Blog de la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa de la Villa
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2- Curruca capirotada - Conoce las aves de la Dehesa de la Villa

9 de octubre de 2012

Segunda entrega de la serie Conoce las aves de la Dehesa de la Villa.

Curruca capirotada (Sylvia atricapilla).
Pepe y Gonzalo Monedero

La Curruca capirotada es un paseriforme presente en la Dehesa de la Villa durante todo el año, siendo más abundante durante el paso migratorio otoñal y en la época invernal, cuando se juntan los individuos llegados del Centro y Norte de Europa con los residentes de la Península Ibérica.

Es un ave de pequeño tamaño caracterizado por tener un dimorfismo sexual entre machos y hembras, distinguiéndose el macho por presentar un pequeño capirote de color negro en la cabeza, y marrón-castaño en la hembra. Los jóvenes de primer año presentan un capirote similar al de las hembras. En cuanto a la tonalidad del resto del cuerpo de la curruca, presenta por el dorso un color gris apagado y por la zona ventral un color gris-oliváceo claro.

Curruca capirotada hembra, con capirote marrón.
(Foto: J. Monedero; fotografiada en la Dehesa de la Villa, mayo-2008)

Curruca capirotada macho, con capirote negro.
(Foto: J. Monedero; fotografiada en la Dehesa de la Villa, mayo-2008)

Es un ave básicamente insectívora aunque también se alimenta de frutos silvestres variados como moras, majuelas, escaramujos,…etc., sobre todo cuando escasean los insectos, siendo un recurso alimenticio de gran valor energético durante la migración otoñal y la época invernal.

Cría principalmente en arbustos, en terrenos arbolados umbríos con denso sotobosque, y en jardines y parques que presenten abundantes zonas arbustivas con preferencia de zarzales, rosales silvestres y otros espinos, los cuales favorecen la cría ya que les protegen de sus depredadores. En la construcción del nido participan ambos sexos, aportando materiales vegetales varios como hierbas secas, musgos,…etc. En la Dehesa de la Villa se han observado algunos nidos de esta especie, en zarzales y otros espinos.


Serie Conoce las aves de la Dehesa de la Villa:
1 - Papamoscas cerrojillo
2 - Curruca capirotada
3 - Petirrojo europeo
4 - Lavandera blanca
5 - Mosquitero común
6 - Reyezuelo listado
7 - Golondrina común
8 - Vencejo común
9 - Pito Real
10 - Mochuelo europeo
11 - Cotorra argentina
12 - Mito
13 - Colirrojo tizón
14 - Verdecillo
15 - Mirlo común
16 - Carbonero garrapinos
17 - Herrerillo capuchino
18 - Paloma torcaz
19 - Gorrión común

El poblado prehistórico de Cantarranas

1 de octubre de 2012

Sobre el poblado del periodo calcolítico hallado en el barranco del arroyo Cantarranas en la Ciudad Universitaria de Madrid, lindes que fueron de la primitiva Dehesa de Amaniel.

Las terrazas y vega que el Manzanares forma a su paso por Madrid son uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de la Península Ibérica. Ya hemos hablado aquí, al referirnos a los mastodontes y tortugas gigantes hallados en unos antiguos tejares próximos a la Dehesa de la Villa, de la importancia de la Cuenca del Manzanares en la Paleontología. Daremos hoy un salto de algunos millones de años para situarnos en el III milenio a.C., y llenar así otra página de la historia de la Dehesa de la Villa, a caballo entre aquellos fósiles prehistóricos y las primeras referencias escritas a la Dehesa de Amaniel.

Ya se ha comentado aquí también que la extensión de la primitiva Dehesa de Amaniel o de la Villa nada tiene que ver con la actual. Los límites descritos más antiguos situaban sus lindes hasta el arroyo de Cantarranas, en los terrenos que a principios del s. XIX fueron anexionados por Carlos IV al Real Sitio de La Florida y que pasarían de nuevo al Estado en 1860 para, posteriormente, formar parte de la Ciudad Universitaria.

Quede así claramente establecida la relación del poblado prehistórico de Cantarranas con la Dehesa de la Villa y de ahí el interés que para nosotros tiene.

Vista del barranco de Cantarranas durante las excavaciones del poblado prehistórico. Detrás, el viaducto de los quince ojos y, más al fondo, el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, en plena Dehesa de la Villa.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

El periodo calcolítico o eneolítico.
El periodo calcolítico, así denominado por la utilización del cobre como materia prima, se extendió en Madrid a lo largo del III milenio a.C., entre el neolítico (VI – IV milenios antes de nuestra era) y el comienzo de la Edad del Bronce (datado hacia el 2.200 a.C.).

Ya durante el periodo neolítico se habían venido produciendo los primeros asentamientos humanos, acompañados de los inicios de la agricultura y la ganadería y los comienzos de la producción cerámica. Las cuevas se alternaban con hábitats al aire libre, apareciendo los primeros poblados a base de cabañas circulares, construidas básicamente con madera, con un hogar interior y pozo cercano.

