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Restos de la Guerra Civil en la Dehesa de la Villa y alrededores

17 de octubre de 2014

Sobre los restos que de la Guerra Civil perviven en la Dehesa de la Villa, la Ciudad Universitaria y el Parque del Oeste.

El pasado mes de abril, Cristina Cabrero Poch, estudiante del 3º Curso del Grado de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid, nos envió un correo solicitándonos ayuda a través de nuestro formulario de contacto. Junto con otras dos compañeras (Cristina de la Casa y Ana de Oliveira) estaba realizando un trabajo en la asignatura de Patrimonio Histórico Artístico y Gestión Cultural para el profesor Francisco José Moreno Martín, consistente en la apertura de un expediente administrativo de incoación de Bien de Interés Cultural (BIC) para los restos arqueológicos de la Guerra Civil en la zona de Ciudad Universitaria, incluyendo a la Dehesa de la Villa.

Comenzaron su trabajo en marzo del presente año y tras la consulta bibliográfica, habían conseguido catalogar las diferentes estructuras que de la Guerra Civil se conservan en la Dehesa. Pero les faltaba su localización exacta y nos pidieron acompañarlas para verlas in situ y proceder a su geolocalización. Así, en el mes de abril las acompañamos en un paseo de casi tres horas por la Dehesa para visitar los distintos restos de la Guerra.

El trabajo quedó listo en los meses posteriores y fue presentado a principios de junio. Hace unas semanas, tal como nos prometieron, nos lo hicieron llegar y nos pareció una documentación excelente para el propósito divulgativo de este blog. Si bien se trata de un trabajo académico, está realizado con rigor y proporciona un inventario y su localización por coordenadas de los restos que todavía pueden observarse en la Dehesa, la Ciudad Universitaria y el Parque del Oeste (trincheras, búnkeres, nidos de ametralladoras, cuevas de armas, restos de impactos...).

Lo reproducimos a continuación con la autorización expresa de las autoras, a quienes les agradecemos su amabilidad y el interés mostrado por la Dehesa. Les deseamos suerte para concluir sus estudios y para que puedan desarrollar una prolífica carrera como historiadoras; y que, cuando esto ocurra, recuerden este trabajo sobre la Dehesa y, por qué no, nos obsequien con más investigaciones sobre su pasado y acontecimientos históricos.

Expediente para la declaración como Sitio Histórico (BIC) de los restos de la Guerra Civil en la Ciudad Universitaria.
Cristina Cabrero Poch
Cristina de la Casa Rodríguez
Ana de Oliveira Escalonilla




Anexo 1: Fotografías actuales.



Anexo 2: Imágenes históricas.



Anexo 3: Croquis y Esquemas.



Anexo 4: Cartografía.



Pablo Guerrero: cantautor y poeta

12 de julio de 2014

Hablamos con Pablo Guerrero, vecino de la Ciudad de los Poetas / Saconia, uno de los barrios de la Dehesa de la Villa.

En nuestra serie sobre personas ilustres relacionadas con la Dehesa de la Villa, nos ocupamos de personajes célebres, históricos o de actualidad, que vivieron, o viven, en los alrededores de la Dehesa o cuya actividad profesional se relaciona con la Dehesa.

Hace algunos meses, rescatamos una entrevista que la AVV Poetas Dehesa de la Villa realizó, y publicó en su boletín "La Voz del Barrio", en mayo de 2012 a nuestro vecino Pablo Guerrero Cabanillas. Nuestro propósito inicial era trasladar la entrevista tal cual y nos pusimos en contacto con Pablo para que nos autorizara a publicarla y para hacerle algunas fotos con las que acompañar el artículo. Este contacto inicial se tornó en un par de cálidas y acogedoras tardes a finales de mayo y principios de junio en las que pudimos charlar con Pablo y recorrer con él el barrio y la Dehesa.

Traemos hoy a estas páginas parte de aquella entrevista de la AVV Poetas Dehesa de la Villa y el resumen de nuestras dos tardes con Pablo.

Agradecemos a Clara López, de la AVV Poetas Dehesa de la Villa, el habernos facilitado el contacto con Pablo Guerrero; y al propio Pablo y a su mujer, Charo, su predisposición y amabilidad para colaborar con nosotros.

Hablemos con... Pablo Guerrero y Charo
Extracto de la entrevista publicada por la AVV en "La Voz del Barrio". Publicado con autorización de los autores.

(Foto: Clara López, 2012)
- (Pregunta) ¿Por qué elegisteis el barrio de Ciudad de los Poetas para vivir?
- (Respuesta) Un amigo nuestro vivía aquí. Nos encantó el sitio. Cuando vinimos era un poco difícil porque el barrio terminaba en A. Machado. Todo esto eran edificios sin terminar y estábamos rodeados de huertas y viveros.

- (P) ¿En que año vinisteis?
- (R) Pablo - Nos casamos en el 1976 y nos dieron el piso un día antes de la boda. Tenemos una anécdota muy divertida. Cuando vinimos no habían dado aún luz a los pisos. Un día oímos que en el piso de arriba sonaba un tocadiscos y subimos a ver por qué y nos dijeron que les habían dado luz de obra. En seguida nos pusimos a pedirla y nos la dieron. Aun así, estuvimos casi una semana alumbrándonos con velas. Tampoco había teléfono. Entonces no  existían los móviles y era muy necesario comunicarnos por mi trabajo.
Charo - Ah, no sólo nos vinimos al barrio por nuestros amigos, sino que el precio era muy económico. Estuvimos mirando muchos y este era uno de los más baratos
Pablo - Sí, no llegó al millón de pesetas –6.000 euros-. El problema ahora de los jóvenes es el precio de la vivienda. Es un auténtico robo. Es hipotecar la libertad de la gente y el miedo a perder un trabajo para no perder la vivienda. Antes nos hipotecábamos diez, como mucho quince años. Ahora es verdaderamente angustioso

- (P) ¿Cómo llevabas ser famoso en el barrio cuando llegaste aquí? ¿Te molestaba la gente?
- (R) Pablo - No, no. La gente del barrio estaba acostumbrada a convivir con personajes conocidos. Aquí han vivido y viven aún poetas, cineastas, músicos... Sí, la gente nos ve como un ciudadano más.

- (P) ¿Os acordáis de "El Pilón"?
- (R) Pablo - Hacían actividades culturales, conferencias, charlas… Yo recuerdo haber ido a cantar alguna vez. Se celebraban las nocheviejas,  Navidad … era una época en que la vida del barrio era más viva, más activa.
Charo - Claro, los que lo llevaban eran amigos nuestros. Estaba El Pilón, El Chiripa y El Rincón del Alquimista.

- (P) Al barrio lo llamaban Rojonia, ¿no es verdad?
- (R) Pablo - Sí, recuerdo las fiestas del barrio. Venían Meneses, Víctor Manuel y Ana Belén, Nuestro Pequeño Mundo, Sergio y Estíbaliz, Luis Pastor... era a finales de los setenta, principios de los ochenta.

- (P) ¿Y qué creéis que le pasó al barrio?
- (R) Pablo - Bueno, yo creo que influyeron dos cosas: por una parte, que el movimiento ciudadano perdió mucha fuerza y, por otra, mucha gente de aquí se fue por el boom del adosado; vino ya otro tipo de gente, quizás menos interesada en participar en las actividades del barrio, aunque es verdad que es una corriente general, no solo en nuestro barrio.
Charo - Pues creo que a partir de los años 90 hubo un cambio social que vi afectaba al barrio negativamente, igual que lo percibí en la enseñanza.

- (P) ¿Qué os parece el nombre de Saonica en vez de la Ciudad de los Poetas?
- (R) Pablo - Sí, yo creo que se ha impuesto. Hay mucha gente que no conoce el nombre del barrio original.

- (P) ¿Habría que recordárselo?
- (R) Pablo - No sé si tiene mucho sentido si se impone una forma de denominarlo. Mira los cantautores. Se llamaba canción protesta, denuncia, comprometida, de autor y al final se quedo cantautor. ¿Que no es la mas bonita?, pues a lo mejor; pero es la que ha prevalecido.

- (P) ¿Recordáis algún momento emotivo del barrio?
- (R) Pablo - Yo recuerdo haber cantado en la calle con un megáfono. Fue para mi muy bonito porque, de repente, apareció gente en las ventanas. Me emocionó mucho. Eso fue a finales de los 70.
Charo - Quizá los momentos reivindicativos. Acordaros del eje Sinesio Delgado. Si no nos lanzamos a la calle, ahora mismo este barrio estaría partido por dos. Y cuando quisieron hacer el asfaltado de los caminos de la Dehesa. Si ahora ocurriera otra cosa, no sé si seriamos igual de reivindicativos, pero desde luego hemos tenido dos o tres actuaciones en el barrio estupendas.

