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La Fuente de la Tomasa

11 de febrero de 2014

Sobre el origen del nombre de uno de los lugares más emblemáticos de la Dehesa de la Villa: la Fuente de la Tomasa.

Al borde del Canalillo, esta fuente es uno de los lugares más conocidos y concurridos de la Dehesa. Pero, ¿por qué se llama de la Tomasa? Aunque no podemos corroborarlo a ciencia cierta, en este artículo recogemos algunos testimonios de vecinos sobre el posible origen de su nombre.

A principios del siglo XX, cuando aún no existía la carretera que cruzaba la Dehesa, el lugar era frecuentado por los Exploradores en sus acampadas de fin de semana. Tenían pradera natural, hermosos pinos piñoneros, vegetación de ribera, agua abundante y tranquilidad para que nadie les molestase.

Ciertamente había agua en el lugar donde ahora, después de pasados muchos años, hay una fuente restaurada. Era el nacimiento del Arroyo de la Puerta Verde, del que ya hemos hablado aquí a propósito de moluscos. Una zona selvática. El paso de la Acequia del norte junto a la misma no logró eliminar el manantial de agua que de allí surgía.

Un grupo de las corredoras que disputaron la primera carrera ciclista femenina se entrena en la Dehesa de la Villa y se refresca en una de sus fuentes. Obsérvese detrás el canalillo. Bien pudiera tratarse de la Fuente de la Tomasa.
(Foto: Alberto y Segovia; Crónica, 1930; Hemeroteca BNE)

La mayoría de los testimonios recabados entre los vecinos de la Dehesa coinciden en señalar que Tomasa era el nombre de una mujer joven y hermosa y en que, dadas las características de vegetación de esta zona, tenía encuentros amorosos con hombres. Las personas mayores comentan que cuando alguien o algún camionero se quejaba cuando pasaban por el fielato (actual Casa del Escudo) les decían vete a ver a la Tomasa, o entre amiguetes se decían déjame en paz y vete donde la Tomasa.

Carmen Fernández, que falleció recientemente y que vivía en la calle Trajano desde los años 50 conoció a la Tomasa. Eran vecinas, pues esta última vivía en la avenida de los Pinos (actual calle de Mártires Maristas) en una casita baja. Comentaba Carmen que era una mujer de bandera, muy agradable y simpática. Frecuentaba una sala de fiestas que había en Peña Grande donde elegían a las mises del barrio.

Los concursos de belleza en Peña Grande contaban con gran tradición, como demuestra esta fotografía de 1930.
(Foto: Alberto y Segovia; Mundo Gráfico, 1930; Hemeroteca BNE)

También sobre los años 1950-51-52 tenemos el testimonio de un taxista conocedor de la fuente de la Tomasa. Nos comenta que tenía un caño y que era una zona de abundante vegetación. Al anochecer aparecían las chicas, llevadas por una señora (la Tomasa). Había mucho trasiego de gente e incluso se podía entrar con el coche hasta la fuente, ninguna valla impedía el tránsito.

En una ruta realizada en mayo de 2011 con la asociación Em-clave, cuando llegamos a la Fuente de la Tomasa dos de los asistentes, Carmen (residente del barrio Belmonte) y Francisco Javier (vecino de la calle Sánchez Preciado) nos dijeron haber conocido a la Tomasa. Aunque estos dos vecinos eran todavía pequeños por aquella época (finales de los años 50), los dos nos relataron que había una pequeña casita (un chamizo), donde había mujeres y acudían muchos hombres, y que era conocido como casa o chamizo de la Tomasa. Por aquel entonces era ya mayor, pero todavía muy guapa y cuentan que le traían comida.

Una vecina de la calle Tremps nos manifestaba que en los quioscos de la Dehesa por la tarde-noche había música con guitarras, canciones y que había chicas prostitutas. La venta de la Peque ubicada al principio de la calle Mártires Maristas era una sala de baile y algo más relacionada con chicas de alterne.

Y Carlos, de la AAVV Poetas Dehesa de la Villa, entre otras vivencias de juventud en la Dehesa nos contaba que de chaval, a mediados de los años 60 cuando apenas tenía 12 o 13 años, siguiendo el recorrido del Canalillo con dos compañeros de colegio pararon a beber agua en la fuente. Allí había dos hombres mayores con una mujer también mayor y completamente calva. Uno de los hombres, dirigiéndose a la mujer por el nombre de Tomasa, le hizo un comentario altamente soez relacionado con su pretendida fama de meretriz y que les impactó de tal manera que quedó grabado en su memoria de chaval. Para Carlos, no hay ninguna duda de que se trataba de la famosa Tomasa, de la que se decía era la prostituta más famosa de la Dehesa y que por aquel entonces estaba ya calva, seguramente víctima de la sífilis.

Carlos, con su familia, sentado en una valla que parece ser la del antiguo Grupo Escolar y hoy centro UNED Francisco Giner.
(Fotografía cedida por Carlos Álvarez)

Pero también la Fuente de la Tomasa era lugar de encuentros menos escabrosos. Otro vecino de la zona nos contó que en la Fuente de la Tomasa, en esta época a finales de los años 50 y princpios de los 60 se reunían los jóvenes del barrio ("como no teníamos ni un duro, era el único sitio donde podíamos ir y que nos costaba barato. Allí hacíamos nuestros bailes, las fiestas entre la gente joven. Era el único sitio donde nos podíamos divertir. Allí se montaban hasta 'tablaos' con tarimas donde se hacía pequeños conciertos. Gente joven, conciertos hechos por grupos, inclusive de la propia iglesia. La verdad es que se pasaba muy bien: llevabas tu merienda y te pasabas toda la tarde de domingo allí.
La Dehesa de la Villa era el pulmón de toda esta zona, de los pobre de la zona que no teníamos donde ir y nos íbamos allí, a la Fuente de la Tomasa).

En la actualidad, es una zona de especial atención: alberga tres charcas o bebederos para las aves y está poblada por zarzales y vegetación de ribera. Recordemos que estamos en un entorno urbano; las zarzas, los arbustos espinosos (como majuelos y rosales), los endrinos y avellanos, etc., de la Fuente de la tomasa ofrecen refugio y alimento a la fauna haciendo de este rincón un lugar privilegiado para la observación y anillamiento de aves. También alrededor de la fuente se encuentran los pinos más antiguos de la Dehesa (pino rey/ pino abuelo).

La Fuente de la Tomasa en la actualidad. Obsérvese, aunque un poco más baja la fuente con respecto al Canalillo, la semejanza con la fotografía de las ciclistas de 1930 con que abríamos este artículo.
(Foto: A. Morato, 2010)

Suicidios en la Dehesa de la Villa

8 de febrero de 2013

Relato sobre unos niños que encuentran un ahorcado en la Dehesa de la Villa y breve introducción acerca de sucesos de este tipo acontecidos en la Dehesa y alrededores.

Ya hemos visto en este blog como la Dehesa de la Villa ha tenido diferentes usos a lo largo de su historia: desde el uso ganadero de sus orígenes, pasando por el uso militar en la segunda mitad del s. XIX, y durante la Guerra Civil, a su actual uso lúdico, desde que se abrió a los ciudadanos a finales del s. XIX.

Nos ocuparemos hoy de otro uso bien distinto, y mucho más triste, que los madrileños han hecho de la Dehesa. La idea surgió a raíz de un relato de Manuel Michelena, de quien ya hemos publicado aquí otro sobre El Canalillo. En él, el autor nos cuenta cómo en sus correrías de chavales se encontraron con el cadáver de un suicida.

Pero no adelantemos acontecimientos. El caso es que tras una intensa búsqueda por hemerotecas, no conseguimos encontrar ninguna noticia en la que apareciese el suceso del relato, pero dimos con bastantes reseñas en prensa sobre suicidios en la Dehesa de la Villa. Aunque el tema no es, ciertamente, agradable y, a pesar de una reticencia inicial por nuestra parte por aquello de no dar ideas, decidimos finalmente realizar este artículo.

Como decíamos, sin llegar al nivel del lugar por excelencia en Madrid para cometer este tipo de actos, el Viaducto, la Dehesa de la Villa aparece ligada a múltiples actos suicidas, sobre todo a finales del s. XIX y primera mitad del s. XX, para disminuir algo a finales del s. XX, cuando diferentes reformas la transformaron parcialmente en parque urbano y, por ende, en lugar más concurrido.

Uno de los primeros casos que hemos encontrado ocurrió ya en 1880, cuando todavía la Dehesa era más conocida como de Amaniel. En el mes de abril, un hombre se suicidaba disparándose un tiro en la cabeza. Y apenas unos años más tarde, en 1892, aparecía otro cadáver con la pistola recién disparada todavía en la mano.

