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Recuerdos de La Ciudad de los Poetas (Saconia)

21 de octubre de 2012

Sobre el barrio Ciudad de los Poetas, también conocido como Saconia, visto por dos vecinas. Con fotografías antiguas de cuando no había más que huertas y campos de labor...

El barrio de La Ciudad de los Poetas es uno de los últimos grandes barrios que se construyeron en los alrededores de la Dehesa de la Villa allá por los años 60-80 del pasado siglo. Cierto es que ha habido actuaciones urbanísticas posteriores, pero la Ciudad de los Poetas – Saconia fue, probablemente, la última barriada completa trazada en las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a finales del s. XX, tras la colonia de la Policía, San Nicolás, Barrio del Pilar, Valdezarza...

Con el tiempo, es nuestra intención dedicar al barrio un artículo monográfico de investigación sobre su historia, así como a la de los otros que circundan la Dehesa. Para “ir abriendo boca”, traemos hoy los recuerdos de dos personas del barrio. El primero de ellos es de Laly, vecina de las de toda la vida, y lo publicó en la desaparecida revista vecinal “Dehesa de la Villa”, allá por marzo de 1997. El segundo, más reciente, es un extracto del pregón que Mª Carmen Caballero Ledesma, ex-directora del colegio Lepanto, pronunció en la pasada edición de las fiestas de la Dehesa de la Villa 2012. Entre los dos, nos ofrecen un recorrido histórico-nostálgico del barrio y de uno de los centros donde se han educado varias generaciones de vecinos, el Colegio Lepanto. Las fotografías que los acompañan, excepto la de la familia de Laly, han sido recopiladas por la Asociación de Amigos de la Dehesa.

Agradecemos a Laly y Mary Carmen la autorización para publicar sus escritos y esperamos que cunda su ejemplo, de forma que otros vecinos se animen a contar sus vivencias, recuerdos y testimonios sobre lo que fueron estos barrios.

Historia del barrio.
Laly.
Publicado en  junio-1997 en Dehesa de la Villa, revista desaparecida. Reproducido con permiso de la autora.

La familia de Laly en la era, en 1962.
En aquella época, todavía se sembraba
trigo, alfalfa y cebada en los campos que
había en lo que hoy es la Ciudad de los
Poetas. Los por entonces chavales
todavía recuerdan que participaban en
la trilla en algunas de las eras que había
en la zona.
(Foto: cedida por Laly;
Revista Dehesa de la Villa)
Permítanme transmitir algunos recuerdos que me vienen a la cabeza evocando los tiempos de mi infancia, vividos en el entorno de nuestro barrio, Ciudad de los Poetas.

En esta zona, entonces declarada “zona verde” crecieron viviendas, algunas muy humildes, fruto de la gran ola migratoria de los años 50. Se conformaron entonces barrios como Peña Chica, Peña Grande, Belmonte... Las casas eran levantadas y techadas en una sola noche de manera furtiva e ilegal; no era posible de otra manera, aunque sus terrenos eran comprados a un precio muy considerable, existía una gran especulación con el suelo que había que aceptar por necesidad. Al día siguiente de la construcción tenía lugar el “chantaje institucional”, el desalojo de la vivienda para luego proceder a su derribo o a la detención del responsable y la imposición de la multa reglamentaria, éste era su precio. A partir de ese momento, las viviendas se iban mejorando poco a poco con muchísimo sacrificio.

Afortunadamente sí había trabajo entonces; la ciudad vivía un gran momento de desarrollo, con la ampliación de las vías de comunicación, pavimentación de calles, adoquinado... Obras y nuevas construcciones que reclamaban mano de obra inmediata.

Precisamente en aquellos años –nací en 1956- se estaban ampliando varias líneas de tranvías y mi padre empezó trabajando, gracias a la recomendación de un paisano, en la implantación de raíles para tranvías. Enseguida promocionó y se convirtió en tranviario, conductor de tranvía, que entonces era un medio de transporte importantísimo para comunicar Madrid con sus barrios y arrabales. Los coches eran tan escasos que no recuerdo que ninguno de nuestros vecinos lo tuviera. Mi padre conducía el tranvía de la línea 3, Cuatro Caminos – Peña Grande.

(Foto: autor desconocido, hacia 1952; A. Rojo Gutiérrez, archivo fotográfico CM)

Venía por donde ahora lo hace el autobús 127, sólo que el final de la línea lo tenía en Ricote, glorieta que recibía su nombre de un bar; además había otros, pero lo que más recuerdo de esa glorieta es el quiosco de la señora María, que nos despachaba en cucuruchos de papel de estraza unas gallinejas y chicharrones buenísimos, imprimiendo un olor muy característico a toda la glorieta. Había otros quioscos de golosinas en el barrio, como el del señor Pablo, junto al arroyo, y el de la señora Inés, cerca del colegio de la Fuente, según íbamos al ambulatorio... Con la “perra gorda” aún podíamos entonces comprar algo; con dos reales hasta un bollito de hojaldre; y con una peseta ya podíamos incluso elegir entre varias especialidades.

Teníamos pocas tiendas en el barrio. Mi madre solía ir a comprar al mercado de Maravillas, todo un escaparate de mercancías que tenía entonces, como hoy, una intensa actividad. A la puerta del mercado, una graciosa mona vestida con todo lujo de detalles hacía las delicias de los transeúntes solucionando así, a buen seguro, el sustento de la familia que orgullosamente la exhibía.

El “Canalillo”.
En nuestra casa no teníamos agua corriente; y nuestros vecinos, tampoco. La palangana y un gran barreño de zinc eran elementos de higiene. Mis hermanos, mayores que yo, eran los encargados de ir a buscar diariamente el agua a la fuente, la que estaba al lado del quiosco del señor Pablo, a una distancia considerable.

Mi madre hacía la colada en una pileta que había más abajo de la que hoy es la calle Artajona y, confluyendo aproximadamente con la actual salida del túnel de Sinesio Delgado, pasaba por allí el “Canalillo”, una gran tubería de cemento al exterior que atravesaba la Dehesa de la Villa y discurría exactamente por el paseo que hoy nos lleva hasta el circuito y sobre donde circulábamos cómodamente.

Dos vistas del Canalillo en los años 70 detrás del CHF, antes de adentrarse en la Dehesa de la Villa. A la derecha, completamente cubierto, con forma de tubería; a la izquierda, con parte del cauce al descubierto.
(Fotos: cedidas por Pablo Escobar; Archivo Amigos de la Dehesa)

La pileta era de granito y sobre ella vertía un gran chorro de agua. Recuerdo muy entrañablemente este lugar porque gracias al “Canalillo” todo nuestro barrio –el que hoy conocemos como Ciudad de los Poetas- era un vergel de huertas muy fértiles con higueras, tomates, lechugas... de una magnífica calidad –hay que tener en cuenta que las aguas que lo regaban procedían del río Lozoya-. Pues bien, ese lugar que señalo lo aprovechaban las mujeres para lavar la ropa, que luego tendían al sol sujetando unas cuerdas a las higueras. Al lado había un pilón, propiedad de los huertanos, que siempre estaba lleno. Los chicos, burlando cualquier derecho de propiedad, lo utilizaban -cuando el tiempo y la vigilancia lo permitían- como un lugar donde refrescarse dándose un chapuzón.