A finales del neolítico el poblamiento se hace más intenso, especialmente a lo largo de las vegas de los ríos y en cerros desde los que se divisaba una amplia panorámica. Los primeros poblados, pequeños, asentados en lugares de fácil defensa y, en la mayoría de los casos, de carácter estacional, irían paulatinamente dando lugar a asentamientos más estables sobre emplazamientos destacados y a los que se dotaba de construcciones defensivas. Tanto el interior de las viviendas como la planta de los poblados permiten intuir una cierta jerarquización del espacio y la diferenciación de actividades económicas.

A la izquierda, reconstrucción de un poblado calcolítico: situado en un altozano, estaría rodeado de empalizada y foso. A la derecha, cabaña típica calcolítica: de planta circular, tenían un zócalo de piedra; las paredes y techo estaban hechos con ramas y barro; el suelo estaba parcialmente excavado en la tierra y cubierto con esteras y pieles para aislarlo de la humedad.
(Dibujos: autor no especificado; Guía del castillo de la Alameda y su entorno; Ayto. Madrid, Museo de los Orígenes)

El tipo de hábitat de los poblados calcolíticos ha dejado numerosos registros de los denominados “fondos de cabaña”. Con este término, introducido en 1924 por Pérez de Barradas (director, entre otras, de las excavaciones de Cantarranas), se designa, en general, a hoyos más o menos circulares que se utilizaban, según la época, como almacenes agrícolas, basureros, viviendas u hogares.

Proceso de excavación, uso y abandono de los hoyos (“fondos de cabaña”) típicos de los poblados calcolíticos: 1. Los huecos eran normalmente excavados por los niños para así poder dejar una boca más pequeña. 2. Dentro de ellos, se conservaban los alimentos a temperatura estable y a salvo de posibles depredadores. 3. Con el tiempo, las paredes de tierra se hundían y las despensas quedaban inservibles. 4. Tanto por comodidad como por evitar una caída, los huecos se rellenaban con basura. 5. La sedimentación posterior sellaba los huecos, motivo por el que suelen contener mucha información arqueológica sobre la dieta alimenticia y los utensilios de la época.
(Dibujo: autor no especificado; Guía del castillo de la Alameda y su entorno; Ayto. Madrid, Museo de los Orígenes)

El calcolítico tuvo en Madrid dos fases claramente diferenciadas: la precampaniforme (cerámicas lisas, escaso uso de la metalurgia) y la campaniforme (industria del cobre, auge de la agricultura y ganadería, cerámica acampanada y con decoración geométrica, como las encontradas en Ciempozuelos, Algete, Valdilecha, Valdemingómez y El Ventorro, en la cuenca baja del Manzanares).

Es en este contexto en el que debemos situar el poblado de Cantarranas, como el más claro exponente madrileño del periodo precampaniforme calcolítico.

La excavación del yacimiento de Cantarranas.
A finales de la década de los años 20 y comienzos de los años 30 del pasado s. XX, la Ciudad Universitaria de Madrid se encontraba en plenas obras. Zona de huertas, jardines, viñas y tierras de labor, surcada de arroyos y barrancos, requería de ingentes obras de desmonte y explanación. Este intenso movimiento de tierras hizo aflorar, a finales de enero de 1930, varios fondos de cabañas en el barranco de Cantarranas que fueron reconocidos por un tranviario, D. José Viloria, aficionado a la arqueología en su tiempo libre y que ya había descubierto otros yacimientos importantes.

Dos de los fondos de cabaña (números 2 y 3) del poblado de Cantarranas aparecidos con el desmonte.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

La Junta Constructora de la Ciudad Universitaria autorizó, en Junta del 16 de mayo, la realización de excavaciones dirigidas por José Pérez de Barradas, reputado especialista de la arqueología madrileña y en aquellas fechas Director del Servicio de Investigaciones Prehistóricas y del Museo Prehistórico Municipal de Madrid. Los trabajos comenzaron el 27 de mayo y quedaron en suspenso el 2 de agosto. Dos años después, en vista de que la investigación no se reanudaba, Pérez de Barradas publicó los resultados de la excavación en un artículo que él mismo consideraba como “nota provisional” a la espera de la excavación completa del poblado y reconstrucción del material encontrado.

Nota manuscrita de Pérez Barradas del 2-agosto-1930
comunicando la suspensión de las excavaciones.
(Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

La excavación no volvería a reanudarse nunca más. En los años 90, a raíz de las obras en los terrenos aledaños del Consejo Superior de Deportes se realizó un seguimiento arqueológico de la zona, sin que pudiera constatarse testimonio alguno del yacimiento ni de sus materiales, con lo que el autor de las excavaciones (Vega, 1996) concluía que la gran extensión que Pérez de Barradas atribuía al yacimiento no era tal y que apenas debería quedar ya de él superficie por excavar.

Situación.
Ubicación del poblado de Cantarranas
sobre el plano de 1929.
(Plano: Oficina Municipal de Información
sobre la Ciudad, 1929;
Biblioteca Digital CM)
El yacimiento se situaba en una parcela de la antigua Moncloa dedicada al cultivo de cereales. Al Este, limitaba con el camino de las tierras de la Moncloa; al Sur con el valle de un arroyo cegado por las obras de nivelación del terreno; al Oeste con una senda; y al Norte, con el barranco del arroyo Cantarranas.