Sucesos ha habido de todo tipo y modalidades, mayoritariamente muertes producidas por disparo de arma de fuego y ahorcamiento, pero se han producido también algunas por ahogamiento (en el antiguo Canalillo), arrojándose al vacío... Igualmente, los motivos de suicidio han sido variados y, en muchas ocasiones, desconocidos. Especialmente curioso fue un caso en 1916, en el que un hombre se ahorcó colgándose de la rama de un pino, dejando una nota para el juez en la que decía “Me suicido porque me da la gana”.

Afortunadamente, también se han producido intentos fallidos. Como uno de 1924 en el que un médico y su chófer que pasaban por la Dehesa divisaron un joven colgando de un árbol y acudieron a descolgarle, salvándole la vida. O como ese otro de 1928 en el que un joven con numerosos cortes causados con una hoja de afeitar fue hallado a tiempo de salvarle la vida a pesar de las hemorragias sufridas.

Y, como cabe suponer, ha habido numerosos casos confusos, con muertes sospechosas de asesinato atribuidas a suicidios. Como una de 1903, en la que un joven se entregó a la policía acusándose de haber apuñalado a su novia, a petición suya, en las inmediaciones del canalillo. Según él, deprimida por la oposición de su propia familia al noviazgo que mantenían, la chica le habría pedido que la matase para acabar con la angustia que la consumía. En algunas noticias de prensa se habló de un intento doble de suicidio y que al final el chico no había tenido valor para quitarse la vida... ¿Asesinato?, ¿suicidio? la solución del caso no hemos podido encontrarla.

Aunque, bien mirado, la hipótesis de suicidios pasionales comentada anteriormente no es tan descabellada, a tenor de otra noticia, esta de 1925, en la que una pareja, ella con tan sólo 15 años y su novio de 18 se suicidaron bajo los pinos en un montículo denominado “Tierra de Zarzón” (en Valdezarza, entre las Escuelas Bosque y el Asilo de La Paloma). La oposición al noviazgo por parte de la familia de la chica provocó que se escaparan y, tras una noche de ausencia y sin saber cómo afrontar la más que previsible reprimenda, desesperadamente optaron por suicidarse. Él presentaba un disparo en la sien y ella, otro en el pecho. La pistola caída en el costado de la joven llevó a suponer que primero se disparó él y luego ella. La noticia conmocionó a toda la barriada.

Los cuerpos sin vida de los jóvenes yacen ante el estupor de los vecinos.
(Foto: Alfonso; La Libertad, 1925; Biblioteca Virtual Prensa Histórica)

Igualmente conmovió a los vecinos de la Dehesa, en 1935, el hallazgo por parte de unos niños, que jugaban en las inmediaciones del canalillo a la altura de la Quinta de los Pinos, del cuerpo todavía con vida de una joven de 26 años. La joven se había disparado con un arma propiedad de su tío, guardia de seguridad, en cuya casa vivía. Su reciente orfandad más una nota en la que se leía “He sido yo; no se culpe a nadie” llevó a las autoridades a suponer un caso de suicidio.

Los niños señalan el lugar donde encontraron a la mujer. Detrás puede verse el canalillo. La fotografía original publicada incluía un primer plano de la cara de la víctima, que hemos eliminado para no herir sensibilidades.
(Foto: Alfonso; La Voz, 1935; Hemeroteca BNE)

La lista de casos es amplia y llega hasta épocas actuales. Pero no es nuestra intención profundizar más en el morbo de la cuestión. Hemos recogido simplemente unos casos representativos y sonados para ilustrar que este tipo de sucesos en la Dehesa han sido más frecuentes de lo imaginado. Ya para terminar, diremos como curiosidad que hay una película española, “El club de los suicidas” (Roberto Santiago, 2008; con Fernando Tejero y Lucía Jiménez), algunas de cuyas escenas han sido rodadas en la Dehesa de la Villa.

Vayamos ya con el relato de Manuel Michelena, que ayudará a rebajar el tono dramático que había ido adquiriendo este artículo.

Hay que hacer gimnasia
El texto, de Manuel Michelena, y las fotos de J. L. Berzal se reproducen con permiso de los autores a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por los autores.

Paco, Mariano, y yo, hemos decidido hacer gimnasia. Estamos a principios de los años cincuenta, y ya empezamos a presumir un poco. Hace unos días, nos compramos unas camisetas, que son muy atrevidas. La verdad es que son la leche; sin mangas, color gris y los ribetes negros.

Vamos por la calle, presumiendo del color moreno que tenemos, ya que solemos ir a la piscina muy a menudo. La gente, nos mira un poco como a bichos raros, y nos da un poco de corte, por lo que hemos decidido no volver a ponérnoslas más.

¡Tenemos que hacer gimnasia!, dijo Paco, estamos un poco flacos y por esos nos miraba tanto la gente.

Fuimos a dar un paseo por la Dehesa de Villa después de comer, y llegamos hasta el cerro de los locos, encontrando un ambiente muy animado.

Ladera del Cerro de los Locos en los años 50.
En el centro, puede apreciarse una de las trincheras de la Guerra Civil que lo rodeaban. Los dos mojones que se aprecian marcarían la separación entre la Dehesa y La Florida y parece ser que delimitaban el terreno (26.000 m2) que el Estado donó a los Huérfanos de Hacienda (ver noticia sobre antenas en el Cerro de los Locos).
Según algunos vecinos, llegó a existir incluso una pared, que la gente derribaba por las noches para acceder al Cerro y por el día la volvían a levantar. En el camino que va desde el Centro Fabiola de Mora hacia el Cerro de los Locos aún pueden divisarse las huellas en el suelo de la base de estos mojones. 
(Foto: J. L. Berzal; entre 1950 - 1960)

Unos hacían gimnasia, otros corrían, algunos jugaban al frontón en una caseta de la luz, y cuando terminaban sus ejercicios se duchaban en un caño de agua fresca que salía del canalillo.

Young Martin, el zurdo de Cuatro Caminos.
(Foto: autor y fecha no especificados; As.com)
Hablamos con algunos y nos dijeron que por las mañanas temprano había un buen ambiente, ya que venían muchos boxeadores famosos: Galiana, Folledo y Young Martin. Eso nos terminó de animar, y decidimos empezar también nosotros nuestra campaña de gimnasia por las mañanas, antes de empezar las clases del colegio en los Salesianos de Francos Rodríguez.

El espíritu por todo lo alto, y con las mejores intenciones, hicimos un programa de gimnasia y ejercicios. Quedamos citados a las siete de la mañana, y en avisarnos si alguno se quedaba dormido. Éramos vecinos puerta con puerta. Ellos vivían en Valls Ferrera 15 y yo en el 17.

Puntualmente, a la mañana siguiente, nos vimos en la calle, muertos de sueño, pero con la moral por las nubes. Íbamos un poco dormidos, pero a medida que iba pasando el tiempo y el aire nos iba refrescando, nos fuimos espabilando. Enfilamos por la calle Tremps hasta llegar a la calle Pirineos, y de allí inmediatamente, comenzamos a pisar los primeros pinos de la Dehesa de la Villa.

Comenzamos poco a poco a aumentar el ritmo, iniciando un pequeño trote, sintiendo ya como nuestros pulmones se iban ensanchando al recibir el aire puro. De pronto, al subir una cuestecita, ya muy próximos al cerro de los locos, nos quedamos de piedra, parando de golpe nuestra carrera… Joder, había un tío colgado de un árbol. Se balanceaba ligeramente, a pesar de que no corría viento, por lo que no debía llevar allí mucho tiempo. ¡Pies para que os quiero! Echamos a correr como alma que lleva el diablo hasta que llegamos a nuestro barrio. Nos metimos cada uno en nuestra casa, nos cambiamos de ropa y nos fuimos al colegio en silencio.

Otra vista de la ladera del Cerro de los Locos en los años 50.
¿Sería en alguno de estos árboles donde nuestros protagonistas encontraron al suicida?
(Foto: J. L. Berzal; entre 1950 - 1960)

Ya nunca más volvimos a hablar de hacer gimnasia, y cogimos las camisetas y las tiramos al basurero que había al final de la calle lindando con el canalillo. Empezamos a pensar que éramos unos chicos corrientes. La vivencia había sido muy dramática para unos chicos tan jóvenes. Nunca le contamos a nadie la experiencia que habíamos tenido.

El Canalillo

21 de noviembre de 2012

Recuerdos de la infancia alrededor del Canalillo. Con fotografías antiguas de José Luis Berzal.