- (P) Tu canción "A cántaros" sigue estando vigente.
- (R) Pablo - Es curioso que haya canciones que las mimas y das muchas vueltas a la hora de componerlas y sin embargo se quedan ancladas en un tiempo. Sin embargo, hay otras que no sé por qué razón, casi mágicamente, están fuera del tiempo y las aceptan varias generaciones. Esta es una de ellas:

Tú y yo muchacha estamos hechos de nubes
Pero ¿quién nos ata?
Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua,
que es tiempo de vivir y de soñar y de creer
que tiene que llover a cántaros.
 
Estamos amasados con libertad, muchacha
Pero ¿quién nos ata?
Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio, preparada tu marcha.
Hay que doler de la vida hasta creer
que tiene que llover a cántaros.
 
Ellos seguirán dormidos en sus cuentas corrientes de seguridad.
Planearán vender la vida y la muerte y la paz,
¿”Le pongo diez metros en cómodos plazos, de felicidad”?
 
Pero tú y yo sabemos que hay señales que anuncian
que la siesta se acaba
y que una lluvia fuerte, sin bio-enzimas, claro, limpiará nuestra casa.
Hay que doler de la vida hasta creer
que tiene que llover a cántaros.

Paseando con Pablo.
Conversaciones entre Adolfo Ferrero, vicepresidente de la Asociación de Amigos de la Dehesa de la Villa, y Pablo Guerrero, paseando por el barrio y la Dehesa (30-mayo y 10-junio, 2014).

(Foto: F. Lorca, 2014)

"Es un privilegio para los que vivimos en esta zona contar con la Dehesa."

- (Adolfo Ferrero) ¿Qué recuerdos te despierta la Dehesa de la Villa?
- (Pablo Guerrero) Lo que más recuerdo de la Dehesa de la Villa es ir a jugar con mi hijo y sus amigos. Siempre procuré que mi hijo tuviera buena relación con el agua porque yo creo que gran parte somos agua y tener una buena relación con el agua me parece importante para el desarrollo de la persona y la de un niño.

Pablo Guerrero en uno de los quioscos
actuales de la Dehesa.
(Foto: A. Ferrero, 2014)
Le gustaba, le dejaba meterse en los charcos y había una fuente donde jugábamos a hacer pantanos. Hacíamos un pequeña presa de barro y luego les hacía mucha emoción cuando la rompían y una gran cantidad de agua iba por el arroyo abajo. Estaba esta fuente cerca de un quiosco que me gustaba mucho porque la gente iba a hacer sus celebraciones. Celebraban despedidas de soltero, primeras comuniones, reuniones simplemente familiares. Se llevaban las tortillas. Dejaban que se llevara comida. Únicamente había que comprar la bebida.

Recuerdo, también, ir a volar cometas a la Dehesa de la Villa. En la parte de lo que ahora se llama Cerro de los Locos, o Cerro de las Balas, jugábamos con cometas y con bumerán. Tengo grandes recuerdos de la Dehesa. Casi todos los días íbamos por allí a jugar.

- (AF) ¿Sobre qué años era cuando ibas allí a jugar con tu hijo y sus amigos?
- (PG) Déjame calcular: mi hijo tiene ahora 36 años y por aquel entonces tendría 6 o 7. Sería a partir de 1984. También íbamos mucho a celebrar, a hacer comidas, lo que ahora se llamaría hacer picnic. Llevábamos nuestras tortillas, los típicos filetes empanados.

Y estábamos hasta muy tarde. Entonces mirábamos el cielo y observábamos las estrellas. También nos gustaba mucho seguir la ruta de los pájaros, que iban de árbol en árbol y nos entreteníamos mucho oyéndolos cantar.

- (AF) ¿Recuerdas por dónde estaba ese quiosco más o menos?, ¿podía ser Recio o El Tobogán?
- (PG) No recuerdo bien. Estaba en un valle, en un pequeño valle. Había un quiosco en un alto (AF - sí, el quiosco El Mirador) que lo llevaban gente de etnia gitana. Y el que yo digo estaba a la izquierda de este según se baja.

- (AF) Entonces creo que era el quiosco llamado Recio, más tarde El Tobogán, que estaba camino de la Fuente de la Tomasa y era el inicio del arroyo de la Puerta Verde.
- (PG) Yo creo que es un privilegio para los que vivimos en esta zona contar con la Dehesa. Es un lugar muy especial para jugar, para que los niños tomen contacto con la naturaleza. Yo creo que deberíamos recuperar el agua, recuperar la fuente, recuperar los arroyitos que había en la Dehesa.

Pablo Guerrero en la Fuente de la Tomasa
(Foto: A. Ferrero, 2014)

- (AF) En la Fuente de la Tomasa hay tres charcas de aguas como bebederos para las aves y se está pendiente de la autorización para utilizar un pozo existente en la Dehesa para ampliar la capacidad de las charcas. Estamos tratando también de que, una vez ampliadas las charcas, haya ranas en ellas.
- (PG) Sería maravilloso que hubiera ranas Yo creo que Madrid cegó el agua de sus fuentes y fue un error monumental. En otras ciudades, por ejemplo Roma, hay plazas con maravillosas fuentes donde la gente se sienta, donde lee, donde se lava las manos, donde descansa

- (AF) Hablábamos de lo que viviste hace años en la Dehesa pero, ¿cómo la ves ahora?
- (PG) Hubo una época que la gente dejó de ir a la Dehesa porque estaba muy degradada, porque no podía esparcirse a gusto, celebrar sus cosas... Otro error es que hayan quedado solamente dos quioscos, muy apartados, muy al margen. Ahora creo que vosotros estáis haciendo un trabajo muy importante para recuperar y mantener la Dehesa.

- (AF) ¿Actualmente seguís yendo por la Dehesa?
- (PG) Claro, claro. Seguimos yendo a pasear por el paseo del canalillo y me gusta mucho perderme y salirme del recorrido habitual. Es como estar en un bosque en la ciudad.

- (AF) ¿Sabías que también cerca de la Dehesa vive José Manuel Caballero Bonald? Tenemos publicada una entrevista con él. Dedicó una poesía a la Dehesa de la Villa.
- (PG) Ah! Maravilloso poeta... No conozco esa poesía. No sabía que vivía ahí Caballero Bonald. Bueno, aquí vivió también Blas de Otero. Lo conocí a través de unos amigos comunes (Norberto y Celia), me lo presentaron y tomábamos cañas y jugábamos a regalarnos palabras. Le gustaba mucho que le dijera palabras de mi pueblo, palabras extremeñas.

- (AF) Sí, Blas de Otero vivió en la C/ Valderromán; iba mucho a la Asociación de Vecinos. Bueno, a ti te conocí también en la Asociación. Venías por allí a cantar, hablamos de finales de los años 70 y principios de los 80, cuando la sede estaba en la Pérgola.
- (PG) Yo recuerdo haber cantado en la Pérgola con un megáfono “ A cántaros”. El recuerdo fue muy emocionante porque empezó a asomarse la gente a los balcones y cantar con nosotros la canción.

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Y así, entre reflexiones y recuerdos transcurrieron estas dos placenteras tardes. Por cierto, Pablo nos comentó que su libro de poesías "Los cielos tan solos" se incluía una poesía dedicada a las ardillas de la Dehesa. La reproducimos a continuación con la debida autorización del autor.


ARDILLA EN LA DEHESA

Tan ágil, me recuerda a tu mano
al huir de la mía en el primer domingo.
Tan porfiada, trepa por el tronco del árbol
como los jóvenes de las fiestas del fuego.

No se cansan sus ojos
de contemplar la sombra,
oficio de poetas que sufren por la arena
que cubre el sentimiento, el oro en las vocales.

Desconfía del humano, de sus educados dientes.
Los suyos ha de temerlos el fruto endurecido.

Alcanzan lo que huye, se ocultan en la tela,
en la amistad de la noche más próxima.

Completan la alegría
de quien rompe la cáscara, la máscara escondida.

Tal vez de quien perdona el ruido en su conciencia
respirando, sin más, el azul de la tarde.