Recuerdo acompañar a mi madre cuando iba a lavar al “Canalillo”. Era como un día de excursión: a media mañana me daba un trozo de pan con longaniza casera enviada por mis abuelos de su matanza y que ella conservaba metida en aceite, y que, acompañada por el sonido del chorro sobre la pila de granito y el aroma de las higueras, me sabía a gloria, si es que tan etérea sensación pudiera ponerle algún sabor. A veces me abría un tomate cogido allí mismo de la mata y que el amable huertano nos ofrecía a cambio de conversación.

Había muy pocas casas en esta zona de huertas, en las que vivían los que cuidaban de ellas y que no siempre eran sus dueños.

Huertas y campos de labor en los terrenos que luego serían la Ciudad de los Poetas
(Foto: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Revista Código 35)

El cuartelillo y el tranvía.
Cerca también del “Canalillo” estaba el “cuartelillo” de la Guardia Civil. Allí paraba el tranvía y estaba situado aproximadamente en el espacio que hoy ocupa el Polideportivo “Ciudad de los Poetas”, si bien estaba orientado al sur. Tenía un patio en el que jugaban los hijos de los guardias, por lo cual no solían frecuentar la compañía de los demás chicos del barrio; tampoco recuerdo ir al colegio con ninguno de ellos.

Entrañable imagen de las casas que había enfrente del cuartelillo de la Guardia Civil en lo que hoy es la calle Antonio Machado.
(Foto: años 50 - 60, cedida por Rosa María Moreno; Archivo Amigos de la Dehesa)

Desde el “cuartelillo” y una vez enfilada la cuesta que hoy es la calle de Antonio Machado, el tranvía se embalaba hacia la siguiente parada, la de la Maternidad –hoy instituto “Isaac Newton”- que era la nuestra.

Había allí una casa, “la casa del lorito” que nos ofrecía un recibimiento muy especial, con un simpático y parlanchín loro que nos saludaba al apearnos. Claro que, a veces, la curva anterior suponía el final del trayecto, pues al conductor no le daba tiempo a frenar y se producía un descarrilamiento, todo un suceso para los chiquillos del barrio. Mi madre nos mandaba ir corriendo por si había sido mi padre o si hubiese algún accidentado. No solía dar lugar a que se produjesen heridos de consideración, pero el solo hecho de la evacuación de los viajeros y el posterior encarrilamiento del tranvía constituía todo un entretenimiento.

Aquellos tranvías eran preciosos, con los asientos de madera, al igual que los suelos. Su conductor llevaba gorra de plato, con una insignia grande en el frente que componía el número del empleado. Mi padre era el 4224, capicúa. A él le gustaba mucho tal número, porque decía que le daba suerte...

Ocurrían otros accidentes, a veces muy peligrosos. Los chicos, a modo de travesura, solían colgarse en el trole del tranvía y pocos de ellos se libraban de importantes caídas, algunas de las cuales les han dejado secuelas.

Dos vistas del tranvía en los años 60 a su paso por lo que hoy es Antonio Machado.
(Fotos: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Juanjo, Urbanity)

La Maternidad.
Mi casa estaba muy próxima a la Maternidad. La conformaban unos edificios soberbios si los comparábamos con los del entorno. Sus jardines estaban muy bien cuidados y el interior tenía unos pasillos muy grandes y adornados, también con bonitas plantas. Yo entré en algunas ocasiones porque mi vecina Mari se había metido a monja y estaba allí. Y a veces, cuando su madre iba a verla, yo la acompañaba. Mi hermano fue monaguillo y ayudaba en la celebración de la misa de los domingos.

En primavera solíamos hacer alguna excursión a la Dehesa de la Villa. Íbamos andando, atravesando las huertas, llevando nuestro bocadillo y unas botellas pequeñas de gaseosa que para ese día excepcionalmente nos compraban. La Dehesa de la Villa es lo que menos ha cambiado de nuestro entorno. Entonces no necesitaba unos cuidados especiales, era más natural porque no sufría deterioros tan importantes como los actuales. A mí me parecía un bosque de pinos enorme. Desde luego era más extensa de lo que es ahora ya que desde entonces ha sufrido varias mermas y sus amenazas siguen siendo constantes.

Un día oí a alguien comentar: “¡Ya ha vendido la huerta la Carola. Creo que la van a dar seis millones de pesetas!”. Aquella era una cantidad desorbitante para entonces, los años 60. En la huerta de la señora se edificaron más tarde buen número de nuestros bloques, los situados entre las calles de Valderrodrigo y Juán Andrés, la primera fase de la Ciudad de los Poetas. Antes ya había comenzado la construcción de otros nuevos barrios: El Pilar, Valdezarza... y desde nuestras casas, donde antes sólo veíamos huertas y campos sembrados de trigo y alfalfa cerca del arroyo por donde pasaba el tranvía, el horizonte comenzó a llenarse de amenazantes grúas.

Los vecinos empezamos a disgregarnos, pero muchos seguimos viviendo en la zona y cuando paseamos por sus calles, aún nos vienen a la memoria todos estos recuerdos.

Terrenos de huertas y campos de labor sobre los que posteriormente se levantaría la Ciudad de los Poetas – Saconia.
(Fotos: autor desconocido, entre 1960 – 1970; Juanjo, Urbanity)

La Ciudad de los Poetas y el Colegio Lepanto.
Mª Carmen Caballero Ledesma.
Extracto del pregón pronunciado en las fiestas de la Dehesa de la Villa, junio-2012. Reproducido con permiso de la autora.

La Dehesa de la Villa es mucho más que un espacio natural, es un espacio para la convivencia. Un lugar de encuentro de vecinos, paseantes y amantes de la naturaleza que saben valorar lo que este rincón tan especial de Madrid, ofrece. Su situación elevada, expuesta al oeste, su luz, sus vistas y sus atardeceres, hacen de éste un paraje único. Y, aunque hoy la Dehesa ha quedado reducida a 70 has. de las 900 que ocupaba, y ha sido engullida por la ciudad, sigue manteniendo pinceladas de campo en plena urbe que le dan un toque de originalidad y excepcionalidad entre los demás espacios verdes de la capital.

Como muchos de vosotros llegué a este barrio de Valdezarza, concretamente al conocido como de Saconia, a mitad de los años 70. En realidad, su verdadero nombre es: “Conjunto Residencial Ciudad de los Poetas” cuyos trabajos de planificación y proyecto habían comenzado ya a finales de los años 60 y, según indica Norberto Spagnuolo en un estudio realizado sobre el citado barrio, sus promotores pretendían un lugar que potenciara las virtudes de la convivencia y el quehacer cotidiano y en común de sus futuros habitantes. Esas ideas urbanísticas y su plasmación arquitectónica merecieron entonces el elogio generalizado de la crítica especializada tanto nacional como internacional y fue presentado en el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos de Buenos Aires en 1970 como una de las mejores soluciones integrales de vivienda social.

Por aquel entonces, el barrio se beneficiaba de una demanda continua y recibía nuevos y jóvenes habitantes cargados de los emergentes valores cívicos y sociales. Era un barrio extraordinariamente dinámico, donde continuamente se celebraban asambleas, debates, exposiciones, mesas redondas y todo tipo de actos culturales a los que tan aficionados eran los jóvenes universitarios de la época, población mayoritaria en un enclave que llegaron a apodar como Rojonia. Muchos de nuestros vecinos han ocupado y ocupan altísimos cargos en el gobierno de la Nación y de Europa. Y, aunque en estos momentos los políticos no son un valor en alza, no tenemos que olvidar que la Política en sí, con mayúsculas, es la vida misma con todas sus cuitas y sus anhelos. También paseó por nuestras calles el poeta Blas de Otero autor de “Basta” o “Hija de Yago”.