Uno de los temas que teníamos pendientes de abordar era el del Canalillo a su paso por la Dehesa y alrededores, pero no terminábamos de decidir cómo hacerlo. Por un lado, disponíamos de unas fotografías antiguas que José Luis Berzal nos había cedido para el álbum colectivo que sobre la Dehesa y sus barrios estamos elaborando. Pero por otro lado, nos parecía redundante abordar este tema de la forma en que habitualmente lo hacemos; nuestros amigos de Historias Matritenses tienen ya publicado un magnífico artículo sobre la historia del Canalillo de Madrid que, aunque no se centra exclusivamente en el ramal Norte (el que discurría por la Dehesa y sus inmediaciones) proporciona toda la información básica sobre su construcción, recorrido, etc.

Recientemente, uno de nuestros lectores, Manuel Michelena, se puso en contacto con nosotros para ofrecernos una colaboración en forma de relato con los recuerdos de su infancia alrededor del Canalillo. Dicho y hecho, Manuel nos proporcionó un relato entrañable de andanzas y correrías de chavales por el Canalillo allá por los años 50, en el que parecían encajar más que a propósito las fotografías de que disponíamos. El resultado es el artículo que ofrecemos a continuación, en el que, además de contarse cómo era el Canalillo, aparece reflejado uno de los barrios próximos de la Dehesa, el que se situaba en la zona baja de Francos Rodríguez, entre la c/ Pirineos y el actual Paseo de Juan XXIII.

A ambos, Manuel Michelena y José Luis Berzal, les quedamos profundamente agradecidos por su amable colaboración.

Nuestro cuartel general. El Canalillo.
Texto: Manuel Michelena. Fotos: José Luis Berzal. Con permiso a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa para su reproducción; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por los autores.

Desde la Dehesa de la Villa, hasta Reina Victoria, pasando por el puente de Amaniel y el Caño Gordo, era el canalillo nuestro teatro de operaciones. Allí cogíamos varas, de unos árboles que llamábamos mal hueles y jugábamos a espadachines; cuando fuimos creciendo, arrancábamos varas, y saltábamos de un lado al otro del canal utilizándolas como si fueran pértigas.

‘Mal huele’ es uno de los nombres populares que se le da al ailanto. En la imagen, unos chavales que podrían ser perfectamente los protagonistas de nuestro relato, cortan varas de ailanto en la orilla del Canalillo. En la esquina superior izquierda puede verse un trozo del letrero donde se indica que es el ramal del Norte.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pescábamos ranas, a las que luego hacíamos fumar, abriéndoles su gran boca. También era divertido coger culebras que llevábamos al barrio para asustar a las chicas. Había un chico, que le llamábamos Kadul al que admirábamos mucho, que se metía las culebras dentro de la camisa. Todos le mirábamos sorprendidos, y las chicas se preguntaban dónde estaría la culebra, y nuestro buen amigo se la sacaba por debajo de los calzoncillos a la altura de las rodillas. Era un chico un poco desgarbado, alto, moreno, más bien casi negro, poco hablador pero que se había ganado el respeto de nuestra cuadrilla, ya que ninguno de nosotros era capaz de hacer lo que él hacía. Había uno, el Ginés que se metía las ranas, pero eso ya no nos impresionaba tanto. Yo alguna vez lo intenté, para quedar bien con los chicos, pero no era muy agradable. Te entraba un cosquilleo, y arañaba un poco y no paraba de moverse. Lo bueno era meterse tres o cuatro a la vez.

Alguien descubrió un día unos pececillos pequeños y estuvimos inventando artilugios para poder pescarlos, pero no lo conseguimos. A mí me fastidió ese fracaso y una mañana cogí un tenedor de mi casa, un alambre y corté una vara grande del canalillo. Estuve cerca de dos horas intentando ensartar a los pobres bichos, pero no conseguí nada. Se ve que de eso no dependía nuestra supervivencia, porque ahora veo reportajes en la TV y a personajes medio desnudos, pescando con lanzas, aparentemente con facilidad. Bueno realmente mis peces eran bastante pequeños.

Es curioso, que a pesar de que las aguas del canal iban generalmente limpias, y que apenas cubría un metro, casi nunca nos bañábamos. Se ve que eso de lavarse y bañarse no se llevaba mucho en la clase obrera. Nuestro deporte consistía generalmente en saltarnos el canal de una orilla a otra, ya que apenas tenía dos metros de ancho, medida aceptable para nuestra edad.

Dos niños caminan por el borde del Canalillo. Puede apreciarse perfectamente su anchura y profundidad tal como se menciona en el relato. Obsérvese que los niños portan cántaros y una lechera; seguramente irían a por leche a alguna de las varias vaquerías o majadas que había por la zona.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

A propósito de esto, recuerdo una historia que me ha quedado grabada, y que mis amigos han recordado pasado el tiempo con bastante frecuencia. Uno de los juegos de la pandilla era nombrar a un jefe, y hacer todo lo que él hacía. Se llamaba el juego seguir a la madre. Pues bien, se unió a nuestro grupo un chaval del otro barrio, que no era habitual que estuviera con nosotros, y quiso entrar en el juego. Nosotros le dijimos que era muy pequeño y que el juego era difícil jugarlo. Tanto insistió que al final lo admitimos. Hicimos barbaridades por el barrio, y como siempre acabábamos en el canalillo. Nos colamos por las alambradas, que eran de púas, y pasábamos entre medias con todos los cuidados.

Enternecedora imagen de un niño asomándose al Canalillo apoyado en las alambradas.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Nuestro buen Mito, que así se llamaba el chaval, nos fue siguiendo a trancas y barrancas, pero llegó la hora de ir saltando el canalillo siguiendo a la madre, y aquí llegaron las dificultades para nuestro pobre amigo. Falto de facultades no podía superar los dos metros y tomando carrerilla, saltaba y se pegaba con el borde cayendo al agua, así que decidimos después de jalearle todos, que lo cruzara a pie. Al pobre le llegaba el agua por la cintura. Parecía un Cristo, y para más Inri, en medio del juego apareció por una curva el guarda, que nos la tenía jurada. Como pájaros asustados, huimos en desbandada saliendo por las alambradas como pudimos. Detrás un guarda enfurecido, tirándonos piedras, llamándonos cabrones, cagándose en nuestra puta madre y otras lindezas.

Otra vista de la alambrada del Canalillo, en este caso a su paso por la Dehesa de la Villa a la altura del Cerro de los Locos. En la esquina inferior izquierda puede apreciarse el letrero del Canal prohibiendo el paso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Llegamos cada uno a nuestra casa como pudimos y a la hora de comer ya se me había olvidado el incidente, ya que era bastante habitual en nuestro programa de festejos. Estaba comiendo tan tranquilo en mi casa con mi madre y mis hermanos, y escuchamos un alboroto en el jardín, me asomo, y veo en la puerta un montón de chicos y una vieja llevando de la mano al Mito. El espectáculo era jodido. Una vieja chillando, el Mito todo mojado y con los pantalones rotos. Mi madre que se asomó al ver el ruido de la vieja, acostumbrada un poco a las aventuras de su hijo, solo exclamó ¡ene ama! Que siempre decía cuando ocurría en casa alguna cosa fuera de lo corriente.

La verdad, el número era impresionante. Cuando salimos de estampida con el guarda pisándonos los talones el chaval se arrastró hasta las alambreras, y se enganchó los pantalones. Yo no sabía qué hacer, y de repente el Mito, señalándome con el dedo le dijo a su abuela que no dejaba de chillar, ¡Ha zido eze! el pobre ceceaba un poco. Salimos como pudimos del lance. El castigo de mi madre fue varios días sin salir, y desde luego al Mito ya no le volvimos a admitir en nuestra pandilla.

Una pandilla de chavales juega con una carabina de perdigones en las proximidades del Canalillo, en la vaguada que había entre las actuales calles del Almirante Francisco Moreno y del Camino de las Moreras.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Ya he mencionado al guarda, quiero decir que nosotros le dábamos bastante trabajo y el hombre siempre estaba de mala leche. Cuando bajaba a las tiendas del pueblo a por tabaco o a tomarse un chatillo en la taberna del Sr. Fermín desaparecíamos todos de la calle por donde el pasaba, y si quedaba alguno, era blanco de sus miradas amenazantes. Le llamábamos Gazaparullo y se lo gritábamos siempre que estábamos lejos de su alcance y él, como siempre, nos llamaba cabrones e hijos de puta. A unos cuantos nos la tenía jurada, pues ya nos conocía de otras veces… Sin embargo, lo que es la vida, hubo una circunstancia en la que pagamos por nuestro pecados con el guarda. Un día de correrías, fuimos a los viveros, nuestro límite del territorio con el caño Gordo, y estuvimos cogiendo moras y amajuelas, terminando nuestra jornada, entrando al canalillo a la altura del Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, para tranquilamente salir por la puerta que siempre estaba abierta para el paso de los guardas, a la altura del merendero de Casa Gorris.

