños del Consejo Superior de Deportes se realizó un seguimiento arqueológico de la zona, sin que pudiera constatarse testimonio alguno del yacimiento ni de sus materiales, con lo que el autor de las excavaciones (Vega, 1996) concluía que la gran extensión que Pérez de Barradas atribuía al yacimiento no era tal y que apenas debería quedar ya de él superficie por excavar.

Situación.
Ubicación del poblado de Cantarranas
sobre el plano de 1929.
(Plano: Oficina Municipal de Información
sobre la Ciudad, 1929;
Biblioteca Digital CM)
El yacimiento se situaba en una parcela de la antigua Moncloa dedicada al cultivo de cereales. Al Este, limitaba con el camino de las tierras de la Moncloa; al Sur con el valle de un arroyo cegado por las obras de nivelación del terreno; al Oeste con una senda; y al Norte, con el barranco del arroyo Cantarranas.

Se encontraba, por tanto, entre la carretera del Palacete de la Moncloa y el paseo del Rey (Camino del Pardo), a espaldas de la Casa de Velázquez, en una zona de desmonte que correspondía a los apartados de carruajes del Estadio. Trasladado al mapa actual, ocuparía aproximadamente, los terrenos del Instituto de Patrimonio Cultural de España, entre las calles Pintor El Greco y Modesto López Otero.

La situación era, en suma, muy favorable: el barranco por el Norte y el río por el Sur ofrecían una seguridad inmejorable para el poblado. Muy cerca se encontraban los manantiales de la fuente de la Mina y de lo que fueron los jardines del Palacete. Los campos situados hacia el Mediodía serían, probablemente, cultivados, y todos los alrededores estaban cubiertos de bosque. Desde el poblado se verían los de la Casa de la Torrecilla y de la colonia del Conde de Vallellano, que, según Pérez de Barradas, pertenecían a la misma edad y podrían comunicarse por señales ópticas (humo, hogueras o cualquier otro medio).

Vista del valle del Manzanares desde el poblado de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

Los fondos de cabaña.
En total, se descubrieron treinta y dos fondos de cabaña, algunos de los cuales quedaron sin excavar. Pérez de Barradas los clasificó en dos grupos:

- Fondos poco profundos, llenos de cenizas y con escasos restos cerámicos. El autor pensó que se trataba de hogares, situados en el interior o fuera de las cabañas.

- Otro grupo de hoyos más profundos en los que, entre tierra negra, producto seguramente de la descomposición de detritus domésticos, se encontraron, huesos, cerámica, objetos de sílex... La cerámica, muy fragmentada, correspondía a restos de vasos; los huesos, a porciones no comestibles, como cabeza o vértebras, o huesos fracturados de extremidades; el material de sílex, bastante escaso, estaba poco o nada trabajado. Pérez de Barradas los clasificó como basureros.

Fondos de cabaña números 25 y 26.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

Los restos.
Los restos hallados fueron escasos y de poco interés, en palabras de Pérez de Barradas. Cabe mencionar:

- Cerámica lisa: abundantes fragmentos de vasos y otras piezas que, en general, debido a su pequeño tamaño no pudieron restaurarse muchas piezas. El barro del que están hechos, de aproximadamente un centímetro de grosor, es negro, con granos finos de arena, y en algunos casos con el exterior de color rojo. Las piezas estaban hechas a mano aunque algunas piezas evidencian el uso de torno. Las formas de los vasos son similares a las descritas en otros poblados de la época (areneros de Los Vascos, Martín, Las Mercedes, Valdivida...).

- Cerámica incisa: sólo aparecieron fragmentos muy pequeños. La decoración es a base de triángulos, en algunos casos rellenos y a veces sin rellenar.

- Cerámica pintada: fragmentos de piezas hechas a torno con líneas rojas semicirculares concéntricas, del tipo habitual en la época de la romanización.

Piezas de cerámica del yacimiento de Cantarranas después de su reconstrucción.
Fig. 1-7: cuencos y vasos. Fig. 8: vasija; Fig. 9: jarra.
(Foto: autor desconocido, 1930; en Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

- Lámparas: dos lámparas de barro cocido, con cavidad semioval profunda y un pico saliente poco marcado y perforado.

- Utensilios de piedra pulimentada: aparecieron más en superficie, en la tierra que rellenaba los fondos. Se encontraron lascas de sílex de aristas vivas y amorfas casi en su totalidad, alguna punta de flecha y hojas.

- Utensilios de hueso: destacan los punzones, trabajados con hueso de ciervo. De algunos restos óseos se habían sacado discos, con muescas semicirculares perfectas, lo que podría indicar la existencia de un taller para el trabajo del hueso.

Hallazgos de cerámica, hueso y piedra en el yacimiento de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; en Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

- Metal: no se encontró ningún resto de objeto completo pero sí trozos pequeños de malaquita. Tampoco se hallaron escorias ni restos de hornos o moldes.

- Restos humanos: se hallaron cuatro cabezas de fémur humano que podrían hacer pensar en restos de sepulturas excavadas en la misma vivienda, precedente descrito en Materano, Italia. Pero Pérez de Barradas se inclina a pensar más bien en algún tipo de rito de culto a los muertos similar al encontrado en algunos yacimientos franceses.