Se encontraba, por tanto, entre la carretera del Palacete de la Moncloa y el paseo del Rey (Camino del Pardo), a espaldas de la Casa de Velázquez, en una zona de desmonte que correspondía a los apartados de carruajes del Estadio. Trasladado al mapa actual, ocuparía aproximadamente, los terrenos del Instituto de Patrimonio Cultural de España, entre las calles Pintor El Greco y Modesto López Otero.

La situación era, en suma, muy favorable: el barranco por el Norte y el río por el Sur ofrecían una seguridad inmejorable para el poblado. Muy cerca se encontraban los manantiales de la fuente de la Mina y de lo que fueron los jardines del Palacete. Los campos situados hacia el Mediodía serían, probablemente, cultivados, y todos los alrededores estaban cubiertos de bosque. Desde el poblado se verían los de la Casa de la Torrecilla y de la colonia del Conde de Vallellano, que, según Pérez de Barradas, pertenecían a la misma edad y podrían comunicarse por señales ópticas (humo, hogueras o cualquier otro medio).

Vista del valle del Manzanares desde el poblado de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

Los fondos de cabaña.
En total, se descubrieron treinta y dos fondos de cabaña, algunos de los cuales quedaron sin excavar. Pérez de Barradas los clasificó en dos grupos:

- Fondos poco profundos, llenos de cenizas y con escasos restos cerámicos. El autor pensó que se trataba de hogares, situados en el interior o fuera de las cabañas.

- Otro grupo de hoyos más profundos en los que, entre tierra negra, producto seguramente de la descomposición de detritus domésticos, se encontraron, huesos, cerámica, objetos de sílex... La cerámica, muy fragmentada, correspondía a restos de vasos; los huesos, a porciones no comestibles, como cabeza o vértebras, o huesos fracturados de extremidades; el material de sílex, bastante escaso, estaba poco o nada trabajado. Pérez de Barradas los clasificó como basureros.

Fondos de cabaña números 25 y 26.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

Los restos.
Los restos hallados fueron escasos y de poco interés, en palabras de Pérez de Barradas. Cabe mencionar:

- Cerámica lisa: abundantes fragmentos de vasos y otras piezas que, en general, debido a su pequeño tamaño no pudieron restaurarse muchas piezas. El barro del que están hechos, de aproximadamente un centímetro de grosor, es negro, con granos finos de arena, y en algunos casos con el exterior de color rojo. Las piezas estaban hechas a mano aunque algunas piezas evidencian el uso de torno. Las formas de los vasos son similares a las descritas en otros poblados de la época (areneros de Los Vascos, Martín, Las Mercedes, Valdivida...).

- Cerámica incisa: sólo aparecieron fragmentos muy pequeños. La decoración es a base de triángulos, en algunos casos rellenos y a veces sin rellenar.

- Cerámica pintada: fragmentos de piezas hechas a torno con líneas rojas semicirculares concéntricas, del tipo habitual en la época de la romanización.

Piezas de cerámica del yacimiento de Cantarranas después de su reconstrucción.
Fig. 1-7: cuencos y vasos. Fig. 8: vasija; Fig. 9: jarra.
(Foto: autor desconocido, 1930; en Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

- Lámparas: dos lámparas de barro cocido, con cavidad semioval profunda y un pico saliente poco marcado y perforado.

- Utensilios de piedra pulimentada: aparecieron más en superficie, en la tierra que rellenaba los fondos. Se encontraron lascas de sílex de aristas vivas y amorfas casi en su totalidad, alguna punta de flecha y hojas.

- Utensilios de hueso: destacan los punzones, trabajados con hueso de ciervo. De algunos restos óseos se habían sacado discos, con muescas semicirculares perfectas, lo que podría indicar la existencia de un taller para el trabajo del hueso.

Hallazgos de cerámica, hueso y piedra en el yacimiento de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; en Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

- Metal: no se encontró ningún resto de objeto completo pero sí trozos pequeños de malaquita. Tampoco se hallaron escorias ni restos de hornos o moldes.

- Restos humanos: se hallaron cuatro cabezas de fémur humano que podrían hacer pensar en restos de sepulturas excavadas en la misma vivienda, precedente descrito en Materano, Italia. Pero Pérez de Barradas se inclina a pensar más bien en algún tipo de rito de culto a los muertos similar al encontrado en algunos yacimientos franceses.

- Huesos de animales: se recogió gran cantidad de restos, pertenecientes en su mayoría a ovejas, toros, cabras y cerdos.

Imágenes de algunos de los restos del yacimiento de Cantarranas exhibidos en el Museo de los Orígenes con motivo de la exposición conmemorativa de Pérez Barradas (2008). Arriba, a la izquierda, buril; en el centro, cuchara; a la derecha, revestimiento parietal. Debajo, a la izquierda, cuenco; a la derecha, vasija.

Las cabañas.
Lo que se descubrió no fueron construcciones como tal sino sus huellas, principalmente manchas negras producto de la carbonización de los postes sobre los que se sustentaban. También aparecieron restos de bloques de arcilla, que podrían ser el revestimiento de las paredes.