Serie Personajes célebres en la Dehesa de la Villa:
- Ramón y Cajal y su cigarral de Amaniel
- Antonio de Zulueta un pionero de la genética en la Dehesa de la Villa / La Dehesa, la retama, el escarabajo y el cromosoma
- Ofelia Nieto y Ángeles Ottein, dos sopranos en la Dehesa de la Villa
- Antonio Escobar Burgos, vecino y Amigo de la Dehesa de la Villa
- J. M. Caballero Bonald: un poeta premio Cervantes en la Dehesa de la Villa
- Pablo Guerrero: cantautor y poeta

José Manuel Caballero Bonald: un poeta premio Cervantes en la Dehesa de la Villa

29 de noviembre de 2012

Entrevista con el poeta J.M. Caballero Bonald, vecino de la Dehesa de la Villa y, desde hoy mismo, premio Cervantes.

Continuando con nuestra serie sobre personas ilustres relacionadas con la Dehesa de la Villa, tenemos el privilegio de poder traer hoy a estas páginas la entrevista que recientemente nos ha concedido José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926), vecino de la Dehesa de la Villa desde hace casi 50 años, al que le ha sido concedido hoy mismo el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, el más prestigioso de cuantos se conceden "en reconocimiento a la labor creadora de escritores cuya obra ha contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española".

La entrevista, que realizamos hace apenas unos días, estaba programada para ser publicada en nuestro blog dentro de un par de semanas. Pero el fallo del Cervantes nos ha hecho considerar la oportunidad de publicarla hoy mismo para hacerla coincidir con tan insigne reconocimiento.

Encuadrado dentro de la denominada Generación de los 50, de la enorme dimensión de la figura literaria de Caballero Bonald dan fe los cientos de reseñas bibliográficas, tanto de su obra en prosa como de su obra poética, incluyendo tesis, ensayos, libros, artículos..., las más de 400 entrevistas que ha concedido a diferentes medios de comunicación, así como los numerosos premios, además del Cervantes, que le han sido concedidos a lo largo de su trayectoria literaria.

No nos ocuparemos aquí, no obstante, de su obra ni biografía: sitios hay más especializados para ello. Quien lo desee podrá encontrar toda la información al respecto en la página de su Fundación, incluyendo una breve guía didáctica con una selección de textos para el estudio de su trayectoria y trabajo literario.

Es más nuestro interés acercarnos a su dimensión humana y a la relación que durante casi 50 años mantiene con la Dehesa de la Villa. Aunque con algunas intermitencias, Caballero Bonald lleva residiendo en la c/ María Auxiliadora desde principios de los años 60 y ha sido testigo de primera mano de los cambios que la Dehesa y sus alrededores han experimentado en este periodo. Agradecemos a J.M. Caballero Bonald su predisposición y la rapidez en atendernos a pesar de sus numerosos compromisos, así como la gentileza y amabilidad del trato que nos ha dispensado. Queremos agradecer igualmente a Javier del Monte, arquitecto y convecino de la c/ María Auxiliadora, quien nos ha facilitado el acceso a Caballero Bonald para la realización de esta entrevista.

"La Dehesa sigue siendo un espacio natural extraordinario... Hay que luchar porque nadie vulnere esa propiedad del pueblo"

- (Pregunta) En su libro de memorias “La costumbre de vivir” relata que, a su vuelta de Colombia en 1963, se trasladó a vivir a la Dehesa de la Villa “a una zona urbana muy de mi gusto”. ¿Conocía de antes la Dehesa de la Villa? ¿Qué era lo que más le atraía de la zona y lo que le hizo decidirse por la que actualmente sigue siendo su casa?
- (Respuesta) Yo conocí la Dehesa a poco de llegar a Madrid, a mediados de los 50. Me agradaba mucho pasear por ese enorme pinar entonces medio olvidado, un auténtico bosque en estado natural, con sus secretos y sus recuerdos de la guerra civil todavía muy vivos. Luego, al cabo de los años, a mi regreso de Colombia, en 1963, estuve en casa de Fernando Quiñones, que vivía justo al lado de la Dehesa, en un edificio de nueva planta. Nos gustó tanto a mi mujer y a mí la situación y el carácter de ese piso que enseguida adquirimos el último que quedaba sin vender en esa casa. Cada vez estoy más satisfecho de esa elección.

(P) -Menciona igualmente en el libro que en su edificio “residían, o no tardarían mucho en hacerlo”, Francisco Brines, Fernando Quiñones, José Ramón Ripoll, Arcadio Blasco y su esposa Carmen Perujo. Casualidad, recomendaciones entre amigos, gusto común por la Dehesa de la Villa..., ¿a qué se debió tal concentración de personalidades en un mismo edificio?
(R) -No sé, supongo que fueron recomendándose esos pisos entre ellos. Creo que Paco Brines y yo fuimos los últimos. También vivía aquí al lado, en la esquina de Federico Rubio, Fernando Delgado, el novelista y locutor, que fue en tiempo director de Radio Nacional.

(P) -También en “La costumbre de vivir” habla sobre la lucha antifranquista y que se celebraban algunas reuniones en su casa. ¿Cómo eran aquellas reuniones? Por otro lado, ¿celebrarlas en su domicilio no suponía un riesgo añadido habida cuenta de la cercanía del cuartel de la Policía?, ¿tuvieron algún problema por ello?
(R) -No, nunca tuve problemas a raíz de esas reuniones clandestinas. Los asistentes se cuidaban mucho de sortear los riesgos de ser descubiertos y tenían muy bien estudiado el itinerario para llegar hasta mi casa dando rodeos, cada uno por su cuenta. El hecho de que el cuartel de la Policía estuviera justo enfrente podía ser incluso favorable. ¿Quién se iba a atrever a reunirse para conspirar en la boca del lobo?

(P) -A propósito de lucha antifranquista, en una conversación con Santiago Carrillo nos comentó que, cuando el episodio de la famosa peluca en diciembre de 1976, un poeta andaluz le había dejado las llaves de su casa. Y en algunos sitios se lee que fue su casa donde se “escondió”. ¿Es cierto, se alojó en su casa Santiago Carrillo?, ¿cómo vivieron esos días?
(R) -No, no exactamente. Lo cierto es que yo no asistí nunca a esas reuniones del comité central del PC en mi casa, sobre todo porque yo la había cedido con esos fines como una prueba de solidaridad, pero nada más. Yo trabajaba entonces en la lucha antifranquista junto al PC, pero nunca me afilié ni al PC ni a ningún otro partido. Una tarde, sin que tuviésemos ningún aviso previo, apareció por aquí Carrillo, a quien mi mujer y yo reconocimos a pesar de la peluca. Eso fue todo.

(P) -Al hilo de lo anterior, por su casa seguramente habrán desfilado multitud de personas, intelectuales, escritores, artistas, etc. ¿Alguno de ellos mostró especial predilección por la Dehesa de la Villa?
(R) -Era bastante frecuente ese interés por la Dehesa. Los amigos, los escritores y periodistas que me han visitado solían hablar de la proximidad de la Dehesa como de un auténtico aliciente urbano. Tener al lado ese parque tan hermoso suponía efectivamente un privilegio. Muchas entrevistas me las han hecho paseando por allí o sentado en algún banco y en la última que apareció en El País me hicieron unas fotos excelentes entre los pinos.

J.M. Caballero Bonald paseando entre los pinos de la Dehesa de la Villa. 
Fotografía publicada en la entrevista a El País, 07-01-2012 / Gorka Lejarcegi

J.M. Caballero Bonald en la Dehesa de la Villa.
Fotografía publicada en la entrevista a El Correo, 25-02-2012 / José Luis Nocito

(P) -Cuando Ud. vino a vivir a María Auxiliadora, el aspecto de la Dehesa era muy diferente del actual. Aún era un espacio completamente forestal, antes de las reformas que a finales de los años 60 y principios de los 70 la transformaron parcialmente en parque urbano con zonas de césped, miradores, columpios, fuentes, bancos, etc. A lo largo de estos años, ¿en qué cree que ha mejorado la Dehesa y en qué otros aspectos ha empeorado?
(R) -Es posible que haya mejorado en tanto que lugar de recreo, pero ha perdido inevitablemente su carácter de naturaleza en estado puro. Comprendo que ahora presta un servicio muy eficiente a quienes frecuentan la Dehesa, pero aquellos paseos entre las colinas, los desniveles, las excursiones dominicales, los rincones boscosos, ya tienen otro carácter. En todo caso, la amplitud de la Dehesa ofrece muchas oportunidades: también ahora puede uno perderse por alguna zona solitaria. Hay zonas en que lo más frecuente es caminar un buen rato sin cruzarse con nadie.