En ese contexto llegó, en septiembre del 83, mi nombramiento como profesora del Colegio Lepanto, sito en el corazón del barrio, y dos años después asumí la dirección del Centro. Desde entonces, y a lo largo de este dilatadísimo espacio de tiempo, cientos de familias han optado por poner en nuestras manos para su cuidado y formación sus más preciados tesoros: sus hijos.

Mª Carmen Caballero con algunos de los alumnos que ganaron el primer premio del concurso de dibujos de Navidad.
(Foto: A. Ferrero, 1996)

Fiestas de Carnaval en el patio de deportes. Detrás, las gradas que se construyeron en los años 80; antes, había una pendiente de arena: más de uno recordará haber roto los pantalones deslizándose por ella.
(Foto: A. Ferrero, 1992)

Y nosotros, muy conscientes del valor que representaba esa opción y la responsabilidad que entrañaba nuestra labor, nos pusimos, desde el primer momento, a la tarea de no defraudar, de dar lo mejor de nosotros mismos para que esos niños, hoy hombre y mujeres, muchos de ellos, se desarrollasen en un entorno favorable de trabajo, respeto y amor. Y, cuando digo “nosotros” no estoy utilizando el plural mayestático sino que me estoy refiriendo al equipo de personas que, a lo largo de los años me han ido acompañado y que han hecho que el Colegio Lepanto fuese un espacio de convivencia excepcional, donde el trabajo, el esfuerzo, el respeto y la transmisión de valores constituyesen unas señas de identidad que hicieron del centro un lugar de referencia y un sitio idóneo para el crecimiento personal de cuantos allí estudiaban o trabajábamos.

Uno de los patios de receo del Colegio Lepanto; todavía se conserva de arena.
A la derecha, en el soportal, debajo de las aulas, pueden verse las típicas vigas del colegio con huecos en forma de hexágono que sirvieron a más de una generación de alumnos como canastas improvisadas.
(Foto: página web del Colegio Lepanto en EducaMadrid.org)

Vista de otro de los patios de receo, uno de los que se hormigonaron en los años 80 para la práctica deportiva. Los soportales de la planta baja, anteriormente abiertos, aparecen ya cerrados y habilitados para actividades diversas.
(Foto: página web del Colegio Lepanto en EducaMadrid.org)

Y como la familia y el medio no son exógenos al sistema educativo sino que son agentes relevantes involucrados en el sistema y la cultura escolar, nos aproximamos a las familias y fomentamos los encuentros para que nos conociésemos y les conociésemos, para que confiasen y confiásemos. Y así, profesores y padres, consolidamos un conjunto de voluntades dispuestas a construir un entorno mejor y una relación más estrecha y próxima que nos enriqueciese a todos y que hiciese mucho más fructífera nuestra labor.

Y compartimos logros y frustraciones.

Y coincidimos en sueños y esperanzas.

Y renovamos utopías año tras año.

Y esa relación especial y entrañable permanecerá en el tiempo inalterable porque los lazos que nos unían, nos siguen uniendo y así será mientras permanezcan los recuerdos en nuestra memoria y los sentimientos en nuestro corazón.

El extraño suceso de la mujer muerta en la casa misteriosa de Peña Grande

3 de septiembre de 2012

Sobre el caso de una mujer, fallecida en “la casa del misterio” de Peña Grande en 1935, que parecía seguir con vida dos días después de su muerte... y localización de la misteriosa casa.

En anteriores ocasiones hemos mostrado en este blog nuestra afición a rastrear e investigar fotografías antiguas, tratando de averiguar dónde fueron tomadas y comparar cómo han cambiado esos escenarios en la actualidad. En esta ocasión, la investigación comenzó a raíz de la aparición en el foro Urbanity de unas fotos que llevaban por título Hotel de Peña Grande en Fuencarral. Para quien no lo conozca, diremos que Urbanity es un foro con multitud de hilos abiertos sobre temas varios de Madrid y otras ciudades; en uno de ellos, De Madrid al cielo: Álbum de fotos históricas, se recogen infinidad de imágenes de Madrid imprescindibles para cualquier amante de las fotografías antiguas.

Fotografías de Urbanity que dieron origen a nuestra investigación.
(Fotos: Videa, 1935; publicadas por Juanjo en Urbanity – De Madrid al cielo...)

Con estos pocos datos de Urbanity (“Hotel de Peña Grande en Fuencarral. Foto: Videa”), iniciamos nuestra investigación por las hemerotecas.

Página de Crónica con las fotos
aparecidas en Urbanity.

No tardamos mucho en encontrar que las fotos habían aparecido en un reportaje gráfico publicado en el semanario Crónica (24-11-1935) sobre el caso de una extraña muerte acontecida en un “hotel” de Peña Grande, en aquel entonces una barriada perteneciente al término municipal de Fuencarral. El caso llamó inmediatamente nuestra atención y no paramos hasta averiguar dónde se ubicaba dicho hotel.

A estas alturas del relato, seguramente la mayoría de los lectores estén deseando saber ya qué es lo que ocurrió. No demoraremos, pues, la narración de lo que allí aconteció y dejaremos para el final del artículo el detalle de la investigación realizada para localizar el sitio exacto donde se ubicaba la casa.

El suceso.
El jueves 14 de noviembre de 1935 fallecía en una casa de Peña Grande, Fuencarral, Amparo Bravo Blanco, de cuarenta y siete años de edad, víctima al parecer de una angina de pecho. La mujer, viuda y originaria de Cantabria, había entrado a trabajar como criada en la casa sólo un día antes.

Como suele ser habitual en estos casos, el juez dictaminó la necesidad de practicar la autopsia, para lo que ordenó el traslado del cadáver al depósito judicial del cementerio de Fuencarral.

Hasta aquí, nada fuera de lo corriente. Pero ocurrió que cuando los doctores Reinoso y Cortés iban a practicar la autopsia, a pesar de haber transcurrido ya más de veinticuatro horas desde que se creyó muerta a la mujer, el cuerpo no presentaba los síntomas característicos del fallecimiento, constatándose, por el contrario, algunos signos de vida: la cara, sin demacración, mueca ni expresión cadavérica (facies hipocrática) mostraba color sonrosado y expresión de serenidad, casi se diría que sonreía; los ojos, abiertos, sin el aspecto vidrioso típico en los cadáveres, especialmente el izquierdo, que presentaba un brillo completamente normal; las pupilas, sometidas a manipulaciones mecánicas y químicas, no mostraban ninguna alteración; las extremidades inferiores estaban frías, pero en la parte superior la piel conservaba cierta temperatura a pesar del frío reinante en la estancia; la frente, mejillas, cuello, región precordial, abdomen y extremidades superiores tenían una temperatura normal; aunque las piernas estaban rígidas, los brazos y articulaciones de los dedos podían doblarse sin esfuerzo, sin el menor indicio de rigor mortis... Por todo ello, en vista de que el cuerpo no presentaba los síntomas que de acuerdo a la medicina forense permitían certificar la defunción y proceder a la autopsia y posterior inhumación, los doctores decidieron suspender la diligencia que se les había encomendado.

Sorprende que se publicaran este tipo de imágenes de la fallecida en la prensa.
Arriba, a su llegada al depósito. Enteramente, parece como si sonriera.
(Foto: Videa; Crónica, 1935; Hemeroteca BNE)
Debajo, el doctor Reinoso muestra el funcionamiento de las articulaciones sin la menor rigidez.
(Foto: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

El misterio.
La noticia apareció en la mayoría de los diarios de la época. Espoleado por el sensacionalismo de algunos periodistas, comenzó a propagarse el rumor de que la muerta estaba viva y comenzaron a hacerse hueco toda suerte de hipótesis y cábalas sobre lo acontecido.