Restos de la cabaña 1 del poblado de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; en Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

La mejor conservada era circular, de 2,40 metros de diámetro, orientada al sudoeste. El piso interior era de tierra apisonada y parecía estar algo más alto que el suelo exterior. Otras manchas similares sobre una pequeña plataforma hacia el barranco evidenciaban la existencia de un poblado. Así, cerca del barranco se encontraron las huellas de otros dos postes de madera, ovales y de unos 15 centímetros de largo. Alrededor de ellos, varias piedras hincadas en el suelo rodeadas de manchas carbonosas, como de arcilla cocida, que serían el interior de las cabañas, y de círculos negros que corresponderían a estacas y postes de madera.

Huella de poste en la cabaña número 2 del poblado de Cantarranas.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

A través de estas huellas, los autores describieron las cabañas como del tipo de cabañas de postes. De planta redonda y con armazón de madera sustentado por unos postes principales, hincados en el suelo, sobre los que se apoyaría un entramado de estacas transversales unidas por cuerdas. El revestimiento, tanto exterior como interior sería de arcilla; su cocción podía deberse bien al incendio de la choza o bien al calentamiento accidental por la proximidad a los hogares. Cabañas muy semejantes a estas de Cantarranas habían sido ya descritas en Europa (Alemania, Países Nórdicos, Grecia, Italia y el Levante español).

El poblado.
El poblado no fue excavado en su totalidad. Sospechaba Pérez Barradas, no obstante, que se trataba de un poblado semicircular, con la parte recta a espaldas del barranco de Cantarranas, sin que se haya podido determinar si la parte circular estaría defendida por foso o empalizada o completamente abierta.

Detalle del plano del poblado de Cantarranas.
(Plano: Pérez de Barradas, J. (1931); Op. Cit.)

Estaría formado por varias filas de chozas alineadas de Oeste a Este, con los basureros cerca de la entrada de las cabañas y, a juzgar por el hallazgo de estos materiales cerca de los restos de las viviendas, con una cornamenta o asta de toro, ciervo o cabra sobre la puerta. Los espacios libres entre chozas seguramente se usaron para el encierro del ganado.

Vista general de la sección B del poblado de Cantarranas. Al fondo, la Casa de Velázquez.
(Foto: autor desconocido, 1930; Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid)

El poblado debió ser abandonado voluntariamente. La ausencia de objetos bien trabajados no se corresponde con lo hallado en otros poblados de la época, lo que hace sospechar que sus moradores portaran consigo todo cuanto estuviera todavía en buen uso de cerámica, pedernal, cobre, etc. en el momento de la partida, dejando únicamente lo inservible en los basureros.

Conclusión.
El yacimiento de Cantarranas se encontraba parcialmente arrasado en el momento de su excavación. Los restos hallados fueron, en general, pocos y realizados con materiales bastante pobres. Por último, la gran extensión supuesta por Pérez de Barradas no pudo demostrarse ser tal. No obstante, ha tenido un gran valor para el estudio de la prehistoria ya que por primera vez se realizó una planimetría de un poblado de “fondos de cabaña”. Sin olvidar que la minuciosa descripción de las estructuras, incluidas las huellas de los postes y de los objetos hallados, así como el análisis e interpretación de todo ello aún sirve de apoyo para la valoración de otros yacimientos similares.

Para nosotros, además, tiene el enorme valor de llenar, como decíamos, otra página más en la (pre) historia de la Dehesa de la Villa.

Bibliografía:
- Ayto. de Madrid (2008): Arqueología, América, Antropología – José Pérez de Barradas (1897 – 1981) – Catálogo de la Exposición
- Ayto. de Madrid (2011): Guía del castillo de la Alameda y su entorno
- Bellido Blanco, A. (1995): La problemática de los “campos de hoyos”. Una aproximación a la economía y el poblamiento del calcolítico y la edad del bronce en la submeseta norte
- Garrido Pena, R. (1999): El campaniforme en la meseta: análisis de su contexto social, económico y ritual
- Caballero Casado, C. (2006): El Patrimonio Arqueológico y Paleontológico en las obras de ampliación de Metro de Madrid 2003-2007: III. Terciario y Cuaternario en la Comunidad de Madrid - Arqueología: la huella de la Humanidad
- Fernández Talaya, T. (1999): El Real Sitio de La Florida y La Moncloa: Evolución histórica y artística de un lugar madrileño
- Pérez de Barradas, J. (1931-32): Excavaciones en el poblado eneolítico de Cantarranas (Ciudad Universitaria de Madrid)
- Vega y Miguel, J.J. (1996): Seguimiento arqueológico de las obras realizadas en el entorno del yacimiento de Cantarranas en la Ciudad Universitaria de Madrid

Guía micológica de la Dehesa de la Villa: Fichas 26, 27 y 28

22 de septiembre de 2012

Ficha 26 (Clavulina rugosa), Ficha 27 (Agaricus bernardii) y Ficha 28 (Gymnopilus spectabilis) de la Guía Micológica de la Dehesa de la Villa, de José Castillo Pollán, Josetas.

El comienzo del otoño suele ser una buena época para encontrar setas, sobre todo si el tiempo acompaña con abundantes lluvias. Aquí traemos las fichas de tres nuevas setas, dos de ellas muy raras que, con un poco de suerte, quizá puedan encontrarse próximamente en la Dehesa de la Villa.