(P) -Igualmente, desde 1963 a la actualidad los alrededores de la Dehesa han cambiado sustancialmente. Desde la zona de Bellas Vistas y Francos Rodríguez a los nuevos barrios que surgieron a mediados de los 60 y principios de los 70 (Valdezarza, Saconia/Ciudad de los Poetas...), pasando por otros barrios que han sufrido grandes remodelaciones (Valdeconejos, Belmonte/Quemadero, etc.). ¿Frecuentaba Ud. alguna de estas zonas? ¿Qué recuerdos tiene de estas zonas limítrofes y qué le parece el cambio que han vivido estos barrios?
(R) -En ese aspecto urbanístico sí que ha cambiado esta zona de Madrid. Cuando yo me vine a vivir en 1963 al piso donde todavía vivo buena parte del año, a un paso de la Dehesa de la Villa, el barrio era muy distinto. Yo solía decir que vivía en la última casa, a mano izquierda, saliendo de Madrid para La Coruña. Y fíjese en que se han convertido todos estos contornos. Recuerdo haber viajado varias veces en un tranvía que iba de Quevedo a Peñagrande, pasando por Francos Rodríguez, y el paisaje que atravesaba a partir de la Dehesa era de huertas y desmontes. Andando el tiempo, frecuenté mucho el barrio de Saconia/Ciudad de los Poetas. Allí vivieron dos escritores amigos: Blas de Otero y Fanny Rubio y en ese Instituto estudió alguno de mis hijos.

(P) -También este periodo ha sido testigo del cambio sufrido por algunos de los edificios históricos de los alrededores de la Dehesa. Por ejemplo, las Escuelas Bosque, que estuvieron en pie hasta los años 70 y de las que hoy sólo queda uno de los antiguos pabellones; o el Grupo Escolar Francisco Giner (hasta hace poco Andrés Manjón), que perdió la piscina y sufrió una ampliación a mediados de los 70; la piscina Tritón, que desapareció en los años 70; o algunas de las casas de la c/ Pirineos, como la Quinta El Mirador, de la que hoy sólo queda la valla... ¿Echa de menos alguna edificación de las que había cuando vino a vivir a la Dehesa?, ¿cuál de los edificios históricos que actualmente perviven en los alrededores de la Dehesa es su preferido?
(R) -Quizá el de las antiguas escuelas Bosque, o lo que queda de esas edificaciones. Me agrada la entrada por Francos Rodríguez, amplia y sombreada. Los chalés de la calle Pirineos, antes de que derribaran los más significativos, formaban desde luego un conjunto urbanístico especialmente atractivo. A veces, también me perdía por lo que se llamaba la Huerta del Obispo, hoy convertida en un parque algo frío y poco frecuentado.

(P) -En todos estos años también ha cambiado la relación que los vecinos mantienen con la Dehesa. ¿Cómo percibe Ud. este cambio en las relaciones entre vecinos y en el uso que hacen de la Dehesa de la Villa?
(R) -Creo que se han modificado bastante las relaciones de los nuevos vecinos con la Dehesa. Yo creo que antes, cuando la Dehesa estaba mucho más aislada de lo que ahora está, la Dehesa era un desahogo, un lugar extraordinario para el esparcimiento, una posibilidad de evasión en tiempos sombríos. Se iba allí a pasar el día, a comer en familia por algún paraje. Todo tenía un encanto provinciano humilde y acogedor. Hoy casi se ha convertido en un albergue de jubilados que juegan a la petanca. Pero sigue siendo un espacio natural extraordinario, incluso a veces, con buen tiempo, se ven más niños que antes. Hay que luchar porque nadie vulnere esa propiedad del pueblo.

(P) -La Dehesa de la Villa ha sido objeto de numerosas reivindicaciones vecinales para su conservación y mejora (cierre al tráfico de la antigua carretera, protestas por urbanización y ajardinamiento, CIEMAT, etc.). ¿Participó Ud. de alguno de estos movimientos vecinales y actos de protesta?
(R) -Firmé al menos algún manifiesto.

(P) -Los quioscos, merenderos, ventas... de la Dehesa y sus alrededores fueron lugar de encuentro y diversión de numerosos intelectuales, artistas y otras personalidades del mundo del espectáculo. Miguel Gila, Camilo José Cela, Paco Rabal, Lola Flores y otros muchos han mencionado en alguna ocasión la Venta de la Peque (posteriormente denominada de la Villa), la Venta El Pinar (luego Toki-Eder), los merenderos de Valdeconejos, etc. ¿Frecuentaba Ud. alguno de ellos o recuerda alguno en especial?
(R) -No, apenas frecuenté esos enclaves más bien nocturnos. Recuerdo sobre todo la que se llamó en tiempos la Venta de la Peque, a la que fui un par de veces, una de ellas precisamente con Paco Rabal y otros amigos. También recuerdo un bar muy característico, yendo hacia Peñagrande, el Ricote, y un merendero que había al final de la que era la carretera de la Dehesa.

(P) -En la actualidad, y después de tantos años viviendo en la zona, ¿qué es lo que le sigue gustando de la Dehesa y sus alrededores?, ¿cuáles son sus lugares predilectos de la Dehesa y cómo los usa (para pasear, meditar, observar...)?
(R)-Ya no paseo tanto como antes por la Dehesa. La edad me impide a veces caminar como querría. Durante años iba mucho por el llamado Cerro de los Locos y alrededores. También me perdía por los declives de pinares que hay por detrás de esa Institución hospitalaria de Fabiola de Mora… Ahora soy más sedentario, me siento de vez en cuando con mi mujer, con algún amigo, en uno de los merenderos modernos frente a La Paloma. Pero el paisaje urbano ya no es el mismo, claro. Tampoco yo soy el mismo.

(P) -¿Recuerda Ud. alguna anécdota o hecho curioso que le haya acontecido en la Dehesa de la Villa?
(R) -Bueno, por el Cerro de los Locos siempre podían ocurrir episodios de interés. Allí se reunía y creo que se sigue reuniendo un censo de personajes de lo más curioso. Forman como una comunidad aparte, con sus reglamentos privados y todo. Hacen una vida de auténticos amantes del aire libre, cuidan de las zonas ajardinadas que ellos mismos han creado, toman el sol, juegan al frontón, defienden su entorno…

(P) -Ud. tiene un poema titulado “Dehesa de la Villa” ("Pliegos de cordel", 1963). ¿Le ha servido la Dehesa de inspiración en algún momento de su trayectoria literaria o para alguna otra de sus obras?
(R) -Ese poema tiene un carácter social, lo escribí a poco de venirme a vivir a mi piso de María Auxiliadora. Sí, supongo que mientras iba paseando por la Dehesa, debí experimentar algún incentivo literario.

DEHESA DE LA VILLA
J.M. Caballero Bonald (en Pliegos de cordel, 1963).
Reproducido con permiso del autor.

Domingo en derredor, redondo
día cárdeno
con cara de moneda, rueda
de abrigo semanal apretujando
al lunes contra el sol
de la barranca, sexualmente sórdido
como la colcha de un prostíbulo.

Cobarde día en calma encaramado
a las tapias del mes, dichoso
mientras finge
su avara libertad bajo los pinos
y hay un hombre,
una mujer, un niño, un pueblo junto,
que arriman de precario su alegría
a tu mantel de tedio y a tu sábana
de bulliciosa privación.

Todo el peso del día es una losa
y sobre ella tienden
la insurrección de la comida,
los bordes de botella del jornal,
el sobrante del sueño, muchas
horas de azar recién gastado.

Y el domingo restaura por detrás
del polvo un triste traje azul, cortado
a plazos como un bosque, limpio
como la podredumbre de la cal,
y va y le suelta el pelo
a las muchachas, le hace guiños
al turno del destajo, le recose
el forro al desamor.

                              Descanso
eventual, sombra en acoso,
la vida pasa, irrumpe
sin el lastre del tiempo en la dehesa
de la villa, va soltándole hilo
a la cometa. Sólo
se quedan los que nunca vuelven.

Serie Personajes célebres en la Dehesa de la Villa:
- Ramón y Cajal y su cigarral de Amaniel
- Antonio de Zulueta un pionero de la genética en la Dehesa de la Villa / La Dehesa, la retama, el escarabajo y el cromosoma
- Ofelia Nieto y Ángeles Ottein, dos sopranos en la Dehesa de la Villa
- Antonio Escobar Burgos, vecino y Amigo de la Dehesa de la Villa
- J. M. Caballero Bonald: un poeta premio Cervantes en la Dehesa de la Villa
- Pablo Guerrero: cantautor y poeta

El Canalillo

21 de noviembre de 2012

Recuerdos de la infancia alrededor del Canalillo. Con fotografías antiguas de José Luis Berzal.