Evocadora estampa de cómo eran las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a mediados del s. XX.
En la imagen, la c/ Tremp. A la izquierda, entre los árboles y el poste de la luz, puede verse la esquina del alero de una casa que todavía pervive en el número 42. La acera derecha ha desaparecido completamente; nótese en la esquina superior derecha el cartel anunciando Casa Gorris.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

La verdad que íbamos relajados, llenas las manos de moras y amajuelas, cuando de repente encontramos en la puerta un mozarrón fuerte, mal encarado, que tapándonos la salida nos dice, ¡con que Gazaparullo, eh! Nos puso en fila a todos los chavales para que saliéramos y según íbamos atravesando la puerta, nos iba pegando una hostia al tiempo que decía ¡toma gazaparullo! No hubo forma de escapar a ese convite, y allí terminamos todos comulgando, sin haber oído misa, una tarde de Agosto. Al oficiante de la ceremonia le llamaban El Nene y era hijo del guarda. Pasado el tiempo, y ya mas mayorcitos, nos hicimos amigos del guarda y supimos que se llamaba Eugenio y nosotros le ofrecíamos tabaco, y algún que otro chatejo de vino y le gustaba que le llamáramos Sr. Eugenio. Mira que erais perros, nos decía. Yo creo que era el exceso de salud que teníamos, que había que gastarla de alguna forma.

Trasera de la calle Tremp en su límite con el Canalillo, el lugar exacto de la entrada a Casa Gorris donde el relato sitúa el encuentro con el hijo del guarda. A la izquierda, las alambradas y, al fondo, la puerta de acceso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Otra de las aventuras del verano también en el canalillo, era la búsqueda de pelotas que se caían por encima de las tapias de la Piscina Tritón en la calle Valls Ferrera, cuyo límite era el canal, todo lleno de zarzas, arboleda espesa, varas de mal huele, etc. La gente esperaba el final del día para a la salida ir en busca de la pelota que se les había colado. Tarea casi imposible para personas poco acostumbradas a andar por esos matorrales, que nosotros conocíamos como la palma de la mano. También había que saltar las alambradas de espino. Demasiado para unos chicos de ciudad.

El Canalillo en la vaguada que hoy ocupa el parque de Ofelia Nieto. Puede apreciarse la frondosidad que se menciona en el relato. Además, uno de los puentes disponibles para cruzar el Canalillo y, a la derecha, una de las puertas de acceso. Obsérvese igualmente, detrás del árbol, un capirote del viaje de agua de Amaniel.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Un día a la semana, generalmente los lunes, llamábamos a los chicos del otro barrio y juntos emprendíamos la búsqueda de esos tesoros que no estaban al alcance de nosotros. Muchas veces jugábamos al fútbol con pelotas de trapo. Terminada la jornada con dos o tres pelotas de botín, llegaba la hora del reparto. Poníamos una raya en el suelo, y mediamos quince pasos, cogíamos cada uno una piedra lo mas lisa posible (de las que usábamos para jugar al palmo y dao), y la tirábamos por orden intentando conseguir que cayera lo más cerca posible de la raya, y se repartían los trofeos según el orden conseguido. Casi siempre ganábamos los mismos, y los del barrio de arriba estaban mosqueados y se empeñaron en que nos lo jugáramos a los montones, cosa que yo me negaba porque sabía que manejaban las cartas mejor que nosotros, y además sabían hacer trampas.

A propósito de estas discusiones por este negocio, un día el Pichi que era un pandillero del otro barrio empezó a calentarnos a los dos Jefes de Barrio, como ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez simulando un combate de Lucha libre Americana. Por un lado el Ufano, y del otro el Pocholo, este era yo. Empezaron a jalearnos todos los chavales, y ya harto del juego del Pichi, di un paso al frente, sacando pecho y dije ¡aquí hay uno! Cosa curiosa, el Ufano se achantó. Yo tenía las piernas temblando, pero nadie se dio cuenta. No veas como quedé y el respeto que gané en las dos bandas. Pasado el tiempo, siempre le he pedido a la vida que no me pusiera en situaciones violentas, y gracias a Dios, tengo ya 73 años y nunca las he tenido de importancia.

Terminados los juegos, los niños vuelven a sus casas por el borde del Canalillo.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Hace poco pedí a uno de mis hijos que me acercara a mi teatro de operaciones, el Canalillo de mis 12 años, ya que ahora vivo fuera de Madrid. Bloques de apartamentos, carreteras, jardines, calles asfaltadas, no pude reconocer ningún paisaje amigo. Algo se rompió dentro de mí. Mi Canalillo, aquel amigo que estuvo presente en mi historia infantil había desaparecido, se me había ocultado. Mi casa era un terraplén. Paseé por las calles y no pude saludar a nadie. Me dieron ganas de llamar a las puertas de las casas para gritarles ¡Soy el Pocholo! ¿No os acordáis de mí?

Imagen de un tiempo y un escenario perdidos. Prácticamente irreconocible, se trata de la vaguada a continuación de la Avenida Pablo Iglesias, entre las calles Almirante Francisco Moreno y Camino de las Moreras. Por entre la arboleda, discurría el Canalillo. Al fondo se distingue la cúpula de las antiguas escuelas del Ave María de la c/ María Auxiliadora; a la izquierda, las casas de las calles Valle de Arán, Tremp, Pirineos (puede verse el torreón de la tristemente desaparecida Quinta El Mirador)... Enteramente, parece que fuera un pueblo, tal como se menciona en el relato.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pobre Canalillo, también tú sentirás nostalgia de los tiempos pasados. Si tuvieras alma seguro que te acordarías de nosotros que siempre tuvimos un rincón para ti muy importante en nuestro corazón. Siempre te quisimos. Al despedirme de mi barrio y de ti he derramado alguna lágrima, posiblemente todavía queda en mi cuerpo de hombre resto de tus aguas. Me hubiera gustado que fuera rodando hasta tu viejo caudal conocido. ¿Acaso me estoy volviendo loco con estos pensamientos? Es posible.

Algunos de los vestigios del Canalillo en la actualidad.
Arriba, a la izquierda, ría en el parque de Ofelia Nieto; a la derecha, el Canalillo en el cruce con la antigua carretera de la Dehesa.
Debajo, a la izquierda, casas del Canal detrás del Colegio de Huérfanos Ferroviarios; a la derecha, uno de los postes de la antigua alambrada en el paseo del Canalillo en plena Dehesa de la Villa.
(Fotos: A. Morato, 2010)


Este artículo ha sido seleccionado para su publicación en el número 13 de la revista digital La Gatera de la Villa.

El extraño suceso de la mujer muerta en la casa misteriosa de Peña Grande

3 de septiembre de 2012

Sobre el caso de una mujer, fallecida en “la casa del misterio” de Peña Grande en 1935, que parecía seguir con vida dos días después de su muerte... y localización de la misteriosa casa.

En anteriores ocasiones hemos mostrado en este blog nuestra afición a rastrear e investigar fotografías antiguas, tratando de averiguar dónde fueron tomadas y comparar cómo han cambiado esos escenarios en la actualidad. En esta ocasión, la investigación comenzó a raíz de la aparición en el foro Urbanity de unas fotos que llevaban por título Hotel de Peña Grande en Fuencarral. Para quien no lo conozca, diremos que Urbanity es un foro con multitud de hilos abiertos sobre temas varios de Madrid y otras ciudades; en uno de ellos, De Madrid al cielo: Álbum de fotos históricas, se recogen infinidad de imágenes de Madrid imprescindibles para cualquier amante de las fotografías antiguas.

Fotografías de Urbanity que dieron origen a nuestra investigación.
(Fotos: Videa, 1935; publicadas por Juanjo en Urbanity – De Madrid al cielo...)

Con estos pocos datos de Urbanity (“Hotel de Peña Grande en Fuencarral. Foto: Videa”), iniciamos nuestra investigación por las hemerotecas.

Página de Crónica con las fotos
aparecidas en Urbanity.

No tardamos mucho en encontrar que las fotos habían aparecido en un reportaje gráfico publicado en el semanario Crónica (24-11-1935) sobre el caso de una extraña muerte acontecida en un “hotel” de Peña Grande, en aquel entonces una barriada perteneciente al término municipal de Fuencarral. El caso llamó inmediatamente nuestra atención y no paramos hasta averiguar dónde se ubicaba dicho hotel.

A estas alturas del relato, seguramente la mayoría de los lectores estén deseando saber ya qué es lo que ocurrió. No demoraremos, pues, la narración de lo que allí aconteció y dejaremos para el final del artículo el detalle de la investigación realizada para localizar el sitio exacto donde se ubicaba la casa.