Recordamos a todos los lectores el riesgo de consumir las setas de la Dehesa, incluso aquellas identificadas como comestibles, tal como explicamos en la presentación de la Guía micológica.

Ficha 26: Clavulina rugosa

(Foto: J. Castillo; tomada en la Dehesa de la Villa, 08-10-2009)

Clavulina: del latín clava, mazo, palo grueso, por su forma de pequeña porra.
Rugosa: del latín ruga, arruga, por su superficie rugosa.

Carpoforo: entre 3-7 cm, de forma espatulada y ramificado en varias ramas de formas tortuosas, de color blanco sucio.

Himenio: recubre toda la parte externa del carpoforo.

Esporada: de color blanco.

Toxicidad: sin interés culinario.

Notas: especie muy rara, en la Dehesa de la Villa sólo ha sido vista en la fecha indicada en la fotografía.

Ficha 27: Agaricus bernardii

(Foto: J. Castillo; tomada en la Dehesa de la Villa, 10-10-2010)

Agaricus: del griego agarikón, campestre, por su hábitat natural en prados y pastos.
Bernardii: nombre latinizado en honor de G. Bernard, de origen francés.

Sombrero: de 5 a 15 cm de diámetro, globoso o hemisférico. De carne muy compacta, resquebrajándose con la edad y con el centro hundido en la vejez. De color blanquecino con escamas de color pardo, más o menos oscuras, se tiñe de rosa rojizo al ser manipulado

Pie: de 5-10 x 2-4 cm, corto y robusto. De color blanquecino y manchado de color pardo, tiene un anillo ínfero de color blanco.

Láminas: de color rosa a gris oscuro con arista blanquecina.

Esporada: de color pardo purpúrea.

Toxicidad: está considerada comestible, pero no es muy apreciada debido a su mala calidad. Desprende un olor como de pescado, que no la hace apetecible

Notas: es una especie rara y a proteger; en la Dehesa de la Villa sólo ha sido encontrada en un setal en la fecha indicada en la fotografía.

Ficha 28: Gymnopilus spectabilis

(Foto: J. Castillo; tomada en la Dehesa de la Villa, 17-10-2009)

Gymnopilus: del griego gymnòs, desnudo, y pileos, gorro, por su cabeza sin revestimiento.
Spectabilis: del latín spectabilis, notable, distinguido, por alcanzar en ocasiones dimensiones excepcionales.

Sombrero: hemisférico al principio, después se torna en convexo, con el margen involuto. De color amarillo o amarillo anaranjado y cubierto con fibrillas. Puede alcanzar los 5-18 cm de diámetro.

Pie: de tamaño 15 x 3 cm, fusiforme y radicante, de forma robusta. Decolorado, con fibrillas radiales y un anillo apical alto.

Láminas: primero son de color amarillo y después amarillo anaranjado. De formas espaciadas y ventrudas, un poco decurrentes.

Esporada: de color amarilla anaranjada.

Toxicidad: es sospechosa de toxicidad y prácticamente incomestible por el sabor amargo de su carne y su consistencia casi fibrosa. Se le atribuyen efectos alucinógenos.

Notas: muy común en tocones de pinos cortados, a los que nacen unidos por los pies. En la Dehesa de la Villa corre riesgo de desaparecer si se siguen retirando los tocones de los árboles talados.

Conoce las aves de la Dehesa de la Villa: 1- Papamoscas cerrojillo

12 de septiembre de 2012

Comienzo de una nueva serie de artículos monográficos sobre las aves de la Dehesa de la Villa. El papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca).

De la mano de Pepe Monedero, de quien ya hemos publicado la serie Fauna en la Dehesa de la Villa: Diarios de campo, iniciamos ahora una nueva serie monográfica sobre las aves. Mes a mes iremos publicando artículos breves acerca de las aves que en esa época del año pueden avistarse en la Dehesa de la Villa. Además de una fotografía, contendrán la información básica y algunas curiosidades sobre la especie, con un propósito eminentemente práctico y la intención de animar a nuestros lectores a observarlas en su medio natural.

Acompaña a Pepe en este proyecto su hijo Gonzalo Monedero Montes. Estudiante de Grado en Biología en la UCM, Gonzalo es socio de SEO y ha participado como voluntario en numerosos anillamientos. Ha heredado de su padre la pasión por la naturaleza y, como buen vecino de la Dehesa de la Villa que es desde niño, la conoce a la perfección. Damos la bienvenida a Gonzalo al blog y agradecemos a ambos, Pepe y Gonzalo Monedero, esta colaboración que a buen seguro hará las delicias de los amantes de las aves.

Papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca).

(Foto: J. Monedero; fotografiado en la Dehesa de la Villa, 19-08-2012)

El papamoscas cerrojillo es un paseriforme que está presente en la Dehesa principalmente en la migración otoñal, y es fácil de observar desde finales de Agosto a mediados de Septiembre, fechas en las que pasan por el centro de la Península Ibérica en gran número con dirección al oeste de Africa, donde permanecerán durante el invierno.