Uno de los temas que teníamos pendientes de abordar era el del Canalillo a su paso por la Dehesa y alrededores, pero no terminábamos de decidir cómo hacerlo. Por un lado, disponíamos de unas fotografías antiguas que José Luis Berzal nos había cedido para el álbum colectivo que sobre la Dehesa y sus barrios estamos elaborando. Pero por otro lado, nos parecía redundante abordar este tema de la forma en que habitualmente lo hacemos; nuestros amigos de Historias Matritenses tienen ya publicado un magnífico artículo sobre la historia del Canalillo de Madrid que, aunque no se centra exclusivamente en el ramal Norte (el que discurría por la Dehesa y sus inmediaciones) proporciona toda la información básica sobre su construcción, recorrido, etc.

Recientemente, uno de nuestros lectores, Manuel Michelena, se puso en contacto con nosotros para ofrecernos una colaboración en forma de relato con los recuerdos de su infancia alrededor del Canalillo. Dicho y hecho, Manuel nos proporcionó un relato entrañable de andanzas y correrías de chavales por el Canalillo allá por los años 50, en el que parecían encajar más que a propósito las fotografías de que disponíamos. El resultado es el artículo que ofrecemos a continuación, en el que, además de contarse cómo era el Canalillo, aparece reflejado uno de los barrios próximos de la Dehesa, el que se situaba en la zona baja de Francos Rodríguez, entre la c/ Pirineos y el actual Paseo de Juan XXIII.

A ambos, Manuel Michelena y José Luis Berzal, les quedamos profundamente agradecidos por su amable colaboración.

Nuestro cuartel general. El Canalillo.
Texto: Manuel Michelena. Fotos: José Luis Berzal. Con permiso a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa para su reproducción; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por los autores.

Desde la Dehesa de la Villa, hasta Reina Victoria, pasando por el puente de Amaniel y el Caño Gordo, era el canalillo nuestro teatro de operaciones. Allí cogíamos varas, de unos árboles que llamábamos mal hueles y jugábamos a espadachines; cuando fuimos creciendo, arrancábamos varas, y saltábamos de un lado al otro del canal utilizándolas como si fueran pértigas.

‘Mal huele’ es uno de los nombres populares que se le da al ailanto. En la imagen, unos chavales que podrían ser perfectamente los protagonistas de nuestro relato, cortan varas de ailanto en la orilla del Canalillo. En la esquina superior izquierda puede verse un trozo del letrero donde se indica que es el ramal del Norte.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pescábamos ranas, a las que luego hacíamos fumar, abriéndoles su gran boca. También era divertido coger culebras que llevábamos al barrio para asustar a las chicas. Había un chico, que le llamábamos Kadul al que admirábamos mucho, que se metía las culebras dentro de la camisa. Todos le mirábamos sorprendidos, y las chicas se preguntaban dónde estaría la culebra, y nuestro buen amigo se la sacaba por debajo de los calzoncillos a la altura de las rodillas. Era un chico un poco desgarbado, alto, moreno, más bien casi negro, poco hablador pero que se había ganado el respeto de nuestra cuadrilla, ya que ninguno de nosotros era capaz de hacer lo que él hacía. Había uno, el Ginés que se metía las ranas, pero eso ya no nos impresionaba tanto. Yo alguna vez lo intenté, para quedar bien con los chicos, pero no era muy agradable. Te entraba un cosquilleo, y arañaba un poco y no paraba de moverse. Lo bueno era meterse tres o cuatro a la vez.

Alguien descubrió un día unos pececillos pequeños y estuvimos inventando artilugios para poder pescarlos, pero no lo conseguimos. A mí me fastidió ese fracaso y una mañana cogí un tenedor de mi casa, un alambre y corté una vara grande del canalillo. Estuve cerca de dos horas intentando ensartar a los pobres bichos, pero no conseguí nada. Se ve que de eso no dependía nuestra supervivencia, porque ahora veo reportajes en la TV y a personajes medio desnudos, pescando con lanzas, aparentemente con facilidad. Bueno realmente mis peces eran bastante pequeños.

Es curioso, que a pesar de que las aguas del canal iban generalmente limpias, y que apenas cubría un metro, casi nunca nos bañábamos. Se ve que eso de lavarse y bañarse no se llevaba mucho en la clase obrera. Nuestro deporte consistía generalmente en saltarnos el canal de una orilla a otra, ya que apenas tenía dos metros de ancho, medida aceptable para nuestra edad.

Dos niños caminan por el borde del Canalillo. Puede apreciarse perfectamente su anchura y profundidad tal como se menciona en el relato. Obsérvese que los niños portan cántaros y una lechera; seguramente irían a por leche a alguna de las varias vaquerías o majadas que había por la zona.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

A propósito de esto, recuerdo una historia que me ha quedado grabada, y que mis amigos han recordado pasado el tiempo con bastante frecuencia. Uno de los juegos de la pandilla era nombrar a un jefe, y hacer todo lo que él hacía. Se llamaba el juego seguir a la madre. Pues bien, se unió a nuestro grupo un chaval del otro barrio, que no era habitual que estuviera con nosotros, y quiso entrar en el juego. Nosotros le dijimos que era muy pequeño y que el juego era difícil jugarlo. Tanto insistió que al final lo admitimos. Hicimos barbaridades por el barrio, y como siempre acabábamos en el canalillo. Nos colamos por las alambradas, que eran de púas, y pasábamos entre medias con todos los cuidados.

Enternecedora imagen de un niño asomándose al Canalillo apoyado en las alambradas.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Nuestro buen Mito, que así se llamaba el chaval, nos fue siguiendo a trancas y barrancas, pero llegó la hora de ir saltando el canalillo siguiendo a la madre, y aquí llegaron las dificultades para nuestro pobre amigo. Falto de facultades no podía superar los dos metros y tomando carrerilla, saltaba y se pegaba con el borde cayendo al agua, así que decidimos después de jalearle todos, que lo cruzara a pie. Al pobre le llegaba el agua por la cintura. Parecía un Cristo, y para más Inri, en medio del juego apareció por una curva el guarda, que nos la tenía jurada. Como pájaros asustados, huimos en desbandada saliendo por las alambradas como pudimos. Detrás un guarda enfurecido, tirándonos piedras, llamándonos cabrones, cagándose en nuestra puta madre y otras lindezas.

Otra vista de la alambrada del Canalillo, en este caso a su paso por la Dehesa de la Villa a la altura del Cerro de los Locos. En la esquina inferior izquierda puede apreciarse el letrero del Canal prohibiendo el paso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Llegamos cada uno a nuestra casa como pudimos y a la hora de comer ya se me había olvidado el incidente, ya que era bastante habitual en nuestro programa de festejos. Estaba comiendo tan tranquilo en mi casa con mi madre y mis hermanos, y escuchamos un alboroto en el jardín, me asomo, y veo en la puerta un montón de chicos y una vieja llevando de la mano al Mito. El espectáculo era jodido. Una vieja chillando, el Mito todo mojado y con los pantalones rotos. Mi madre que se asomó al ver el ruido de la vieja, acostumbrada un poco a las aventuras de su hijo, solo exclamó ¡ene ama! Que siempre decía cuando ocurría en casa alguna cosa fuera de lo corriente.

La verdad, el número era impresionante. Cuando salimos de estampida con el guarda pisándonos los talones el chaval se arrastró hasta las alambreras, y se enganchó los pantalones. Yo no sabía qué hacer, y de repente el Mito, señalándome con el dedo le dijo a su abuela que no dejaba de chillar, ¡Ha zido eze! el pobre ceceaba un poco. Salimos como pudimos del lance. El castigo de mi madre fue varios días sin salir, y desde luego al Mito ya no le volvimos a admitir en nuestra pandilla.