Por el cementerio desfilaron multitudes de curiosos, algunos de los cuales llegaron a afirmar que vieron cómo el cadáver movía brazos y piernas. Familiares allegados de la víctima declararon que años antes había sufrido un ataque similar a consecuencia del cual estuvo varias horas sin dar señales de vida, lo que dio pie a conjeturar sobre una posible catalepsia. Otros relacionaron los antecedentes con fechas, números y circunstancias de mal agüero, como que la finada había comenzado a trabajar un día 13 en que el cielo estaba plomizo y reinaba un fuerte viento... hubo incluso quien afirmaba que la muerta había resucitado.

Expectación de la prensa y curiosos en el depósito del cementerio de Fuencarral.
(Foto: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

Fin del caso, la leyenda continúa.
El sábado 16 comienzan a disiparse las dudas. A pesar de haber transcurrido más de cuarenta y ocho horas desde la supuesta defunción, aún no son patentes todos los signos de defunción. Los ojos comienzan a vidriarse, habían aparecido algunas manchas violáceas y desaparecido toda temperatura del cuerpo, pero el color de la piel seguía siendo normal y no había signos de rigidez. Los médicos se muestran sorprendidos, pero no dudan de la muerte. De hecho, el doctor Reinoso manifestó que nunca dudó de ello y su primera impresión es que la mujer había fallecido, pero ante la falta de signos de muerte, era su deber asegurarse y esperar.

El domingo 17 por la mañana se llevó a cabo la autopsia, que certificó la defunción a consecuencia de graves lesiones valvulares. Esa misma mañana se procedió al entierro del cadáver en el cementerio de Fuencarral.

En definitiva, muerte natural por un ataque de asistolia. Parece ser que no es extraño en este tipo de muertes que ciertos fenómenos cadavéricos evolucionen más lentamente. Los médicos no dejaron de constatar, no obstante, lo extraordinario del suceso, con casi setenta y dos horas transcurridas y tan escasas señales de descomposición cadavérica. De hecho, el caso fue recogido en los Anales de la Real Academia Nacional de Medicina (1948 - Tomo LXV - Cuaderno 2).

Momento del entierro.
(Foto: Videa; Crónica, 1935; Hemeroteca BNE)

Muerta y enterrada la mujer, la imaginación popular se resistía a dar por concluido el suceso y creó su propio folletín. Contribuyó a exacerbar la imaginación popular el hecho de que la familia para la que había entrado a trabajar la fallecida apenas un día antes eran conocidos espiritistas y que algunos vecinos atribuían a la casa un halo de cierto misterio. Todo ello dio pábulo a rumores, según alguno de los cuales la mujer había sido víctima de algún tipo de acto esotérico, en el transcurso del cual cayó en estado de hipnosis (de ahí la ausencia de evidencia cadavérica durante dos días) y de ese primer sueño a la muerte.

Nada más lejos de la realidad. Ya hemos comentado anteriormente las causas naturales del fallecimiento. Nos ocuparemos a continuación de la casa.

La casa del misterio.
La casa donde ocurrió el suceso pertenecía a la familia Passapera, cuyos miembros eran, como decíamos, declarados espiritistas; lo que bastó para crear sobre la familia una leyenda de vida aislada y misteriosa en su casa de Peña Grande: casa apartada y retirada, de extrañas formas arquitectónicas y apariencia sombría, en cuyo interior se hallaban escritos unos versos satánicos. De ahí que, entre algunos de los vecinos de la barriada, la vivienda fuera conocida como “la casa del misterio”.

Ya la prensa de la época trató de disipar tal misterio. La familia Passapera era bastante conocida y respetada en Madrid por su negocio de confecciones y su apellido era de los más sonados en el mundo industrial.

El negocio de alta costura y confección de la familia Passapera fue muy duradero y bastante conocido en Madrid; no en vano, se anunciaba con frecuencia en la prensa. A la izquierda, arriba, el primer anuncio que hemos encontrado, de 1925; el de debajo es de 1928. El anuncio del centro apreció junto a un reportaje de moda, en 1929. El de la derecha, arriba, se publicó en un diario de provincias, en 1936; el del centro, es de 1952 y el de debajo, el último que hemos encontrado, de 1968.

Los propios miembros de la familia concedieron entrevistas en las que públicamente reconocían su afición espiritista, sin darle mayor importancia y sin entender que sus creencias, tan respetables como cualquier otra, se hubieran visto involucradas en el asunto. Se avinieron, además, a mostrar y dejar fotografiar su casa para enseñar a todos lo infundando de los rumores.

Arriba, el comedor de la casa cuyas paredes estaban adornadas, en trazos góticos sobre azulejos, con los versos que dieron lugar a toda clase de cábalas. Debajo, la cocina donde falleció la mujer.
(Fotos: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

La soledad y el aislamiento que se atribuían a la casa no eran tales. Se encontraba bien visible, en un montículo a escasos cincuenta metros del tranvía. Sus extrañas formas obedecían a que fue edificada por su anterior propietario que fue quien la había construido con sus propios medios y con algunos materiales de desecho allá por los años 20 del pasado siglo. De ahí su estilo ecléctico y apariencia pintoresca pero esbelta, con arcos, capiteles y cúpulas de estilo árabe. No era en absoluto sombría y misteriosa; al contrario, era un conjunto alegre y claro desde el que había excelentes vistas a la sierra. Y los satánicos versos no eran tales, sino unos escritos por Alfredo Nistal, político socialista y masón, al parecer amigo del anterior propietario (curiosamente, hubo en Peña Grande, años después, un bar Nistal, en la c/ Joaquín Lorenzo; desconocemos si guardaba alguna relación con el Nistal anteriormente citado). El contenido, nada esotérico, era un simple homenaje a la casa construida por su amigo (La edificaste como una Alhambra, -entre la higuera y entre la vid [...]), como demuestran los siguientes versos que recogió la prensa:

Con las herrumbres, con los espinos,
con los hallazgos que hace el azar,
las viejas cosas de obscuros sinos,
y con las piedras de los caminos,
y los yesones del clavijar
has amasado tu excelso alcázar
con las herrumbres, con los espinos,
con los hallazgos que hace el azar.
Le has amasado –pan de ternura-
(pan de ternura: pan de dolor)
de tu reposo, de tu sudor,
de tu demencia, de tu cordura,
la vida ha sido la levadura.
con la constancia del soñador
le has amasado – pan de ternura-
(pan de ternura: pan de dolor).

Como suele ocurrir con rumores infundados y sensacionalismos, el paso del tiempo y la aparición de nuevos bulos fueron sumiendo nuestro caso en el olvido. El desarrollo urbanístico y la piqueta hicieron el resto, borrando todo vestigio de la finca. Y hoy, en Peña Grande, como veremos a continuación, no queda nada que recuerde lo sucedido aquel mes de noviembre de 1935.

La localización de la casa.
No ha sido fácil dar con el lugar donde se levantaba la casa de la familia Passapera. En los artículos de prensa de la época no aparecía ningún dato de localización (dirección, etc.); tan solo se mencionaba que la finca se encontraba en un montículo al lado de la vía del tranvía. Quien conozca Peña Grande y el trazado del antiguo tranvía convendrá enseguida que con estos datos no basta, pues la antigua vía del tranvía deja a su derecha una ladera a lo largo de todo su recorrido por la actual c/ de Joaquín Lorenzo. La inspección in situ, recorriendo las calles de Peña Grande y preguntando a algún antiguo vecino, también resultó infructuosa: no había ningún rastro de la misteriosa casa. Por último, la búsqueda de una relación entre la familia propietaria y Peña Grande tampoco daba resultado: los artículos sobre el caso hablaban erróneamente de la familia Pasapera, cuando en realidad resultó ser Passapera.