Es un ave de pequeño tamaño que se caracteriza por estar moviéndose continuamente con frecuentes sacudidas de las alas en las que tiene unas llamativas manchas blancas, y agitando la cola de arriba abajo con bastante frecuencia. Es un hábil cazador de insectos, siendo habitual la utilización de un posadero en una rama de un árbol o arbusto, desde donde se lanza en vuelo para cazarlos.

Tiene un marcado dimorfismo sexual en primavera durante el periodo nupcial cuando cría, donde se distinguen muy bien los machos de la hembras, después de criar y haber realizado la muda en el verano para iniciar la migración otoñal a los cuarteles de invierno, es difícil diferenciar los sexos pues el plumaje es muy similar en machos y hembras.

Cría en huecos de árboles en bosques frondosos caducifolios y de coníferas, además de parques donde existan árboles maduros, llegando hasta zonas remotas de la taiga. En la Dehesa de la Villa no cría, y como se ha comentado anteriormente, se le puede observar en paso durante unas fechas concretas. En la Comunidad de Madrid cría generalmente en la sierra por encima de los 1.000 metros, donde utiliza frecuentemente cajas nido.


Serie Conoce las aves de la Dehesa de la Villa:
1 - Papamoscas cerrojillo
2 - Curruca capirotada
3 - Petirrojo europeo
4 - Lavandera blanca
5 - Mosquitero común
6 - Reyezuelo listado
7 - Golondrina común
8 - Vencejo común
9 - Pito Real
10 - Mochuelo europeo
11 - Cotorra argentina
12 - Mito
13 - Colirrojo tizón
14 - Verdecillo
15 - Mirlo común
16 - Carbonero garrapinos
17 - Herrerillo capuchino
18 - Paloma torcaz
19 - Gorrión común

El extraño suceso de la mujer muerta en la casa misteriosa de Peña Grande

3 de septiembre de 2012

Sobre el caso de una mujer, fallecida en “la casa del misterio” de Peña Grande en 1935, que parecía seguir con vida dos días después de su muerte... y localización de la misteriosa casa.

En anteriores ocasiones hemos mostrado en este blog nuestra afición a rastrear e investigar fotografías antiguas, tratando de averiguar dónde fueron tomadas y comparar cómo han cambiado esos escenarios en la actualidad. En esta ocasión, la investigación comenzó a raíz de la aparición en el foro Urbanity de unas fotos que llevaban por título Hotel de Peña Grande en Fuencarral. Para quien no lo conozca, diremos que Urbanity es un foro con multitud de hilos abiertos sobre temas varios de Madrid y otras ciudades; en uno de ellos, De Madrid al cielo: Álbum de fotos históricas, se recogen infinidad de imágenes de Madrid imprescindibles para cualquier amante de las fotografías antiguas.

Fotografías de Urbanity que dieron origen a nuestra investigación.
(Fotos: Videa, 1935; publicadas por Juanjo en Urbanity – De Madrid al cielo...)

Con estos pocos datos de Urbanity (“Hotel de Peña Grande en Fuencarral. Foto: Videa”), iniciamos nuestra investigación por las hemerotecas.

Página de Crónica con las fotos
aparecidas en Urbanity.

No tardamos mucho en encontrar que las fotos habían aparecido en un reportaje gráfico publicado en el semanario Crónica (24-11-1935) sobre el caso de una extraña muerte acontecida en un “hotel” de Peña Grande, en aquel entonces una barriada perteneciente al término municipal de Fuencarral. El caso llamó inmediatamente nuestra atención y no paramos hasta averiguar dónde se ubicaba dicho hotel.

A estas alturas del relato, seguramente la mayoría de los lectores estén deseando saber ya qué es lo que ocurrió. No demoraremos, pues, la narración de lo que allí aconteció y dejaremos para el final del artículo el detalle de la investigación realizada para localizar el sitio exacto donde se ubicaba la casa.

El suceso.
El jueves 14 de noviembre de 1935 fallecía en una casa de Peña Grande, Fuencarral, Amparo Bravo Blanco, de cuarenta y siete años de edad, víctima al parecer de una angina de pecho. La mujer, viuda y originaria de Cantabria, había entrado a trabajar como criada en la casa sólo un día antes.

Como suele ser habitual en estos casos, el juez dictaminó la necesidad de practicar la autopsia, para lo que ordenó el traslado del cadáver al depósito judicial del cementerio de Fuencarral.

Hasta aquí, nada fuera de lo corriente. Pero ocurrió que cuando los doctores Reinoso y Cortés iban a practicar la autopsia, a pesar de haber transcurrido ya más de veinticuatro horas desde que se creyó muerta a la mujer, el cuerpo no presentaba los síntomas característicos del fallecimiento, constatándose, por el contrario, algunos signos de vida: la cara, sin demacración, mueca ni expresión cadavérica (facies hipocrática) mostraba color sonrosado y expresión de serenidad, casi se diría que sonreía; los ojos, abiertos, sin el aspecto vidrioso típico en los cadáveres, especialmente el izquierdo, que presentaba un brillo completamente normal; las pupilas, sometidas a manipulaciones mecánicas y químicas, no mostraban ninguna alteración; las extremidades inferiores estaban frías, pero en la parte superior la piel conservaba cierta temperatura a pesar del frío reinante en la estancia; la frente, mejillas, cuello, región precordial, abdomen y extremidades superiores tenían una temperatura normal; aunque las piernas estaban rígidas, los brazos y articulaciones de los dedos podían doblarse sin esfuerzo, sin el menor indicio de rigor mortis... Por todo ello, en vista de que el cuerpo no presentaba los síntomas que de acuerdo a la medicina forense permitían certificar la defunción y proceder a la autopsia y posterior inhumación, los doctores decidieron suspender la diligencia que se les había encomendado.