Una pandilla de chavales juega con una carabina de perdigones en las proximidades del Canalillo, en la vaguada que había entre las actuales calles del Almirante Francisco Moreno y del Camino de las Moreras.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Ya he mencionado al guarda, quiero decir que nosotros le dábamos bastante trabajo y el hombre siempre estaba de mala leche. Cuando bajaba a las tiendas del pueblo a por tabaco o a tomarse un chatillo en la taberna del Sr. Fermín desaparecíamos todos de la calle por donde el pasaba, y si quedaba alguno, era blanco de sus miradas amenazantes. Le llamábamos Gazaparullo y se lo gritábamos siempre que estábamos lejos de su alcance y él, como siempre, nos llamaba cabrones e hijos de puta. A unos cuantos nos la tenía jurada, pues ya nos conocía de otras veces… Sin embargo, lo que es la vida, hubo una circunstancia en la que pagamos por nuestro pecados con el guarda. Un día de correrías, fuimos a los viveros, nuestro límite del territorio con el caño Gordo, y estuvimos cogiendo moras y amajuelas, terminando nuestra jornada, entrando al canalillo a la altura del Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, para tranquilamente salir por la puerta que siempre estaba abierta para el paso de los guardas, a la altura del merendero de Casa Gorris.

Evocadora estampa de cómo eran las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a mediados del s. XX.
En la imagen, la c/ Tremp. A la izquierda, entre los árboles y el poste de la luz, puede verse la esquina del alero de una casa que todavía pervive en el número 42. La acera derecha ha desaparecido completamente; nótese en la esquina superior derecha el cartel anunciando Casa Gorris.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

La verdad que íbamos relajados, llenas las manos de moras y amajuelas, cuando de repente encontramos en la puerta un mozarrón fuerte, mal encarado, que tapándonos la salida nos dice, ¡con que Gazaparullo, eh! Nos puso en fila a todos los chavales para que saliéramos y según íbamos atravesando la puerta, nos iba pegando una hostia al tiempo que decía ¡toma gazaparullo! No hubo forma de escapar a ese convite, y allí terminamos todos comulgando, sin haber oído misa, una tarde de Agosto. Al oficiante de la ceremonia le llamaban El Nene y era hijo del guarda. Pasado el tiempo, y ya mas mayorcitos, nos hicimos amigos del guarda y supimos que se llamaba Eugenio y nosotros le ofrecíamos tabaco, y algún que otro chatejo de vino y le gustaba que le llamáramos Sr. Eugenio. Mira que erais perros, nos decía. Yo creo que era el exceso de salud que teníamos, que había que gastarla de alguna forma.

Trasera de la calle Tremp en su límite con el Canalillo, el lugar exacto de la entrada a Casa Gorris donde el relato sitúa el encuentro con el hijo del guarda. A la izquierda, las alambradas y, al fondo, la puerta de acceso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Otra de las aventuras del verano también en el canalillo, era la búsqueda de pelotas que se caían por encima de las tapias de la Piscina Tritón en la calle Valls Ferrera, cuyo límite era el canal, todo lleno de zarzas, arboleda espesa, varas de mal huele, etc. La gente esperaba el final del día para a la salida ir en busca de la pelota que se les había colado. Tarea casi imposible para personas poco acostumbradas a andar por esos matorrales, que nosotros conocíamos como la palma de la mano. También había que saltar las alambradas de espino. Demasiado para unos chicos de ciudad.

El Canalillo en la vaguada que hoy ocupa el parque de Ofelia Nieto. Puede apreciarse la frondosidad que se menciona en el relato. Además, uno de los puentes disponibles para cruzar el Canalillo y, a la derecha, una de las puertas de acceso. Obsérvese igualmente, detrás del árbol, un capirote del viaje de agua de Amaniel.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Un día a la semana, generalmente los lunes, llamábamos a los chicos del otro barrio y juntos emprendíamos la búsqueda de esos tesoros que no estaban al alcance de nosotros. Muchas veces jugábamos al fútbol con pelotas de trapo. Terminada la jornada con dos o tres pelotas de botín, llegaba la hora del reparto. Poníamos una raya en el suelo, y mediamos quince pasos, cogíamos cada uno una piedra lo mas lisa posible (de las que usábamos para jugar al palmo y dao), y la tirábamos por orden intentando conseguir que cayera lo más cerca posible de la raya, y se repartían los trofeos según el orden conseguido. Casi siempre ganábamos los mismos, y los del barrio de arriba estaban mosqueados y se empeñaron en que nos lo jugáramos a los montones, cosa que yo me negaba porque sabía que manejaban las cartas mejor que nosotros, y además sabían hacer trampas.

A propósito de estas discusiones por este negocio, un día el Pichi que era un pandillero del otro barrio empezó a calentarnos a los dos Jefes de Barrio, como ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez simulando un combate de Lucha libre Americana. Por un lado el Ufano, y del otro el Pocholo, este era yo. Empezaron a jalearnos todos los chavales, y ya harto del juego del Pichi, di un paso al frente, sacando pecho y dije ¡aquí hay uno! Cosa curiosa, el Ufano se achantó. Yo tenía las piernas temblando, pero nadie se dio cuenta. No veas como quedé y el respeto que gané en las dos bandas. Pasado el tiempo, siempre le he pedido a la vida que no me pusiera en situaciones violentas, y gracias a Dios, tengo ya 73 años y nunca las he tenido de importancia.

Terminados los juegos, los niños vuelven a sus casas por el borde del Canalillo.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Hace poco pedí a uno de mis hijos que me acercara a mi teatro de operaciones, el Canalillo de mis 12 años, ya que ahora vivo fuera de Madrid. Bloques de apartamentos, carreteras, jardines, calles asfaltadas, no pude reconocer ningún paisaje amigo. Algo se rompió dentro de mí. Mi Canalillo, aquel amigo que estuvo presente en mi historia infantil había desaparecido, se me había ocultado. Mi casa era un terraplén. Paseé por las calles y no pude saludar a nadie. Me dieron ganas de llamar a las puertas de las casas para gritarles ¡Soy el Pocholo! ¿No os acordáis de mí?

Imagen de un tiempo y un escenario perdidos. Prácticamente irreconocible, se trata de la vaguada a continuación de la Avenida Pablo Iglesias, entre las calles Almirante Francisco Moreno y Camino de las Moreras. Por entre la arboleda, discurría el Canalillo. Al fondo se distingue la cúpula de las antiguas escuelas del Ave María de la c/ María Auxiliadora; a la izquierda, las casas de las calles Valle de Arán, Tremp, Pirineos (puede verse el torreón de la tristemente desaparecida Quinta El Mirador)... Enteramente, parece que fuera un pueblo, tal como se menciona en el relato.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pobre Canalillo, también tú sentirás nostalgia de los tiempos pasados. Si tuvieras alma seguro que te acordarías de nosotros que siempre tuvimos un rincón para ti muy importante en nuestro corazón. Siempre te quisimos. Al despedirme de mi barrio y de ti he derramado alguna lágrima, posiblemente todavía queda en mi cuerpo de hombre resto de tus aguas. Me hubiera gustado que fuera rodando hasta tu viejo caudal conocido. ¿Acaso me estoy volviendo loco con estos pensamientos? Es posible.

Algunos de los vestigios del Canalillo en la actualidad.
Arriba, a la izquierda, ría en el parque de Ofelia Nieto; a la derecha, el Canalillo en el cruce con la antigua carretera de la Dehesa.
Debajo, a la izquierda, casas del Canal detrás del Colegio de Huérfanos Ferroviarios; a la derecha, uno de los postes de la antigua alambrada en el paseo del Canalillo en plena Dehesa de la Villa.
(Fotos: A. Morato, 2010)


Este artículo ha sido seleccionado para su publicación en el número 13 de la revista digital La Gatera de la Villa.

Recuerdos de La Ciudad de los Poetas (Saconia)

21 de octubre de 2012

Sobre el barrio Ciudad de los Poetas, también conocido como Saconia, visto por dos vecinas. Con fotografías antiguas de cuando no había más que huertas y campos de labor...

El barrio de La Ciudad de los Poetas es uno de los últimos grandes barrios que se construyeron en los alrededores de la Dehesa de la Villa allá por los años 60-80 del pasado siglo. Cierto es que ha habido actuaciones urbanísticas posteriores, pero la Ciudad de los Poetas – Saconia fue, probablemente, la última barriada completa trazada en las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a finales del s. XX, tras la colonia de la Policía, San Nicolás, Barrio del Pilar, Valdezarza...