Tras mucho releer, hallamos por fin el dato que nos guió. En uno de los reportajes de prensa sobre el suceso, se mencionaba que uno de los miembros de la familia había dirigido el Centro Espiritualista Español y, por suerte, dimos con un artículo de 1931 sobre dicho centro en el que, ahora sí, aparecía el nombre correcto: José Passapera Fuertes.

Con estos datos, a continuación encontramos la esquela de José Passapera, que no publicamos para no resultar irrespetuosos. Allí se mencionaba que falleció en 1968 en su finca “La Esperanza” de Peña Grande. Afortunadamente, en nuestros archivos teníamos copia de algunos números de la antigua revista editada por la Asociación de Fomento de Peña Grande (entre 1928 y 1951). En uno de ellos, de 1950, topamos con el siguiente anuncio:


La casa no dejaba lugar a dudas y por fin aparecía una dirección: Ramón y Cajal, 5. Según el callejero municipal, esta calle pasó a denominarse Islas Nicobar en 1953 y desapareció en 1991, con la reparcelación iniciada a finales de los 80 para la apertura de la continuación de la Avenida de la Ilustración a su paso por Peña Grande. Pero allí estaba otra vez la revista de Asociación de Fomento, con un plano parcelario de 1930, para sacarnos del atolladero.


Trasladarlo al plano actual resultó sencillo, como puede apreciarse en las vistas aéreas que mostramos a continuación. La parcela, que limitaba al noroeste con el arroyo de La Veguilla, lo hace actualmente con la c/ Ramón Castroviejo y la continuación de la M-30 / Avda. de la Ilustración. Y al este, que limitaba con Ramón y Cajal (o Islas Nicobar), al desaparecer la calle lindaría ahora con otros edificios de viviendas con entrada por la c/ Isla Malaíta. Donde estuvo la Granja La Esperanza se encuentra hoy día un edificio nuevo de viviendas y la piscina de otro, ajenos a todo el revuelo que un día se armó a su alrededor.

(Planos: Ortofotomapa Comunidad 1975 y Ortofotomapa Comunidad 2011; Planea CM)

Vista desde la esquina de Isla Malaíta con Joaquín Lorenzo, donde puede apreciarse la pendiente del montículo donde estuvo la Granja La Esperanza.
(Foto: A. Morato, 2012)

Guerra Civil: aparece un proyectil en unas obras en la C/ Adrián Andrés

15 de marzo de 2012

Sobre un obús de la Guerra Civil aparecido en el transcurso de unas obras en la esquina de la calle Adrián Andrés con San Gerardo, cerca de la Dehesa de la Villa.

El 22 de febrero, con motivo de las obras de cimentación de un nuevo edificio en el nº 1 de la calle Adrián Andrés, en la zona antiguamente conocida como Las Suertes, apareció un obús de unos 60 cm de longitud x 20 cm de ancho.

La cabeza del proyectil en el momento de su hallazgo.
La imagen nos ha sido cedida por el encargado de obra de Lontana Sureste, la empresa que está construyendo la nueva vivienda; les agradecemos enormemente su colaboración y la información proporcionada.

La existencia del proyectil se sospechaba desde hacía tiempo. Antonio Fernández López, vecino de la misma calle, ya había informado cuando comenzaron las obras de la nueva vivienda, en el mes de enero pasado, de que en el pozo artesiano de la antigua vivienda había enterrado un proyectil, sin explotar, lanzado en 1937/38; no en vano, durante toda la contienda, los vecinos de la zona sufrieron lo que ellos llamaban "el recordatorio": bombardeos entre las 5:30-6:30 de la tarde, desde la Cuesta de las Perdices en la Carretera de la Coruña, en dirección hacia Tetuán de las Victorias y Cuatro Caminos. Sin embargo, los encargados de obra nos comentaron que la cabeza del obús, tal como se encontró, apuntaba precisamente en sentido contrario, hacia la Carretera de la Coruña. No podemos, pues, confirmar desde dónde se disparó el obús ni qué ejército lo hizo.

El abuelo de Antonio comentaba siempre la existencia del proyectil en el pozo de la vivienda de la señora Auria. Pasados más de 20 años de la contienda avisaron a los artificieros de la policía, advirtiendo que estaba sin explotar. Acudieron a la vivienda, lo inspeccionaron, lo miraron, desaguaron el pozo, pero no lo tocaron. Decidieron que lo mejor era echar tierra encima y allí lo dejaron.

Imagen antes de su demolición de la antigua casa en Adrián Andrés 1, esquina S. Gerardo, en cuyo patio estaba el proyectil. La casa se había construido entre 1950-1955, sobre el obús.
(Foto: A. Morato, 2010)

Al comenzar el derribo de la casa antigua y cimentación de la nueva, en enero de 2012, Antonio ya advirtió al encargado de la obra. Hace unas semanas, trabajando con la pala excavadora, notaron algo raro. Avisaron al encargado, que bajó al pozo, y vieron que había un obús intacto. Dieron voz de alarma, abandonaron la obra y llamaron a la policía. Acudieron artificieros, el SAMUR, Policía Municipal, transporte especial de bombas, incluso con un vehículo extra por si se averiaba el que lo llevaba... Se cortaron todas la calles adyacentes y se evacuó a los vecinos de los números 3,5 y 7 de Adrián Andrés durante las casi 5 horas que se tardó en extraer el proyectil, que estaba incrustado en la tierra. Incluso parece ser que se plantearon explosionarla allí mismo, pero se desestimó porque la punta estaba algo fisurada y temían que pudiera explotar en cualquier momento.

Arriba, vista general del lugar donde apareció el obús (el agujero encima y a la izquierda de la marca P6 en azul).Debajo, vista de detalle del agujero, donde puede apreciarse la marca de óxido dejada por la parte trasera del proyectil.
(Fotos: A. Morato, 2012)

Por informaciones proporcionadas por Antonio Fernández, no resultaría extraño el hallazgo del proyectil, pues a unos 100 m de la citada vivienda había dos cuevas grandes de armas con abundancia de material bélico para la defensa de esta zona. Incluso está convencido de que deben quedar bayonetas en un pozo que debe estar situado en terrenos actualmente ocupados por la clínica López Ibor y que antiguamente eran propiedad de una finca denominada "La Huertuca". Situada entre las calles San Gerardo, Luisa Andrés y Dr. Juan José López Ibor (anteriormente Nueva Zelanda y antigua Carretera de Peña Grande), la Huertuca era un caserío a la antigua usanza, con vaquería incluida, que regentaban Asunción, su marido y su hermano Pepe, conocido entre los vecinos como "el Chepa".

Vista aérea de la zona donde estuvo la Huertuca. Señalizada con una flecha roja, la casa que había en el solar donde apareció el obús; a su derecha, la clínica López Ibor.
(Foto: Bing Maps, 2010)

Izquierda: la zona de la Huertuca vista desde abajo. La casa del obús es la de arriba a la izquierda; enfrente, a la derecha, la clínica López Ibor.
Derecha: restos de una noria que aún pervive en el solar entre las calles S. Gerardo y Luisa Andrés, terrenos que fueron de la Huertuca.
(Fotos: A. Morato, 2010)

No es la primera vez que aparecen obuses en la Dehesa o sus alrededores. Nos contaba Simón, actual propietario del quiosco de la Paloma, que cuando se realizaban las obras del nuevo quiosco en 1972 también encontraron proyectiles sin explotar; avisada la Policía se los llevó inmediatamente.