Sorprende que se publicaran este tipo de imágenes de la fallecida en la prensa.
Arriba, a su llegada al depósito. Enteramente, parece como si sonriera.
(Foto: Videa; Crónica, 1935; Hemeroteca BNE)
Debajo, el doctor Reinoso muestra el funcionamiento de las articulaciones sin la menor rigidez.
(Foto: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

El misterio.
La noticia apareció en la mayoría de los diarios de la época. Espoleado por el sensacionalismo de algunos periodistas, comenzó a propagarse el rumor de que la muerta estaba viva y comenzaron a hacerse hueco toda suerte de hipótesis y cábalas sobre lo acontecido.

Por el cementerio desfilaron multitudes de curiosos, algunos de los cuales llegaron a afirmar que vieron cómo el cadáver movía brazos y piernas. Familiares allegados de la víctima declararon que años antes había sufrido un ataque similar a consecuencia del cual estuvo varias horas sin dar señales de vida, lo que dio pie a conjeturar sobre una posible catalepsia. Otros relacionaron los antecedentes con fechas, números y circunstancias de mal agüero, como que la finada había comenzado a trabajar un día 13 en que el cielo estaba plomizo y reinaba un fuerte viento... hubo incluso quien afirmaba que la muerta había resucitado.

Expectación de la prensa y curiosos en el depósito del cementerio de Fuencarral.
(Foto: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

Fin del caso, la leyenda continúa.
El sábado 16 comienzan a disiparse las dudas. A pesar de haber transcurrido más de cuarenta y ocho horas desde la supuesta defunción, aún no son patentes todos los signos de defunción. Los ojos comienzan a vidriarse, habían aparecido algunas manchas violáceas y desaparecido toda temperatura del cuerpo, pero el color de la piel seguía siendo normal y no había signos de rigidez. Los médicos se muestran sorprendidos, pero no dudan de la muerte. De hecho, el doctor Reinoso manifestó que nunca dudó de ello y su primera impresión es que la mujer había fallecido, pero ante la falta de signos de muerte, era su deber asegurarse y esperar.

El domingo 17 por la mañana se llevó a cabo la autopsia, que certificó la defunción a consecuencia de graves lesiones valvulares. Esa misma mañana se procedió al entierro del cadáver en el cementerio de Fuencarral.

En definitiva, muerte natural por un ataque de asistolia. Parece ser que no es extraño en este tipo de muertes que ciertos fenómenos cadavéricos evolucionen más lentamente. Los médicos no dejaron de constatar, no obstante, lo extraordinario del suceso, con casi setenta y dos horas transcurridas y tan escasas señales de descomposición cadavérica. De hecho, el caso fue recogido en los Anales de la Real Academia Nacional de Medicina (1948 - Tomo LXV - Cuaderno 2).

Momento del entierro.
(Foto: Videa; Crónica, 1935; Hemeroteca BNE)

Muerta y enterrada la mujer, la imaginación popular se resistía a dar por concluido el suceso y creó su propio folletín. Contribuyó a exacerbar la imaginación popular el hecho de que la familia para la que había entrado a trabajar la fallecida apenas un día antes eran conocidos espiritistas y que algunos vecinos atribuían a la casa un halo de cierto misterio. Todo ello dio pábulo a rumores, según alguno de los cuales la mujer había sido víctima de algún tipo de acto esotérico, en el transcurso del cual cayó en estado de hipnosis (de ahí la ausencia de evidencia cadavérica durante dos días) y de ese primer sueño a la muerte.

Nada más lejos de la realidad. Ya hemos comentado anteriormente las causas naturales del fallecimiento. Nos ocuparemos a continuación de la casa.

La casa del misterio.
La casa donde ocurrió el suceso pertenecía a la familia Passapera, cuyos miembros eran, como decíamos, declarados espiritistas; lo que bastó para crear sobre la familia una leyenda de vida aislada y misteriosa en su casa de Peña Grande: casa apartada y retirada, de extrañas formas arquitectónicas y apariencia sombría, en cuyo interior se hallaban escritos unos versos satánicos. De ahí que, entre algunos de los vecinos de la barriada, la vivienda fuera conocida como “la casa del misterio”.

Ya la prensa de la época trató de disipar tal misterio. La familia Passapera era bastante conocida y respetada en Madrid por su negocio de confecciones y su apellido era de los más sonados en el mundo industrial.