Con el tiempo, es nuestra intención dedicar al barrio un artículo monográfico de investigación sobre su historia, así como a la de los otros que circundan la Dehesa. Para “ir abriendo boca”, traemos hoy los recuerdos de dos personas del barrio. El primero de ellos es de Laly, vecina de las de toda la vida, y lo publicó en la desaparecida revista vecinal “Dehesa de la Villa”, allá por marzo de 1997. El segundo, más reciente, es un extracto del pregón que Mª Carmen Caballero Ledesma, ex-directora del colegio Lepanto, pronunció en la pasada edición de las fiestas de la Dehesa de la Villa 2012. Entre los dos, nos ofrecen un recorrido histórico-nostálgico del barrio y de uno de los centros donde se han educado varias generaciones de vecinos, el Colegio Lepanto. Las fotografías que los acompañan, excepto la de la familia de Laly, han sido recopiladas por la Asociación de Amigos de la Dehesa.

Agradecemos a Laly y Mary Carmen la autorización para publicar sus escritos y esperamos que cunda su ejemplo, de forma que otros vecinos se animen a contar sus vivencias, recuerdos y testimonios sobre lo que fueron estos barrios.

Historia del barrio.
Laly.
Publicado en  junio-1997 en Dehesa de la Villa, revista desaparecida. Reproducido con permiso de la autora.

La familia de Laly en la era, en 1962.
En aquella época, todavía se sembraba
trigo, alfalfa y cebada en los campos que
había en lo que hoy es la Ciudad de los
Poetas. Los por entonces chavales
todavía recuerdan que participaban en
la trilla en algunas de las eras que había
en la zona.
(Foto: cedida por Laly;
Revista Dehesa de la Villa)
Permítanme transmitir algunos recuerdos que me vienen a la cabeza evocando los tiempos de mi infancia, vividos en el entorno de nuestro barrio, Ciudad de los Poetas.

En esta zona, entonces declarada “zona verde” crecieron viviendas, algunas muy humildes, fruto de la gran ola migratoria de los años 50. Se conformaron entonces barrios como Peña Chica, Peña Grande, Belmonte... Las casas eran levantadas y techadas en una sola noche de manera furtiva e ilegal; no era posible de otra manera, aunque sus terrenos eran comprados a un precio muy considerable, existía una gran especulación con el suelo que había que aceptar por necesidad. Al día siguiente de la construcción tenía lugar el “chantaje institucional”, el desalojo de la vivienda para luego proceder a su derribo o a la detención del responsable y la imposición de la multa reglamentaria, éste era su precio. A partir de ese momento, las viviendas se iban mejorando poco a poco con muchísimo sacrificio.

Afortunadamente sí había trabajo entonces; la ciudad vivía un gran momento de desarrollo, con la ampliación de las vías de comunicación, pavimentación de calles, adoquinado... Obras y nuevas construcciones que reclamaban mano de obra inmediata.

Precisamente en aquellos años –nací en 1956- se estaban ampliando varias líneas de tranvías y mi padre empezó trabajando, gracias a la recomendación de un paisano, en la implantación de raíles para tranvías. Enseguida promocionó y se convirtió en tranviario, conductor de tranvía, que entonces era un medio de transporte importantísimo para comunicar Madrid con sus barrios y arrabales. Los coches eran tan escasos que no recuerdo que ninguno de nuestros vecinos lo tuviera. Mi padre conducía el tranvía de la línea 3, Cuatro Caminos – Peña Grande.

(Foto: autor desconocido, hacia 1952; A. Rojo Gutiérrez, archivo fotográfico CM)

Venía por donde ahora lo hace el autobús 127, sólo que el final de la línea lo tenía en Ricote, glorieta que recibía su nombre de un bar; además había otros, pero lo que más recuerdo de esa glorieta es el quiosco de la señora María, que nos despachaba en cucuruchos de papel de estraza unas gallinejas y chicharrones buenísimos, imprimiendo un olor muy característico a toda la glorieta. Había otros quioscos de golosinas en el barrio, como el del señor Pablo, junto al arroyo, y el de la señora Inés, cerca del colegio de la Fuente, según íbamos al ambulatorio... Con la “perra gorda” aún podíamos entonces comprar algo; con dos reales hasta un bollito de hojaldre; y con una peseta ya podíamos incluso elegir entre varias especialidades.

Teníamos pocas tiendas en el barrio. Mi madre solía ir a comprar al mercado de Maravillas, todo un escaparate de mercancías que tenía entonces, como hoy, una intensa actividad. A la puerta del mercado, una graciosa mona vestida con todo lujo de detalles hacía las delicias de los transeúntes solucionando así, a buen seguro, el sustento de la familia que orgullosamente la exhibía.

El “Canalillo”.
En nuestra casa no teníamos agua corriente; y nuestros vecinos, tampoco. La palangana y un gran barreño de zinc eran elementos de higiene. Mis hermanos, mayores que yo, eran los encargados de ir a buscar diariamente el agua a la fuente, la que estaba al lado del quiosco del señor Pablo, a una distancia considerable.

Mi madre hacía la colada en una pileta que había más abajo de la que hoy es la calle Artajona y, confluyendo aproximadamente con la actual salida del túnel de Sinesio Delgado, pasaba por allí el “Canalillo”, una gran tubería de cemento al exterior que atravesaba la Dehesa de la Villa y discurría exactamente por el paseo que hoy nos lleva hasta el circuito y sobre donde circulábamos cómodamente.

Dos vistas del Canalillo en los años 70 detrás del CHF, antes de adentrarse en la Dehesa de la Villa. A la derecha, completamente cubierto, con forma de tubería; a la izquierda, con parte del cauce al descubierto.
(Fotos: cedidas por Pablo Escobar; Archivo Amigos de la Dehesa)

La pileta era de granito y sobre ella vertía un gran chorro de agua. Recuerdo muy entrañablemente este lugar porque gracias al “Canalillo” todo nuestro barrio –el que hoy conocemos como Ciudad de los Poetas- era un vergel de huertas muy fértiles con higueras, tomates, lechugas... de una magnífica calidad –hay que tener en cuenta que las aguas que lo regaban procedían del río Lozoya-. Pues bien, ese lugar que señalo lo aprovechaban las mujeres para lavar la ropa, que luego tendían al sol sujetando unas cuerdas a las higueras. Al lado había un pilón, propiedad de los huertanos, que siempre estaba lleno. Los chicos, burlando cualquier derecho de propiedad, lo utilizaban -cuando el tiempo y la vigilancia lo permitían- como un lugar donde refrescarse dándose un chapuzón.

Recuerdo acompañar a mi madre cuando iba a lavar al “Canalillo”. Era como un día de excursión: a media mañana me daba un trozo de pan con longaniza casera enviada por mis abuelos de su matanza y que ella conservaba metida en aceite, y que, acompañada por el sonido del chorro sobre la pila de granito y el aroma de las higueras, me sabía a gloria, si es que tan etérea sensación pudiera ponerle algún sabor. A veces me abría un tomate cogido allí mismo de la mata y que el amable huertano nos ofrecía a cambio de conversación.

Había muy pocas casas en esta zona de huertas, en las que vivían los que cuidaban de ellas y que no siempre eran sus dueños.

Huertas y campos de labor en los terrenos que luego serían la Ciudad de los Poetas
(Foto: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Revista Código 35)

El cuartelillo y el tranvía.
Cerca también del “Canalillo” estaba el “cuartelillo” de la Guardia Civil. Allí paraba el tranvía y estaba situado aproximadamente en el espacio que hoy ocupa el Polideportivo “Ciudad de los Poetas”, si bien estaba orientado al sur. Tenía un patio en el que jugaban los hijos de los guardias, por lo cual no solían frecuentar la compañía de los demás chicos del barrio; tampoco recuerdo ir al colegio con ninguno de ellos.

Entrañable imagen de las casas que había enfrente del cuartelillo de la Guardia Civil en lo que hoy es la calle Antonio Machado.
(Foto: años 50 - 60, cedida por Rosa María Moreno; Archivo Amigos de la Dehesa)

Desde el “cuartelillo” y una vez enfilada la cuesta que hoy es la calle de Antonio Machado, el tranvía se embalaba hacia la siguiente parada, la de la Maternidad –hoy instituto “Isaac Newton”- que era la nuestra.

Había allí una casa, “la casa del lorito” que nos ofrecía un recibimiento muy especial, con un simpático y parlanchín loro que nos saludaba al apearnos. Claro que, a veces, la curva anterior suponía el final del trayecto, pues al conductor no le daba tiempo a frenar y se producía un descarrilamiento, todo un suceso para los chiquillos del barrio. Mi madre nos mandaba ir corriendo por si había sido mi padre o si hubiese algún accidentado. No solía dar lugar a que se produjesen heridos de consideración, pero el solo hecho de la evacuación de los viajeros y el posterior encarrilamiento del tranvía constituía todo un entretenimiento.