Más recientemente, en junio de 1994, apareció otro obús en las obras de construcción de una nueva urbanización en la zona comprendida entre las calles Isla de Oza, Mecánico Rada e Islas Marianas (zona de la que, por cierto, nos hemos ocupado recientemente al hablar de los Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa en la Huerta del Concejal). En aquella ocasión, los artificieros decidieron hacerla explotar allí mismo. Algunos vecinos aún recuerdan la enorme explosión, que sacudió e hizo vibrar los cristales de las casas vecinas e incluso que abundantes restos de metralla traspasaron el cordón de seguridad establecido impactando contra viviendas en las calles Federico Carlos Sáinz de de Robles, Aguilar de Campoo...

Arriba, panorámica de la zona donde se encontró el obús de 1994.
Debajo, restos de metralla recogidos fuera de la zona de seguridad después de la explosión.
(Fotos: autor no especificado, 1994; Revista Dehesa de la Villa)

Actualizaciones

17-04-2012. La noticia en los medios.
A raíz de la aparición de un proyectil en un encinar cercano al campus de la Universidad Francisco de Vitoria la pasada semana, la noticia sobre el obús de la C/ Adrián Andrés ha atraído la atención de los medios y Europa Press (15-04-2012) ha publicado una noticia de agencia que ha sido recogida en varios periódicos:
- La Razón (15-04-2012)
- ABC (15-04-2012)
- QUÉ (15-04-2012)
- La Vanguardia (16-04-2012)

Los Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa: proyectos no realizados, 1924

7 de marzo de 2012

Sobre un proyecto de 1924 para la instalación de un complejo de recreo en la Huerta del Concejal, en las proximidades de la Dehesa de la Villa.

Ocio y esparcimiento a finales del S. XIX y principios del XX: jardines de recreo y Campos Elíseos.
El concepto de ocio y tiempo libre nace con las sociedades urbanas a lo largo del S. XIX. Anteriormente, en las sociedades agrarias tradicionales el tiempo venía determinado por los ciclos agrícolas y el escaso tiempo no productivo estaba, en lo esencial, organizado por la Iglesia o los poderes públicos. Es con el florecimiento de las sociedades urbanas cuando el tiempo libre deja de ser exclusivo de la nobleza para empezar a formar parte de la vida burguesa, comenzando a perfilarse la idea de ocio como alternativa individual a la actividad profesional. Se requiere para ello la creación de nuevos espacios públicos para la sociabilidad, el esparcimiento y la diversión: se abren grandes avenidas con bulevares; los parques y jardines, hasta entonces adscritos a propiedades señoriales, comienzan a ser accesibles a los ciudadanos, que buscan en ellos espacios para el paseo y el recreo. Aparecen nuevas actividades y proliferan los locales de entretenimiento (teatros, casinos, cafés, cines, bailes, merenderos, etc.); y, por lo que a nuestro artículo de hoy concierne, aparecen los jardines de recreo…

Conocida imagen del Paseo de Recoletos de Madrid que ilustra perfectamente el uso de los espacios públicos como lugares de socialización y entretenimiento a finales del S. XIX y principios del XX.
(Foto: Hauser y Menet, entre 1906 – 1910; Memoria de Madrid)

Eran los jardines de recreo espacios polivalentes de ocio, principalmente dirigidos a las clases acomodadas, si bien hubo algunos otros más populares. Se ubicaban en espacios abiertos a las afueras de las ciudades, generalmente en zonas verdes o en terrenos proyectados para los nuevos ensanches, por lo que muchos de ellos tuvieron un carácter provisional. Concebidos para el verano y parte de primavera-otoño, disponían de amplios jardines y zonas recreativas y de restauración; sus construcciones, generalmente desmontables por ese carácter de provisionalidad comentado, albergaban todos los espectáculos y atracciones al uso de la época (teatro, conciertos, circo, toros, baile, deportes, exhibiciones diversas –globos, monstruos, fieras…-, montaña rusa, etc.).

Se pusieron muy de moda a partir de la segunda mitad del S. XIX y se extendieron prácticamente por todas las grandes ciudades, en muchas de ellas con la denominación de Campos Elíseos (en la mitología griega, lugar delicioso donde se suponía que iban las almas de los que hubieran merecido este premio). Los primeros Campos Elíseos de los que hemos hallado noticia se levantaron en Barcelona en 1853; los hubo también en Bilbao, Cádiz, Gijón, Zaragoza… Por su parte, Madrid tuvo sus Campos Elíseos entre 1864 y 1881 cerca del Retiro (entre las calles Alcalá, Castelló y Velázquez); y, posteriormente, unos Nuevos Campos Elíseos en el entorno de la Fuente del Berro entre 1900 y 1902.

La Dehesa de la Villa, lugar de expansión para el pueblo madrileño.
No es de extrañar que se planteara la construcción de unos terceros Campos Elíseos en la Dehesa de la Villa, habida cuenta de la popularidad que la Dehesa había adquirido como zona de esparcimiento desde comienzos del S. XX. Recordemos que en febrero de 1901 el Estado había cedido la Dehesa al Ayuntamiento para destinarla a usos benéficos y sociales; además de construir el Asilo de La Paloma y las Escuelas Bosque, se abrió la Dehesa para uso y disfrute de todos los madrileños, convirtiéndose enseguida en uno de los espacios de expansión preferidos, especialmente entre las clases menos acomodadas, y lugar de celebraciones populares (fiesta del árbol, banquetes de promiscuación, fiestas obreras del Primero de mayo...).

Varias son las razones que explican la popularidad entre las clases más humildes de la Dehesa de la Villa frente a otros parques madrileños, como El Retiro o el Parque del Oeste: la céntrica ubicación de estos otros parques; la prohibición en ellos de dejar entrar solos a los niños, que favorecía a las clases altas cuyos niños accedían acompañados por una legión de nurses y niñeras; la estrecha vigilancia a que estaban sometidos (se expulsaba a los niños mal vestidos o que andaban solos); un horario estricto de apertura, incompatible con las jornadas obreras; el diseño de los parques urbanos, impecables desde el punto de vista estético, pero impracticables para las actividades de esparcimiento más populares (jugar, tumbarse en el césped, correr, saltar, merendar, etc.)... poderosas razones todas ellas que justifican la preferencia de las clases populares por la Dehesa de la Villa y otras zonas verdes aledañas (La Moncloa, los Viveros de la Villa, el pinar de Puerta de Hierro...).

Curiosa imagen de un domingo en la Dehesa de la Villa: “después de la merienda, un poquito de gallina ciega”.
(Foto: Cervera; Estampa, 1929; Hemeroteca BNE)

Nada mejor que las palabras de Pedro de Répide, cronista oficial de la Villa de Madrid, para resumir “lo que para la salud y la expansión del pueblo de Madrid significa la Dehesa de la Villa. El aire y el sol que allí se encuentran los domingos millares de personas les sirve para sostenerse durante el resto de la semana en el estrecho ambiente de las viviendas del interior de la capital, y de oficinas y talleres. Sanatorio para los dolientes, lugar de reposo para los fatigados, paraje amable a los melancólicos y a los enamorados, campo de esparcimiento a los sanos y alegres, que hallan en los pinares un aliento vivificador”.

Los Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa.