El suceso.
El jueves 14 de noviembre de 1935 fallecía en una casa de Peña Grande, Fuencarral, Amparo Bravo Blanco, de cuarenta y siete años de edad, víctima al parecer de una angina de pecho. La mujer, viuda y originaria de Cantabria, había entrado a trabajar como criada en la casa sólo un día antes.

Como suele ser habitual en estos casos, el juez dictaminó la necesidad de practicar la autopsia, para lo que ordenó el traslado del cadáver al depósito judicial del cementerio de Fuencarral.

Hasta aquí, nada fuera de lo corriente. Pero ocurrió que cuando los doctores Reinoso y Cortés iban a practicar la autopsia, a pesar de haber transcurrido ya más de veinticuatro horas desde que se creyó muerta a la mujer, el cuerpo no presentaba los síntomas característicos del fallecimiento, constatándose, por el contrario, algunos signos de vida: la cara, sin demacración, mueca ni expresión cadavérica (facies hipocrática) mostraba color sonrosado y expresión de serenidad, casi se diría que sonreía; los ojos, abiertos, sin el aspecto vidrioso típico en los cadáveres, especialmente el izquierdo, que presentaba un brillo completamente normal; las pupilas, sometidas a manipulaciones mecánicas y químicas, no mostraban ninguna alteración; las extremidades inferiores estaban frías, pero en la parte superior la piel conservaba cierta temperatura a pesar del frío reinante en la estancia; la frente, mejillas, cuello, región precordial, abdomen y extremidades superiores tenían una temperatura normal; aunque las piernas estaban rígidas, los brazos y articulaciones de los dedos podían doblarse sin esfuerzo, sin el menor indicio de rigor mortis... Por todo ello, en vista de que el cuerpo no presentaba los síntomas que de acuerdo a la medicina forense permitían certificar la defunción y proceder a la autopsia y posterior inhumación, los doctores decidieron suspender la diligencia que se les había encomendado.

Sorprende que se publicaran este tipo de imágenes de la fallecida en la prensa.
Arriba, a su llegada al depósito. Enteramente, parece como si sonriera.
(Foto: Videa; Crónica, 1935; Hemeroteca BNE)
Debajo, el doctor Reinoso muestra el funcionamiento de las articulaciones sin la menor rigidez.
(Foto: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

El misterio.
La noticia apareció en la mayoría de los diarios de la época. Espoleado por el sensacionalismo de algunos periodistas, comenzó a propagarse el rumor de que la muerta estaba viva y comenzaron a hacerse hueco toda suerte de hipótesis y cábalas sobre lo acontecido.

Por el cementerio desfilaron multitudes de curiosos, algunos de los cuales llegaron a afirmar que vieron cómo el cadáver movía brazos y piernas. Familiares allegados de la víctima declararon que años antes había sufrido un ataque similar a consecuencia del cual estuvo varias horas sin dar señales de vida, lo que dio pie a conjeturar sobre una posible catalepsia. Otros relacionaron los antecedentes con fechas, números y circunstancias de mal agüero, como que la finada había comenzado a trabajar un día 13 en que el cielo estaba plomizo y reinaba un fuerte viento... hubo incluso quien afirmaba que la muerta había resucitado.

Expectación de la prensa y curiosos en el depósito del cementerio de Fuencarral.
(Foto: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

Fin del caso, la leyenda continúa.
El sábado 16 comienzan a disiparse las dudas. A pesar de haber transcurrido más de cuarenta y ocho horas desde la supuesta defunción, aún no son patentes todos los signos de defunción. Los ojos comienzan a vidriarse, habían aparecido algunas manchas violáceas y desaparecido toda temperatura del cuerpo, pero el color de la piel seguía siendo normal y no había signos de rigidez. Los médicos se muestran sorprendidos, pero no dudan de la muerte. De hecho, el doctor Reinoso manifestó que nunca dudó de ello y su primera impresión es que la mujer había fallecido, pero ante la falta de signos de muerte, era su deber asegurarse y esperar.

El domingo 17 por la mañana se llevó a cabo la autopsia, que certificó la defunción a consecuencia de graves lesiones valvulares. Esa misma mañana se procedió al entierro del cadáver en el cementerio de Fuencarral.

En definitiva, muerte natural por un ataque de asistolia. Parece ser que no es extraño en este tipo de muertes que ciertos fenómenos cadavéricos evolucionen más lentamente. Los médicos no dejaron de constatar, no obstante, lo extraordinario del suceso, con casi setenta y dos horas transcurridas y tan escasas señales de descomposición cadavérica. De hecho, el caso fue recogido en los Anales de la Real Academia Nacional de Medicina (1948 - Tomo LXV - Cuaderno 2).

Momento del entierro.
(Foto: Videa; Crónica, 1935; Hemeroteca BNE)

Muerta y enterrada la mujer, la imaginación popular se resistía a dar por concluido el suceso y creó su propio folletín. Contribuyó a exacerbar la imaginación popular el hecho de que la familia para la que había entrado a trabajar la fallecida apenas un día antes eran conocidos espiritistas y que algunos vecinos atribuían a la casa un halo de cierto misterio. Todo ello dio pábulo a rumores, según alguno de los cuales la mujer había sido víctima de algún tipo de acto esotérico, en el transcurso del cual cayó en estado de hipnosis (de ahí la ausencia de evidencia cadavérica durante dos días) y de ese primer sueño a la muerte.

Nada más lejos de la realidad. Ya hemos comentado anteriormente las causas naturales del fallecimiento. Nos ocuparemos a continuación de la casa.

La casa del misterio.
La casa donde ocurrió el suceso pertenecía a la familia Passapera, cuyos miembros eran, como decíamos, declarados espiritistas; lo que bastó para crear sobre la familia una leyenda de vida aislada y misteriosa en su casa de Peña Grande: casa apartada y retirada, de extrañas formas arquitectónicas y apariencia sombría, en cuyo interior se hallaban escritos unos versos satánicos. De ahí que, entre algunos de los vecinos de la barriada, la vivienda fuera conocida como “la casa del misterio”.

Ya la prensa de la época trató de disipar tal misterio. La familia Passapera era bastante conocida y respetada en Madrid por su negocio de confecciones y su apellido era de los más sonados en el mundo industrial.

El negocio de alta costura y confección de la familia Passapera fue muy duradero y bastante conocido en Madrid; no en vano, se anunciaba con frecuencia en la prensa. A la izquierda, arriba, el primer anuncio que hemos encontrado, de 1925; el de debajo es de 1928. El anuncio del centro apreció junto a un reportaje de moda, en 1929. El de la derecha, arriba, se publicó en un diario de provincias, en 1936; el del centro, es de 1952 y el de debajo, el último que hemos encontrado, de 1968.

Los propios miembros de la familia concedieron entrevistas en las que públicamente reconocían su afición espiritista, sin darle mayor importancia y sin entender que sus creencias, tan respetables como cualquier otra, se hubieran visto involucradas en el asunto. Se avinieron, además, a mostrar y dejar fotografiar su casa para enseñar a todos lo infundando de los rumores.

Arriba, el comedor de la casa cuyas paredes estaban adornadas, en trazos góticos sobre azulejos, con los versos que dieron lugar a toda clase de cábalas. Debajo, la cocina donde falleció la mujer.
(Fotos: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

La soledad y el aislamiento que se atribuían a la casa no eran tales. Se encontraba bien visible, en un montículo a escasos cincuenta metros del tranvía. Sus extrañas formas obedecían a que fue edificada por su anterior propietario que fue quien la había construido con sus propios medios y con algunos materiales de desecho allá por los años 20 del pasado siglo. De ahí su estilo ecléctico y apariencia pintoresca pero esbelta, con arcos, capiteles y cúpulas de estilo árabe. No era en absoluto sombría y misteriosa; al contrario, era un conjunto alegre y claro desde el que había excelentes vistas a la sierra. Y los satánicos versos no eran tales, sino unos escritos por Alfredo Nistal, político socialista y masón, al parecer amigo del anterior propietario (curiosamente, hubo en Peña Grande, años después, un bar Nistal, en la c/ Joaquín Lorenzo; desconocemos si guardaba alguna relación con el Nistal anteriormente citado). El contenido, nada esotérico, era un simple homenaje a la casa construida por su amigo (La edificaste como una Alhambra, -entre la higuera y entre la vid [...]), como demuestran los siguientes versos que recogió la prensa:

Con las herrumbres, con los espinos,
con los hallazgos que hace el azar,
las viejas cosas de obscuros sinos,
y con las piedras de los caminos,
y los yesones del clavijar
has amasado tu excelso alcázar
con las herrumbres, con los espinos,
con los hallazgos que hace el azar.
Le has amasado –pan de ternura-
(pan de ternura: pan de dolor)
de tu reposo, de tu sudor,
de tu demencia, de tu cordura,
la vida ha sido la levadura.
con la constancia del soñador
le has amasado – pan de ternura-
(pan de ternura: pan de dolor).