- Huesos de animales: se recogió gran cantidad de restos, pertenecientes en su mayoría a ovejas, toros, cabras y cerdos.

Imágenes de algunos de los restos del yacimiento de Cantarranas exhibidos en el Museo de los Orígenes con motivo de la exposición conmemorativa de Pérez Barradas (2008). Arriba, a la izquierda, buril; en el centro, cuchara; a la derecha, revestimiento parietal. Debajo, a la izquierda, cuenco; a la derecha, vasija.

Las cabañas.
Lo que se descubrió no fueron construcciones como tal sino sus huellas, principalmente manchas negras producto de la carbonización de los postes sobre los que se sustentaban. También aparecieron restos de bloques de arcilla, que podrían ser el revestimiento de las paredes.

Restos de la cabaña 1 del poblado de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; en Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

La mejor conservada era circular, de 2,40 metros de diámetro, orientada al sudoeste. El piso interior era de tierra apisonada y parecía estar algo más alto que el suelo exterior. Otras manchas similares sobre una pequeña plataforma hacia el barranco evidenciaban la existencia de un poblado. Así, cerca del barranco se encontraron las huellas de otros dos postes de madera, ovales y de unos 15 centímetros de largo. Alrededor de ellos, varias piedras hincadas en el suelo rodeadas de manchas carbonosas, como de arcilla cocida, que serían el interior de las cabañas, y de círculos negros que corresponderían a estacas y postes de madera.

Huella de poste en la cabaña número 2 del poblado de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

A través de estas huellas, los autores describieron las cabañas como del tipo de cabañas de postes. De planta redonda y con armazón de madera sustentado por unos postes principales, hincados en el suelo, sobre los que se apoyaría un entramado de estacas transversales unidas por cuerdas. El revestimiento, tanto exterior como interior sería de arcilla; su cocción podía deberse bien al incendio de la choza o bien al calentamiento accidental por la proximidad a los hogares. Cabañas muy semejantes a estas de Cantarranas habían sido ya descritas en Europa (Alemania, Países Nórdicos, Grecia, Italia y el Levante español).

El poblado.
El poblado no fue excavado en su totalidad. Sospechaba Pérez Barradas, no obstante, que se trataba de un poblado semicircular, con la parte recta a espaldas del barranco de Cantarranas, sin que se haya podido determinar si la parte circular estaría defendida por foso o empalizada o completamente abierta.

Detalle del plano del poblado de Cantarranas.
(Plano: Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

Estaría formado por varias filas de chozas alineadas de Oeste a Este, con los basureros cerca de la entrada de las cabañas y, a juzgar por el hallazgo de estos materiales cerca de los restos de las viviendas, con una cornamenta o asta de toro, ciervo o cabra sobre la puerta. Los espacios libres entre chozas seguramente se usaron para el encierro del ganado.

Vista general de la sección B del poblado de Cantarranas. Al fondo, la Casa de Velázquez.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

El poblado debió ser abandonado voluntariamente. La ausencia de objetos bien trabajados no se corresponde con lo hallado en otros poblados de la época, lo que hace sospechar que sus moradores portaran consigo todo cuanto estuviera todavía en buen uso de cerámica, pedernal, cobre, etc. en el momento de la partida, dejando únicamente lo inservible en los basureros.

Conclusión.
El yacimiento de Cantarranas se encontraba parcialmente arrasado en el momento de su excavación. Los restos hallados fueron, en general, pocos y realizados con materiales bastante pobres. Por último, la gran extensión supuesta por Pérez de Barradas no pudo demostrarse ser tal. No obstante, ha tenido un gran valor para el estudio de la prehistoria ya que por primera vez se realizó una planimetría de un poblado de “fondos de cabaña”. Sin olvidar que la minuciosa descripción de las estructuras, incluidas las huellas de los postes y de los objetos hallados, así como el análisis e interpretación de todo ello aún sirve de apoyo para la valoración de otros yacimientos similares.

Para nosotros, además, tiene el enorme valor de llenar, como decíamos, otra página más en la (pre) historia de la Dehesa de la Villa.

Bibliografía:
- Ayto. de Madrid (2008): Arqueología, América, Antropología – José Pérez de Barradas (1897 – 1981) – Catálogo de la Exposición
- Ayto. de Madrid (2011): Guía del castillo de la Alameda y su entorno
- Bellido Blanco, A. (1995): La problemática de los “campos de hoyos”. Una aproximación a la economía y el poblamiento del calcolítico y la edad del bronce en la submeseta norte
- Garrido Pena, R. (1999): El campaniforme en la meseta: análisis de su contexto social, económico y ritual
- Caballero Casado, C. (2006): El Patrimonio Arqueológico y Paleontológico en las obras de ampliación de Metro de Madrid 2003-2007: III. Terciario y Cuaternario en la Comunidad de Madrid - Arqueología: la huella de la Humanidad
- Fernández Talaya, T. (1999): El Real Sitio de La Florida y La Moncloa: Evolución histórica y artística de un lugar madrileño
- Pérez de Barradas, J. (1931-32): Excavaciones en el poblado eneolítico de Cantarranas (Ciudad Universitaria de Madrid)
- Vega y Miguel, J.J. (1996): Seguimiento arqueológico de las obras realizadas en el entorno del yacimiento de Cantarranas en la Ciudad Universitaria de Madrid