Localizamos en la Biblioteca Histórica de Madrid (Depósito Colecciones Especiales) la Memoria del proyecto elaborada por la Sociedad, de donde se han sacado los textos entrecomillados que siguen a continuación. A petición nuestra, la Memoria ha sido digitalizada y puede consultarse en Memoria de Madrid.

En 1924 se crea en Madrid la Sociedad Anónima Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa, con el objeto de construir un “Parque de recreos dentro del alcance de todas las fortunas” en terrenos de la Huerta del Concejal, en las proximidades de la Dehesa.

La Sociedad estaba dirigida por el Marqués de Astorga (Presidente) y Federico García-Patón (Vicepresidente), e integrada por Agustín Gallego, Niceto García y García, Cecilio Isasi, Félix Martínez Verdet, Jesús Martínez Bernaldo de Quirós, Alejandro Mendoza, Miguel Almoneda y Federico Villar Guerra (Vocales). Se constituyó con un capital social de un millón de pesetas, dividido en 2.000 acciones de 500 pesetas, que pretendían fueran suscritas por los propietarios, comerciantes, industriales y vecinos de Cuatro Caminos, Bellas Vistas, Dehesa de la Villa, Peña Grande, Fuencarral… motivándoles con que “dejando aparte el remunerador interés que ha de producirles el capital que suscriban deben considerar las ventajas inmensas y enormes beneficios que reportan siempre estos negocios de atracción de grandes masas de público”.

Veían la oportunidad de negocio en el hecho de que Madrid, por aquel entonces “una capital de más de un millón de almas […] no cuenta en sus alrededores, como otras grandes poblaciones extranjeras, con un gran Parque de recreos […] dotado de toda clase de diversiones instaladas en lugares y edificios adecuados a su objeto dentro de cada época del año; parque donde los miles y miles de personas que buscan esparcimiento para el ánimo y oxígeno para los pulmones encuentren, en los días festivos, en las tardes de primavera y otoño y en las calurosas noches de verano, lugar espacioso y alegre donde realizar tan natural deseo.

Ubicación: la Huerta del Concejal.
Se escogió la Dehesa de la Villa porque “a sus condiciones de salubridad e higiene une las de la belleza del paisaje […] rodeado de frondosos pinares, orientado con grandiosas vistas a la Sierra del Guadarrama”. Otro factor determinante para la elección del entorno de la Dehesa era su “fácil y económico acceso desde el centro de la urbe […] unido a la Glorieta de Cuatro Caminos (estación terminal del Metro) por las amplias y bien urbanizadas calles de Bravo Murillo y Francos Rodríguez, en una extensión de dos kilómetros y medio que recorren los tranvías en siete minutos, y cruzado por las carreteras de El Pardo y Peña Grande”.

En concreto, pretendían ubicarlo en la denominada Huerta del Concejal, “una hermosa finca situada en la antigua Carretera de Peña Grande (hoy Avenida de Alfonso XIII), a 200 metros de los Asilos de La Paloma, colindante con los pinares y con agua abundante por estar cruzada por el canalillo”.

Ubicación de los Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa.
(Plano: autor ilegible, 1924; Memoria de Madrid)

La Huerta del Concejal era una extensa finca en las inmediaciones de la Dehesa, poblada de “árboles frutales y de sombra, de toda clase de rosales y otra gran variedad de flores”. De entre las numerosas huertas que poblaban la zona, era una de las más importantes; no en vano dio nombre a una de las paradas del tranvía a Peña Grande, cuya historia puede consultarse en Historias Matritenses (Tranvía de La Paloma (I), Tranvía de La Paloma (II) y Tranvía de La Paloma (III)).

Localización de los Campos Elíseos y la Huerta del Concejal.
Para poder comparar, se ha tenido que rotar el plano de la memoria a orientación norte (izquierda); se ha recortado la silueta del original y se ha realizado una transposición a escala sobre una vista aérea actual (plano de la derecha), donde se ha sombreado en azul la ubicación: lindaba al este con las actuales Avenida de Trajano (denominada en la Memoria Avda. de Alfonso XIII, nombre que mantuvo hasta 1941), la calle Isla de Oza, (el original camino o carretera a Peña Grande) y la calle Antonio Machado; al oeste, lindaba con la actual calle Isla Alegranza y el canalillo; al norte, se extendería más allá de Isla de Oza, ocupando parte de la actual manzana entre las calles de Federico Carlos Sainz de Robles y Antonio Machado; al sur, limitaría con la calle Nueva Caledonia.
(Montaje de elaboración propia sobre Ortofotomapa Total Comunidad 2011; Planea CAM)

Instalaciones.
Se pretendía dotar al complejo de ocio de las siguientes instalaciones (las letras indican su ubicación en el mapa original):

A) Campo de fútbol: proyectado en una superficie de 106 m de longitud por 74 m de ancho, capaz de albergar hasta 20.000 espectadores en localidades numeradas.

(Dibujo: autor ilegible, 1924; Memoria de Madrid)

B) Plaza de toros: sobre una superficie de 30 m de diámetro de redondel, por 70 m de diámetro exterior, tendría capacidad para 10.000 espectadores en localidades numeradas. Al igual que el campo de fútbol, dispondría de iluminación artificial para festivales nocturnos ya que, además de albergar novilladas “con afamados novilleros y buenas ganaderías” serviría también como recinto para bailes, cine, conciertos, fuegos artificiales, romerías, lucha grecorromana, boxeo…

(Dibujo: autor ilegible, 1924; Memoria de Madrid)

C) Piscina de natación: de 66 m de longitud por 20 m de anchura, con pabellón y departamentos para duchas y baños calientes.

D) Restaurante: el proyecto incluía también un original restaurante, con capacidad para 800 comensales, en forma de vapor trasatlántico fondeado en el centro de un estanque de 3.000 m3 de agua. Además de las comidas, se darían también en él fiestas amenizadas por las orquestas de moda en la época.

(Dibujo: autor ilegible, 1924; Memoria de Madrid)

E) Pistas de tenis: contaría asimismo con diversos y espaciosos campos de tenis, con un original kiosco para cervecería y chocolatería.

F) Vaquería: el complejo proyectaba también “una artística vaquería con establos montados con arreglo a los más modernos adelantos de salubridad e higiene”.

Por último, se construiría un templete para banda de música, un frontón de pelota y un “corro de bolos al estilo montañés”.

Planificación.
El propósito era abrir el parque, el bar-restaurante y la vaquería de inmediato, aprovechando provisionalmente edificios existentes en la Huerta del Concejal.

Para el resto de las instalaciones, se proyectaba comenzar las obras en enero de 1924, planificándose la inauguración escalonada de las instalaciones a medida que se fueran terminando: el campo de fútbol, en abril de ese mismo año; el barco-restaurante, en junio; y la plaza de toros, para la temporada de otoño.

Resultado.
Que sepamos, el proyecto no prosperó. No sabemos si por problemas con las licencias, falta de acuerdo con la propiedad de la Huerta del Concejal o porque no se cubrió la suscripción de acciones de la Sociedad.

Sin embargo, una noticia de prensa de febrero de ese mismo año de 1924 curiosamente hace referencia a los Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa. Al detallar el recorrido del Campeonato Nacional de ‘Cross-country’ de ese año, que transcurría por terrenos de la Dehesa y aledaños (Metropolitano, Cantarranas, Moncloa, Puerta de Hierro…), se menciona la piscina y casas de los Campos Elíseos.