Como suele ocurrir con rumores infundados y sensacionalismos, el paso del tiempo y la aparición de nuevos bulos fueron sumiendo nuestro caso en el olvido. El desarrollo urbanístico y la piqueta hicieron el resto, borrando todo vestigio de la finca. Y hoy, en Peña Grande, como veremos a continuación, no queda nada que recuerde lo sucedido aquel mes de noviembre de 1935.

La localización de la casa.
No ha sido fácil dar con el lugar donde se levantaba la casa de la familia Passapera. En los artículos de prensa de la época no aparecía ningún dato de localización (dirección, etc.); tan solo se mencionaba que la finca se encontraba en un montículo al lado de la vía del tranvía. Quien conozca Peña Grande y el trazado del antiguo tranvía convendrá enseguida que con estos datos no basta, pues la antigua vía del tranvía deja a su derecha una ladera a lo largo de todo su recorrido por la actual c/ de Joaquín Lorenzo. La inspección in situ, recorriendo las calles de Peña Grande y preguntando a algún antiguo vecino, también resultó infructuosa: no había ningún rastro de la misteriosa casa. Por último, la búsqueda de una relación entre la familia propietaria y Peña Grande tampoco daba resultado: los artículos sobre el caso hablaban erróneamente de la familia Pasapera, cuando en realidad resultó ser Passapera.

Tras mucho releer, hallamos por fin el dato que nos guió. En uno de los reportajes de prensa sobre el suceso, se mencionaba que uno de los miembros de la familia había dirigido el Centro Espiritualista Español y, por suerte, dimos con un artículo de 1931 sobre dicho centro en el que, ahora sí, aparecía el nombre correcto: José Passapera Fuertes.

Con estos datos, a continuación encontramos la esquela de José Passapera, que no publicamos para no resultar irrespetuosos. Allí se mencionaba que falleció en 1968 en su finca “La Esperanza” de Peña Grande. Afortunadamente, en nuestros archivos teníamos copia de algunos números de la antigua revista editada por la Asociación de Fomento de Peña Grande (entre 1928 y 1951). En uno de ellos, de 1950, topamos con el siguiente anuncio:


La casa no dejaba lugar a dudas y por fin aparecía una dirección: Ramón y Cajal, 5. Según el callejero municipal, esta calle pasó a denominarse Islas Nicobar en 1953 y desapareció en 1991, con la reparcelación iniciada a finales de los 80 para la apertura de la continuación de la Avenida de la Ilustración a su paso por Peña Grande. Pero allí estaba otra vez la revista de Asociación de Fomento, con un plano parcelario de 1930, para sacarnos del atolladero.


Trasladarlo al plano actual resultó sencillo, como puede apreciarse en las vistas aéreas que mostramos a continuación. La parcela, que limitaba al noroeste con el arroyo de La Veguilla, lo hace actualmente con la c/ Ramón Castroviejo y la continuación de la M-30 / Avda. de la Ilustración. Y al este, que limitaba con Ramón y Cajal (o Islas Nicobar), al desaparecer la calle lindaría ahora con otros edificios de viviendas con entrada por la c/ Isla Malaíta. Donde estuvo la Granja La Esperanza se encuentra hoy día un edificio nuevo de viviendas y la piscina de otro, ajenos a todo el revuelo que un día se armó a su alrededor.

(Planos: Ortofotomapa Comunidad 1975 y Ortofotomapa Comunidad 2011; Planea CM)

Vista desde la esquina de Isla Malaíta con Joaquín Lorenzo, donde puede apreciarse la pendiente del montículo donde estuvo la Granja La Esperanza.
(Foto: A. Morato, 2012)

La Gota de Leche en la Dehesa de la Villa

10 de mayo de 2012

Sobre la institución benéfica La Gota de Leche y los establos que tuvo en la Dehesa de la Villa a principios del s. XX.

En su libro “Callejero de Judas”, Fernando Royuela traza un callejero real-imaginario de Madrid por el que deambulan personajes variopintos. Calle del Gorriñón, Plaza de Placenteros, Ronda de Carteleras, Portillo del Mejillón... nombres inverosímiles hasta un total de treinta y tres calles que nunca existieron. De cada una de ellas se cuenta un suceso, mezcla de historia real y leyenda improbable, que componen, a modo de “bestiario”, una peculiar recreación de un Madrid del pasado. Sobre una de ellas, “La Cuesta de la Puesta”, nos dice: “Por entre los descampados de la Dehesa de la Villa, ahora florecidos de chiringuitos en los que en las noches de los sábados pintan copas los horteras, y los domingos reverencian sus padres las tarteras olorosas de tortilla y pimiento verde frito, culebrea la Cuesta de la Puesta su recorrido destartalado de socavones hasta alcanzar la calle de Francos Rodríguez casi a la altura del Instituto Politécnico La Paloma, donde en tiempos estuviera erigido el Eremitorio Puerperal en el que las madres primerizas de la burguesía aventajada tenían por costumbre presentar a los recién nacidos a la imagen de la Virgen de la Buena Leche. [...] En el Eremitorio, una capilla prerrománica custodiada por un puñado de matronas más cenobitas que eremitas, se procedía al rito de la primera puesta [...]. Era costumbre que fuera una de las amas del Eremitorio quien satisficiera también por vez primera el apetito de los recién nacidos y derramaban sobre las bocas de los niños, nevándolos de leche para calmarles el llanto eterno del hambre”.

Imágenes ilustrativas de cómo debe pesarse y bañarse al niño, de la “Cartilla de consejos para las madres”, del Dr. Carazo, de quien hablaremos más adelante.
(Foto: autor no especificado; Nuevo Mundo, 1911; Hemeroteca BNE)

Que sepamos, en la Dehesa de la Villa no hubo nunca una Cuesta de la Puesta, un eremitorio puerperal ni una capilla prerrománica... Pero, como decíamos, el libro mezcla lugares, sucesos y leyendas más o menos reales con otros imaginados, así que nos pusimos a investigar y hete aquí por dónde encontramos que en la Dehesa de la Villa hubo unos establos de la institución de Beneficencia La Gota de Leche. Desconocemos si el autor sabía de su existencia y le sirvió de inspiración para el capítulo, pero a nosotros nos ha valido para encontrar un hito más en la historia de la Dehesa de la Villa.

Caridad, Beneficencia y Estado Social.
Para poder entender lo que fueron las instituciones benéficas de Gota de Leche, conviene repasar primero la evolución del sistema asistencial español.

Hasta las primeras décadas del S. XIX, la asistencia a los desfavorecidos se basaba en los principios religiosos de caridad y las acciones, mayormente de socorro y escasa prevención, estaban dirigidas por la Iglesia, aunque participaban también ciudadanos acaudalados, casi siempre a título personal.

Con la Revolución Liberal durante la regencia de María Cristina y el posterior reinado de Isabel II, comienza la transición hacia un modelo benéfico-asistencial, basado en un ideario más de tipo humanista y en el que el protagonismo de la acción pasa de la Iglesia a organismos públicos y privados. Se crea la Dirección General de Beneficencia y Sanidad (1847) y comienza a establecerse un marco legislativo al respecto, culminado en la Ley General de Beneficencia de 1849. La Beneficencia se articula en tres niveles: estatal, para necesidades permanentes o de especial atención (incurables, ancianos, dementes...); provincial, para menesterosos incapacitados para trabajar (enfermos comunes, huérfanos, etc.); y municipal, para la asistencia más urgente (accidentes, paritorios, atención médica y domiciliaria, etc.). Pero no toda la Beneficencia era pública: la falta de recursos de Diputaciones y Ayuntamientos, donde debía recaer el mayor peso de la actividad benéfica, obligó a que el Estado tuviera que favorecer a la Beneficencia privada para que supliera sus carencias.

Reconocimiento médico, pesaje y medición del perímetro torácico y craneal de los niños en la consulta de Gota de Leche de la Institución Municipal de de Puericultura, por aquel entonces ya en el Campillo del Mundo Nuevo.
(Foto: Zapata; Estampa, 1928; Hemeroteca BNE)

Al igual que en el modelo asistencial caritativo, subyacía en la Beneficencia la noción de “deber moral” de la sociedad hacia los pobres. No es hasta el siglo XX que puede hablarse del nacimiento de un Estado Social, en el que se reconoce el derecho de los ciudadanos a la asistencia y la obligación del Estado a intervenir de forma sistemática, dictar políticas y regular actuaciones de prevención, socorro y bienestar de los ciudadanos. Los primeros pasos en este intervencionismo del Estado se dan en los albores del siglo, con la creación del Instituto de Reformas Sociales (1903), el Instituto Nacional de Previsión (1908), el Ministerio de Trabajo (1920), las primeras leyes de acción social (regulación del trabajo de mujeres y niños, Ley de Accidentes, de Protección a la Infancia, del descanso dominical...) y el inicio de los seguros sociales, pero aún tenía mucho que andar el siglo hasta llegar al sistema asistencial que hoy conocemos.