Aquellos tranvías eran preciosos, con los asientos de madera, al igual que los suelos. Su conductor llevaba gorra de plato, con una insignia grande en el frente que componía el número del empleado. Mi padre era el 4224, capicúa. A él le gustaba mucho tal número, porque decía que le daba suerte...

Ocurrían otros accidentes, a veces muy peligrosos. Los chicos, a modo de travesura, solían colgarse en el trole del tranvía y pocos de ellos se libraban de importantes caídas, algunas de las cuales les han dejado secuelas.

Dos vistas del tranvía en los años 60 a su paso por lo que hoy es Antonio Machado.
(Fotos: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Juanjo, Urbanity)

La Maternidad.
Mi casa estaba muy próxima a la Maternidad. La conformaban unos edificios soberbios si los comparábamos con los del entorno. Sus jardines estaban muy bien cuidados y el interior tenía unos pasillos muy grandes y adornados, también con bonitas plantas. Yo entré en algunas ocasiones porque mi vecina Mari se había metido a monja y estaba allí. Y a veces, cuando su madre iba a verla, yo la acompañaba. Mi hermano fue monaguillo y ayudaba en la celebración de la misa de los domingos.

En primavera solíamos hacer alguna excursión a la Dehesa de la Villa. Íbamos andando, atravesando las huertas, llevando nuestro bocadillo y unas botellas pequeñas de gaseosa que para ese día excepcionalmente nos compraban. La Dehesa de la Villa es lo que menos ha cambiado de nuestro entorno. Entonces no necesitaba unos cuidados especiales, era más natural porque no sufría deterioros tan importantes como los actuales. A mí me parecía un bosque de pinos enorme. Desde luego era más extensa de lo que es ahora ya que desde entonces ha sufrido varias mermas y sus amenazas siguen siendo constantes.

Un día oí a alguien comentar: “¡Ya ha vendido la huerta la Carola. Creo que la van a dar seis millones de pesetas!”. Aquella era una cantidad desorbitante para entonces, los años 60. En la huerta de la señora se edificaron más tarde buen número de nuestros bloques, los situados entre las calles de Valderrodrigo y Juán Andrés, la primera fase de la Ciudad de los Poetas. Antes ya había comenzado la construcción de otros nuevos barrios: El Pilar, Valdezarza... y desde nuestras casas, donde antes sólo veíamos huertas y campos sembrados de trigo y alfalfa cerca del arroyo por donde pasaba el tranvía, el horizonte comenzó a llenarse de amenazantes grúas.

Los vecinos empezamos a disgregarnos, pero muchos seguimos viviendo en la zona y cuando paseamos por sus calles, aún nos vienen a la memoria todos estos recuerdos.

Terrenos de huertas y campos de labor sobre los que posteriormente se levantaría la Ciudad de los Poetas – Saconia.
(Fotos: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Juanjo, Urbanity)

La Ciudad de los Poetas y el Colegio Lepanto.
Mª Carmen Caballero Ledesma.
Extracto del pregón pronunciado en las fiestas de la Dehesa de la Villa, junio-2012. Reproducido con permiso de la autora.

La Dehesa de la Villa es mucho más que un espacio natural, es un espacio para la convivencia. Un lugar de encuentro de vecinos, paseantes y amantes de la naturaleza que saben valorar lo que este rincón tan especial de Madrid, ofrece. Su situación elevada, expuesta al oeste, su luz, sus vistas y sus atardeceres, hacen de éste un paraje único. Y, aunque hoy la Dehesa ha quedado reducida a 70 has. de las 900 que ocupaba, y ha sido engullida por la ciudad, sigue manteniendo pinceladas de campo en plena urbe que le dan un toque de originalidad y excepcionalidad entre los demás espacios verdes de la capital.

Como muchos de vosotros llegué a este barrio de Valdezarza, concretamente al conocido como de Saconia, a mitad de los años 70. En realidad, su verdadero nombre es: “Conjunto Residencial Ciudad de los Poetas” cuyos trabajos de planificación y proyecto habían comenzado ya a finales de los años 60 y, según indica Norberto Spagnuolo en un estudio realizado sobre el citado barrio, sus promotores pretendían un lugar que potenciara las virtudes de la convivencia y el quehacer cotidiano y en común de sus futuros habitantes. Esas ideas urbanísticas y su plasmación arquitectónica merecieron entonces el elogio generalizado de la crítica especializada tanto nacional como internacional y fue presentado en el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos de Buenos Aires en 1970 como una de las mejores soluciones integrales de vivienda social.

Por aquel entonces, el barrio se beneficiaba de una demanda continua y recibía nuevos y jóvenes habitantes cargados de los emergentes valores cívicos y sociales. Era un barrio extraordinariamente dinámico, donde continuamente se celebraban asambleas, debates, exposiciones, mesas redondas y todo tipo de actos culturales a los que tan aficionados eran los jóvenes universitarios de la época, población mayoritaria en un enclave que llegaron a apodar como Rojonia. Muchos de nuestros vecinos han ocupado y ocupan altísimos cargos en el gobierno de la Nación y de Europa. Y, aunque en estos momentos los políticos no son un valor en alza, no tenemos que olvidar que la Política en sí, con mayúsculas, es la vida misma con todas sus cuitas y sus anhelos. También paseó por nuestras calles el poeta Blas de Otero autor de “Basta” o “Hija de Yago”.

En ese contexto llegó, en septiembre del 83, mi nombramiento como profesora del Colegio Lepanto, sito en el corazón del barrio, y dos años después asumí la dirección del Centro. Desde entonces, y a lo largo de este dilatadísimo espacio de tiempo, cientos de familias han optado por poner en nuestras manos para su cuidado y formación sus más preciados tesoros: sus hijos.

Mª Carmen Caballero con algunos de los alumnos que ganaron el primer premio del concurso de dibujos de Navidad.
(Foto: A. Ferrero, 1996)

Fiestas de Carnaval en el patio de deportes. Detrás, las gradas que se construyeron en los años 80; antes, había una pendiente de arena: más de uno recordará haber roto los pantalones deslizándose por ella.
(Foto: A. Ferrero, 1992)

Y nosotros, muy conscientes del valor que representaba esa opción y la responsabilidad que entrañaba nuestra labor, nos pusimos, desde el primer momento, a la tarea de no defraudar, de dar lo mejor de nosotros mismos para que esos niños, hoy hombre y mujeres, muchos de ellos, se desarrollasen en un entorno favorable de trabajo, respeto y amor. Y, cuando digo “nosotros” no estoy utilizando el plural mayestático sino que me estoy refiriendo al equipo de personas que, a lo largo de los años me han ido acompañado y que han hecho que el Colegio Lepanto fuese un espacio de convivencia excepcional, donde el trabajo, el esfuerzo, el respeto y la transmisión de valores constituyesen unas señas de identidad que hicieron del centro un lugar de referencia y un sitio idóneo para el crecimiento personal de cuantos allí estudiaban o trabajábamos.

Uno de los patios de receo del Colegio Lepanto; todavía se conserva de arena.
A la derecha, en el soportal, debajo de las aulas, pueden verse las típicas vigas del colegio con huecos en forma de hexágono que sirvieron a más de una generación de alumnos como canastas improvisadas.
(Foto: página web del Colegio Lepanto en EducaMadrid.org)

Vista de otro de los patios de receo, uno de los que se hormigonaron en los años 80 para la práctica deportiva. Los soportales de la planta baja, anteriormente abiertos, aparecen ya cerrados y habilitados para actividades diversas.
(Foto: página web del Colegio Lepanto en EducaMadrid.org)

Y como la familia y el medio no son exógenos al sistema educativo sino que son agentes relevantes involucrados en el sistema y la cultura escolar, nos aproximamos a las familias y fomentamos los encuentros para que nos conociésemos y les conociésemos, para que confiasen y confiásemos. Y así, profesores y padres, consolidamos un conjunto de voluntades dispuestas a construir un entorno mejor y una relación más estrecha y próxima que nos enriqueciese a todos y que hiciese mucho más fructífera nuestra labor.

Y compartimos logros y frustraciones.

Y coincidimos en sueños y esperanzas.

Y renovamos utopías año tras año.

Y esa relación especial y entrañable permanecerá en el tiempo inalterable porque los lazos que nos unían, nos siguen uniendo y así será mientras permanezcan los recuerdos en nuestra memoria y los sentimientos en nuestro corazón.