Fuera de ésta, no hemos hallado ninguna otra referencia a los Campos Elíseos. Es posible que, tal como estaba previsto inicialmente, se iniciara alguna actividad en los edificios existentes en la Huerta del Concejal y se hiciera algún tipo de promoción del parque de recreo, de ahí que apareciera mencionado en el recorrido del cross apenas un mes después de publicada la Memoria. En cualquier caso, una revisión detallada de las vistas aéreas de los ortofotomapas de épocas posteriores no permite vislumbrar la existencia del complejo de ocio tal como fue proyectado.

Pozo hallado en un solar próximo al canalillo, en terrenos que fueron de la Huerta del Concejal. Aunque no lo hemos podido confirmar, bien pudo haber pertenecido en su día a la Huerta del Concejal.
(Foto: A. Morato, 2012)

Tampoco queda en el recuerdo de los vecinos del lugar ningún rastro de los proyectados Campos Elíseos. Sí permanece en su memoria la Huerta del Concejal (también conocida por algunos como Huerta de la 'Conce', por una de las guardesas que tuvo); se mantuvo en funcionamiento hasta los años 60-70 del pasado siglo, despareciendo para dejar paso a viviendas, al paseo del canalillo, al parque y campos de deporte que actualmente existen sobre el túnel de Sinesio Delgado, entre Isla de Oza y Antonio Machado.

Resultaría en vano plantearse en esta ocasión, a diferencia de como hemos hecho con otros proyectos no realizados, si se habría salido ganando o perdiendo de haberse llevado a cabo los Campos Elíseos. No hay más que ver lo ocurrido con otros parques de recreo similares que hubo en Madrid y cómo el desarrollo urbano ha transformado toda la zona alrededor de la Dehesa de la Villa para intuir que, de ningún modo, los Campos Elíseos hubiesen llegado hasta nuestros días.

Arriba, dos imágenes de los terrenos de la Huerta del Concejal en pleno proceso de urbanización allá por la década de los 80. A la izquierda, vista hacia el norte: se puede apreciar la calle Antonio Machado, el final de la calle Aguilar de Campoo y, al fondo, el Barrio del Pilar. A la derecha, vista hacia el sur, hacia la Dehesa de la Villa: se pueden apreciar unas casas muy representativas que aún permanecen en las calles Islas Marianas, Aviador Franco e Isla Alegranza.
(Fotos: F. Álvarez, entre 1979 - 1989)
En el medio, más o menos esos mismos escenarios en la actualidad.
(Fotos: A. Morato, 2012)
Debajo, los terrenos de la Huerta del Concejal entre Isla de Oza, Federico Carlos Sainz de Robles y Antonio Machado en la actualidad. Entre los edificios aún se divisan las “grandiosas vistas a la Sierra de Guadarrama”, tal como indicaba la Memoria de los Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa en 1924.
(Foto: A. Morato, 2012)

Bibliografía:
- Amigos de la Dehesa (2010): Expediente sobre la revisión de la cesión de la Dehesa de la Villa o de Amaniel
- Ariza Muñoz, C. (1988): Jardines de recreo en Madrid: los llamados Campos Elíseos
- Ariza Muñoz, C. (2001): Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido
- Moral Ruiz, C. (2001): Ocio y esparcimiento en Madrid hacia 1900
- Pozo Andrés, M. M. (1993-1994): Utilización de parques y jardines como espacios educativos alternativos en Madrid (1900-1931)
- Rodríguez de la Croix, L. (1924): Campos Elíseos de la Dehesa de la Villa. Memoria
- Sánchez Menchero, M. (2009): Cinco cuadros al fresco. Los jardines de recreo en Madrid (1860-1890)
- Villacorta Baños, F. (2001): Madrid, 1900. Sociabilidad, ocio y relaciones sociales

Botánica para todos en la Dehesa de la Villa (VII)

12 de junio de 2011

Séptimo capítulo de la serie Botánica para todos en la Dehesa de la Villa, en el que Andrés Revilla se ocupa de una planta vista hace más de 80 años en los alrededores de la Dehesa de la Villa.

Se busca planta desaparecida en 1929: Veronica chamaepithyoides.

(Foto: E. Rico, F. Amich; Atlas y Libro Rojo de la Flora Vascular Amenazada de España, 2008)

La Dehesa sigue siendo una fuente de sorpresas. Hoy atacamos con una plantita de difícil observación de la cual en la actualidad sólo se conoce una población en Segovia formada por menos de veinte ejemplares y que raramente fructifican.

Nuestra planta enriquecía un día el complejo hábitat de la Dehesa . Hemos visto en otras ediciones cómo la Dehesa aportaba a la ciencia numerosas y valiosas especies. Esta verónica fue una de ellas.

Identificación:
Planta anual de 2-16 (24) cm, erecto, ramificado, con pelos cortos, cubierto casi por las hojas. Rabillo de la flor casi inexistente, flores azules muy pequeñas en racimo terminal.
Se diferencia del resto de verónicas por la forma de las hojas, con lóbulos muy profundos. Florece entre abril y mayo.

Distribución:
Nos encontramos ante un endemismo de la península Ibérica, es decir, solo se la conoce en nuestro territorio. En el real Jardín Botánico de Madrid hay un montón de pliegos de herbario (MA 112039) de muestras recogidas en la Dehesa de la Villa en 1929 junto al acueducto de Amaniel. Aquello eran entonces merenderos y huertas, lo que facilitó su herborización.

- Citada en Dehesa de la Villa en 1929 (MA 112039)
- Citada en Alcolea de las Peñas (Gu): Veronica chamaepithyoides Lam.
LLANSANA, 1984 (Alcolea de las Peñas, MACB 13882) Listado de Plantas vasculares de Guadalajara. M.A. Carrasco, M.J. .Maciá & M. Velayos.

Imagen aérea de los años 20 de la zona del antiguo estadio Metropolitano. Al fondo puede distinguirse el acueducto y la denominada Vega de Amaniel con sus huertas, donde fue encontrada la Veronica chamaepithyoides.
(Foto: autor desconocido, 1925; Urbanity)

Dos imágenes de los años 50-60 del acueducto de Amaniel en las que aún pueden observarse las huertas que lo rodeaban. Hoy en día es el trazado de la Avda. Pablo Iglesias.
(Foto izqda: J.L. Berzal; Foto dcha: Aurelio)

Hasta la próxima cita."

Actualización 12-diciembre-2011.
Recientemente, Julián García Muñoz, con el asesoramiento de Enrique Rico, recogió semillas en Guadalajara, donde queda la última población viva de la Veronica chamaepithyoides y ha logrado en el vivero/invernadero de la fundación APADRINA (en la Finca de Solanillos) reproducir la especie. Con esto han conseguido cientos de semillas y alguna reintroducción en las inmediaciones de esta última población. Esto ha supuesto la salvación de la muy segura extinción de una especie endémica de la flora ibérica. Incluimos a continuación imágenes de Veronica chamaepithyoides, algunas de las cuales han sido tomadas en el vivero de APADRINA. Más detalles en Arba bajo Jarama.


(Álbum de Unos y otros, Picasa Web)


Serie Botánica para todos en la Dehesa de la Villa:
- I - Flores y semillas de olmos y fresnos
- II - Forsitia o campanilla china
- III - Floración de los cipreses
- IV - Floración de los almendros y los ciruelos rojos
- V - Floración de las praderas
- VI - Los pinos de la Dehesa
- VII - Veronica chamaepithyoides: planta desaparecida
- VIII - Cedros
- IX - Encinas
- X - Madroños
- XI - Retamas
- XII - Acacias
- XIII - Pinos caídos en la Dehesa de la Villa
- XIV - Álamos