La Beneficencia en el Madrid de finales del s. XIX y principios del XX.
Hacia 1850, Madrid contaba con una población algo superior a 200.000 habitantes, hacinados en el pequeño espacio delimitado por la cerca de Felipe IV y en condiciones deplorables de salubridad e higiene. Durante la segunda mitad del siglo XIX se duplicó ampliamente la población, llegando a los casi 540.000 habitantes en 1900, lo que obligó a desarrollar planes de crecimiento urbanístico, tales como el ensanche. Aunque poco a poco se iba “oxigenando” algo el interior de la ciudad con los nuevos barrios, el hacinamiento y la insalubridad continuaron, especialmente en los llamados extrarradios donde la mayor parte de la población recién llegada y las clases humildes se habían venido concentrando en poblados muchas veces improvisados y carentes de las condiciones básicas sanitarias.

Este crecimiento demográfico afectó muy negativamente a la situación socioeconómica. Al ser la ciudad incapaz de absorber tal cantidad de mano de obra y carecer el Estado de un sistema de previsión social, creció exponencialmente la cantidad de personas en situación de penuria y pobreza que necesitaban ayuda de la Beneficencia. Especialmente grave era la situación de la infancia; las condiciones higiénicas y sanitarias en que vivían los niños eran realmente penosas y aumentaron significativamente la orfandad, el abandono y la mortalidad infantil (según algunos estudios, a finales del siglo XIX uno de cada cinco nacidos en España no llegaba al primer año de vida y casi dos de cada cinco no cumplían los cinco años).

Casa de patio o vecindad en la desaparecida c/ Caprara, barrio de Guzmán el Bueno; imagen ilustrativa de las condiciones en que vivían los niños madrileños a principios del s. XX.
(Foto: Páez, 1914; Memoria de Madrid)

Para paliar esta situación, por su condición de gran ciudad, capital provincial y capital del Estado, en Madrid se concentraban gran cantidad de los organismos gestores de los tres niveles asistenciales anteriormente citados (estatal, provincial y municipal), además de numerosos establecimientos benéficos privados, con los que tratar de hacer frente a las necesidades de los pobres en numerosos ámbitos (servicio hospitalario y domiciliario a enfermos, vacunaciones, acogida de niños huérfanos, perdidos o abandonados, normas elementales de salud e higiene...).

Es en este contexto en el que aparecen las Gotas de Leche, entidades tanto privadas como públicas creadas con el objetivo de combatir la desnutrición y la excesiva mortalidad que asolaba a la población infantil.

Cajas porta-biberones para su transporte a las Sucursales de Gota de Leche del Instituto Municipal de Puericultura de Madrid.
(Foto: autor no especificado, 1926. Memoria de Madrid)

Los Consultorios de Niños de Pecho y las Gotas de Leche.
La mayoría de fuentes consultadas sitúan el origen de estos centros en Francia a finales del siglo XIX. El primero de ellos lo crea en 1892 el Dr. Budin, catedrático de Medicina de Paris, como “Consultorio de Niños de Pecho” en su clínica del Hospital de la Caridad. A él acudían semanalmente las madres que dieron a luz en la clínica para que se examinase y pesase a los niños y, a las que no tenían suficiente cantidad de leche y carecían de recursos, se les proporcionaba gratuitamente la cantidad correspondiente a la ración diaria del niño. Adicionalmente, se asesoraba a las madres sobre el cuidado de los bebés.

Unos años más tarde, en 1894, el Dr. Dufour establece otro consultorio en el puerto de Fécamp (Alta Normandía) al que denomina “Gota de Leche”, la primera vez que se empleó esta terminología. En él recibe a las madres que no pueden criar y, además de consejos, les facilita por un módico precio la cantidad de leche que necesitan para la alimentación de sus hijos.

Paralelamente, el Dr. Variot, médico del Hôpital des Enfants Malades de París, había establecido en el Dispensario de Belleville otro consultorio similar al del Dr. Budin pero, a diferencia de éste, donde sólo se atendía a madres que habían dado a luz en la clínica, en el de Belleville se atendía a cuantas madres se presentaban y se empleaba, en su mayoría, lactancia artificial.

Imágenes del Dispensario de Belleville. A la izquierda, pesando los niños y anotando el resultado. A la derecha, entrega gratuita de ración diaria de leche.
(Cuadros de J. Geoffroy reproducidos en la Ilustración Española y Americana, 1903; Hemeroteca BNE)

Algunas otras fuentes, sin embargo, señalan el primer precedente en Barcelona, donde el Dr. Francisco Vidal Solares había fundado en 1890 un Consultorio de Enfermedades de los Niños, donde dispensaba de forma gratuita leche esterilizada y harina, y verduras y pan a los menores de 13 años. Con el tiempo, daría lugar a la Gota de Leche del Hospital de Niños Pobres, donde se recogía leche de donantes para repartirla entre los más necesitados.

Así pues, en su origen, los Consultorios de Niños de Pecho y las Gotas de Leche diferían en su funcionamiento. Los Consultorios se dirigían principalmente a los niños allí nacidos, empleaban mayoritariamente lactancia materna y distribuían la leche diariamente en biberones esterilizados en el propio centro. Por su parte, las Gotas de Leche tenían un mayor componente benéfico, atendiendo tanto a niños enfermos como a sanos necesitados, utilizaban en su mayor parte lactancia artificial, y distribuían la leche en botellas de medio o de un litro que luego administraba la madre. Coincidían ambas instituciones en la importancia de la consulta junto con la distribución; es decir, en no realizar sólo reparto de leche, sino en asesorar también a las madres en la mejor manera de criar a los hijos. La distinción, no obstante, entre Consultorios y Gotas de Leche fue diluyéndose con el paso del tiempo y es frecuente encontrar menciones a Consultorios que incorporaban unidades de Gota de Leche e incluso centros con una única denominación genérica que incluía tanto Consultorio como Gota de Leche.

Imagen de la sede de la antigua Gota de Leche de Sevilla, actualmente Fundación Gota de Leche, en la c/ Manuel Rojas Marcos. En el letrero de azulejos aún puede leerse “Consultorio de Niños de Pecho Gota de Leche”.
(Foto: Google Maps, 2008)

En cualquier caso, el éxito en la reducción de la mortalidad infantil hizo que se extendieran rápidamente. Sólo en Francia, en apenas diez años tras la fundación del primer centro ya había más de 25 en París y más de 60 en el resto de provincias. De Francia saltaron a Bélgica, Inglaterra, Suecia, Italia, Suiza, Holanda, etc., llegando incluso a América (Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, Montreal...), Asia y África.

Por lo que respecta a España, ya hemos hablado del precedente en Barcelona del Dr. Vidal. Posteriormente, se abrirían las Gotas de Leche de San Sebastián (1903), Bilbao (1904), Mahón, Málaga y Sevilla (1906), Valladolid (1911), Córdoba y Granada (1916), Salamanca (1919), Ciudad Real (1921), Huelva (1922)...

En Madrid, la primera Gota de Leche la creó en 1904 el Dr. Rafael Ulecia y Cardona, con el apoyo económico de los marqueses de Casa-Torre y la protección de la Reina María Cristina de Habsburgo. Se instaló en la por entonces calle Ancha de San Bernardo, esquina con San Hermenegildo, trasladándose posteriormente a la calle de la Espada.

A la izquierda, el Dr. Rafael Ulecia y Cardona. A la derecha, el Primer Consultorio de Niños de Pecho y Gota de Leche, en su antigua ubicación en la c/ San Bernardo.
(Fotos: autor desconocido; El Álbum Iberoamericano, 1904; Hemeroteca BNE)

Junto a la del Dr. Ulecia, coexistieron en Madrid otros Consultorios y Gotas de Leche. Así, el Ayuntamiento venía proporcionando desde 1893 una Consulta de Niños en la Casa de Socorro del distrito de Palacio, de carácter público y gratuito para menores de quince años. Allí, el Dr. Dionisio Gómez Herrero crea un servicio de esterilización de leche y empieza a repartir biberones entre los más necesitados en diciembre de 1907, dando el primer paso para la implantación de la Institución Municipal Consulta de Niños y Gota de Leche. En 1913 la Consulta de Niños se transformaría en la Institución Municipal de Puericultura y se establecerían las bases de la sección de Gota de Leche. Contaban con un Dispensario central, ubicado inicialmente en la Casa Central del distrito de Palacio (c/ Duque de Osuna) y que más tarde se trasladaría a la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo. A él se irían sumando nuevos Consultorios sucursales en los diferentes distritos: Hospital, (c/ Amparo), en 1914; Chamberí (c/ Juan de Austria) y Congreso (c/ Antonio Acuña), en 1915; La Latina (c/ Bailén), en 1920; Universidad (c/ Bravo Murillo) en 1922; sucursal de Palacio (Puente de Segovia), en 1925.

Sucursal de Gota de Leche de la Institución Municipal de de Puericultura del distrito de Universidad en Bravo Murillo 122; inaugurada en mayo de 1922.
(Foto: autor no especificado, 1926. Memoria de Madrid)

Hemos mencionado estas dos iniciativas de Gota de Leche en Madrid por ser las más importantes, pero hubo muchas otras, tanto públicas (por ejemplo, la Gota de Leche de la Inclusa, dependiente de la Beneficencia Provincial, en el Colegio de La Paz – Asilo San José, en la c/ Embajadores) como privadas (como por ejemplo, el Consultorio Higiene del Niño Gota de Leche en la c/Barquillo, dirigido por el Dr. Carlos Carazo, de quien hablaremos más adelante; o, sin ir más lejos, la Gota de Leche que la Congregación de los Caballeros del Pilar estableció en el por entonces llamado Tetuán de las Victorias, en la c/ Ntra. Sra. del Pilar, hoy Azucenas).

El funcionamiento de los centros Gota de Leche.
Ya se indicó anteriormente que el propósito no era sólo la distribución de leche, sino que, por lo general, en todos los centros se prestaban servicios de consulta para menores de dos años y Escuela de Maternología. Adicionalmente, algunos de ellos proporcionaban también consulta general de medicina y cirugía para menores de quince años.

El servicio de Gota de Leche se proporcionaba a niños sometidos al régimen de lactancia mixta, por insuficiencia de la madre, o de lactancia artificial con biberones. Diariamente se suministraba a las madres las raciones apropiadas para cada niño (leche esterilizada, leche maternizada, sueros lácteos, harinas, etc.). Por su parte, las madres debían llevar semanalmente los niños a consulta, para el seguimiento médico. Además, se proporcionaba asesoramiento sobre higiene infantil y el cuidado de los bebés, aspecto éste en el que se hacía especial incidencia; en algunos casos, se establecían incluso premios para las madres que mejor cumplían con el cuidado de los niños; también amonestaciones y hasta suspensión de la entrega de biberones a las madres que no seguían los consejos médicos.

Copia de uno de los impresos que se entregaban a las madres en la Gota de Leche de la Institución Municipal de Puericultura dentro de su programa de educación materna. Una de las objeciones que se le hacían a las Gotas de Leche era que fomentaban la lactancia artificial. Como vemos, nada más lejos de la realidad, se insistía en que la lactancia artificial sólo debía considerarse como último recurso.
(Memoria de Madrid, 1926)

El Consultorio o Gota de Leche “tipo” consistía en una sala de espera, cuarto de reconocimiento médico, sala de consulta y sala de entrega de biberones. La mayoría contaba con su propia infraestructura para el descremado, esterilización, homogenizado y almacenaje de la leche, y para el lavado y llenado de biberones. Algunas contaban incluso con maquinaria especializada para “maternizar” la leche de vaca (se añadían sustancias como agua, lactosa o sal y se centrifugaba para asemejar la proporción de grasas a la leche materna). Las más grandes disponían de su propia red de transporte para la distribución a las sucursales y solían tener establos propios, lo que les permitía garantizar la calidad y el suministro de leche para lactancia artificial; aunque también era común contar con otras vaquerías privadas como proveedores, para quienes, por cierto, ser suministrador de una Gota de Leche era un buen argumento de venta de cara al público.

Imágenes del procesado y distribución de la leche en el Instituto Municipal de Puericultura y Gota de Leche. Arriba, a la izquierda, máquina esterilizadora; debajo, homegeneizadora. A la derecha, arriba, lavadora automática de biberones; en el medio, máquina llenadora; y debajo, camión para el transporte de biberones a las sucursales.
(Fotos: autor no especificado, 1926. Memoria de Madrid)

Algunas estadísticas.
No resulta fácil cuantificar en qué medida estas instituciones contribuyeron a la reducción de la mortalidad infantil durante el siglo XX. A la falta de estadísticas que cubran tan amplio periodo de tiempo se une la imposibilidad de aislar la contribución de los centros de Gota de Leche de otros factores (avances médicos, condiciones higiénicas, etc.). Permítasenos, no obstante, dar unas cifras para hacerse una idea.

Respecto a la mortalidad infantil, estudios fiables mencionan que, de cada 100 muertes de niños menores de un año que se producían a principios del siglo XX en Madrid, a finales de siglo se evitaban nada menos que 88. Así, mientras que en 1900 la tasa de mortalidad infantil se situaba cerca del 20%, en 1930 se había reducido al 9,6%; en 1950, al 5,4%; y en 1970 al 1,8%, siguiendo una tendencia de disminución a lo largo del siglo sólo interrumpida por algunas crisis puntuales (la gripe de 1918, la Guerra Civil...).

Aunque imposible de determinar cuánto de este descenso es achacable a la actividad de los centros de Gota de Leche, como muestra de la importancia de su labor diremos, por ejemplo, que la Gota de Leche del Dr. Ulecia atendió a más de 600.000 niños en sus primeros 50 años de vida. Por su parte, la Gota de Leche municipal, atendió un promedio de 12.300 niños/año entre 1908 y 1913, y de 26.172 niños/año a partir de 1914, año en que comenzaron a establecerse las sucursales.

La Gota de Leche en la Dehesa de la Villa.
Ya se ha comentado más arriba que algunas entidades de Gota de Leche disponían de sus propios establos. Tal era el caso de la Institución Municipal de Puericultura y Gota de Leche, que tuvo unos en plena Dehesa de la Villa, junto al entonces Asilo de La Paloma.

Recordemos que la Dehesa había sido cedida en 1901 por el Estado al Ayuntamiento de Madrid para que la destinase a usos benéficos y sociales y que, con tal fin, se había levantado el Asilo de La Paloma en 1910. No es de extrañar, pues, que el Ayuntamiento decidiera también utilizar parte de los terrenos para la Gota de Leche.

Así, encontramos que en la sesión del 22 de enero de 1915, el concejal Blanco Parrondo propuso la creación de una vaquería modelo que diera servicio tanto al Asilo de La Paloma como a la Gota de Leche.

Desconocemos cuándo se llevó a cabo efectivamente el establo, pero sí sabemos que posteriormente, en 1922, la vaquería tuvo sus días de fama por efectuarse allí unos experimentos con la vacuna antialfa que el Dr. Ferrán acababa de desarrollar para la lucha contra la tuberculosis. Junto con el Dr. Carazo, que había dirigido el Consultorio y Gota de Leche de la c/ Barquillo y que en 1912 había pasado al Laboratorio Municipal de Madrid, el Dr. Ferrán inoculó su vacuna en unas terneras a fin de demostrar su inmunización contra la tuberculosis. El acto fue público, asistieron numerosos profesionales y curiosos y el experimento fue ampliamente recogido por la prensa de la época.

Gracias a ello, disponemos del siguiente testimonio gráfico, la única fotografía que hemos sido capaces de localizar y apenas la única referencia a la vaquería y establos de la Gota de Leche en la Dehesa de la Villa.

El Dr. Carazo, aplicando la vacuna antialfa del Dr. Ferrán a una ternera de los establos que La Gota de Leche tiene en la Dehesa de la Villa.
(Foto: Alfonso; El Sol, 1922; Hemeroteca BNE)

Bibliografía:
- Ayuntamiento de Madrid: Informe sobre la Ciudad Año 1929: Beneficencia y Previsión
- Carballo Barral, B. (2006): La Beneficencia Municipal de Madrid en el cambio de siglo: el funcionamiento de las Casas de Socorro (1896-1915)
- Coll y Bofill, J. (1916): Algunos comentarios acerca de diversas manipulaciones a que son sometidas las leches más empleadas en la lactancia artificial de los niños
- Gómez Herrero, D. (1926): Historia, organización y modo de funcionar de la Institución Municipal de Puericultura
- Gómez Redondo, R. (1985): El descenso de la mortalidad infantil en Madrid, 1900-1970
- Rodríguez Pérez, J. F. (2009): La protección a la infancia en España. Ayer y hoy