El negocio de alta costura y confección de la familia Passapera fue muy duradero y bastante conocido en Madrid; no en vano, se anunciaba con frecuencia en la prensa. A la izquierda, arriba, el primer anuncio que hemos encontrado, de 1925; el de debajo es de 1928. El anuncio del centro apreció junto a un reportaje de moda, en 1929. El de la derecha, arriba, se publicó en un diario de provincias, en 1936; el del centro, es de 1952 y el de debajo, el último que hemos encontrado, de 1968.

Los propios miembros de la familia concedieron entrevistas en las que públicamente reconocían su afición espiritista, sin darle mayor importancia y sin entender que sus creencias, tan respetables como cualquier otra, se hubieran visto involucradas en el asunto. Se avinieron, además, a mostrar y dejar fotografiar su casa para enseñar a todos lo infundando de los rumores.

Arriba, el comedor de la casa cuyas paredes estaban adornadas, en trazos góticos sobre azulejos, con los versos que dieron lugar a toda clase de cábalas. Debajo, la cocina donde falleció la mujer.
(Fotos: Cortés; Mundo Gráfico, 1935; Hemeroteca BNE)

La soledad y el aislamiento que se atribuían a la casa no eran tales. Se encontraba bien visible, en un montículo a escasos cincuenta metros del tranvía. Sus extrañas formas obedecían a que fue edificada por su anterior propietario que fue quien la había construido con sus propios medios y con algunos materiales de desecho allá por los años 20 del pasado siglo. De ahí su estilo ecléctico y apariencia pintoresca pero esbelta, con arcos, capiteles y cúpulas de estilo árabe. No era en absoluto sombría y misteriosa; al contrario, era un conjunto alegre y claro desde el que había excelentes vistas a la sierra. Y los satánicos versos no eran tales, sino unos escritos por Alfredo Nistal, político socialista y masón, al parecer amigo del anterior propietario (curiosamente, hubo en Peña Grande, años después, un bar Nistal, en la c/ Joaquín Lorenzo; desconocemos si guardaba alguna relación con el Nistal anteriormente citado). El contenido, nada esotérico, era un simple homenaje a la casa construida por su amigo (La edificaste como una Alhambra, -entre la higuera y entre la vid [...]), como demuestran los siguientes versos que recogió la prensa:

Con las herrumbres, con los espinos,
con los hallazgos que hace el azar,
las viejas cosas de obscuros sinos,
y con las piedras de los caminos,
y los yesones del clavijar
has amasado tu excelso alcázar
con las herrumbres, con los espinos,
con los hallazgos que hace el azar.
Le has amasado –pan de ternura-
(pan de ternura: pan de dolor)
de tu reposo, de tu sudor,
de tu demencia, de tu cordura,
la vida ha sido la levadura.
con la constancia del soñador
le has amasado – pan de ternura-
(pan de ternura: pan de dolor).

Como suele ocurrir con rumores infundados y sensacionalismos, el paso del tiempo y la aparición de nuevos bulos fueron sumiendo nuestro caso en el olvido. El desarrollo urbanístico y la piqueta hicieron el resto, borrando todo vestigio de la finca. Y hoy, en Peña Grande, como veremos a continuación, no queda nada que recuerde lo sucedido aquel mes de noviembre de 1935.

La localización de la casa.
No ha sido fácil dar con el lugar donde se levantaba la casa de la familia Passapera. En los artículos de prensa de la época no aparecía ningún dato de localización (dirección, etc.); tan solo se mencionaba que la finca se encontraba en un montículo al lado de la vía del tranvía. Quien conozca Peña Grande y el trazado del antiguo tranvía convendrá enseguida que con estos datos no basta, pues la antigua vía del tranvía deja a su derecha una ladera a lo largo de todo su recorrido por la actual c/ de Joaquín Lorenzo. La inspección in situ, recorriendo las calles de Peña Grande y preguntando a algún antiguo vecino, también resultó infructuosa: no había ningún rastro de la misteriosa casa. Por último, la búsqueda de una relación entre la familia propietaria y Peña Grande tampoco daba resultado: los artículos sobre el caso hablaban erróneamente de la familia Pasapera, cuando en realidad resultó ser Passapera.

Tras mucho releer, hallamos por fin el dato que nos guió. En uno de los reportajes de prensa sobre el suceso, se mencionaba que uno de los miembros de la familia había dirigido el Centro Espiritualista Español y, por suerte, dimos con un artículo de 1931 sobre dicho centro en el que, ahora sí, aparecía el nombre correcto: José Passapera Fuertes.

Con estos datos, a continuación encontramos la esquela de José Passapera, que no publicamos para no resultar irrespetuosos. Allí se mencionaba que falleció en 1968 en su finca “La Esperanza” de Peña Grande. Afortunadamente, en nuestros archivos teníamos copia de algunos números de la antigua revista editada por la Asociación de Fomento de Peña Grande (entre 1928 y 1951). En uno de ellos, de 1950, topamos con el siguiente anuncio:


La casa no dejaba lugar a dudas y por fin aparecía una dirección: Ramón y Cajal, 5. Según el callejero municipal, esta calle pasó a denominarse Islas Nicobar en 1953 y desapareció en 1991, con la reparcelación iniciada a finales de los 80 para la apertura de la continuación de la Avenida de la Ilustración a su paso por Peña Grande. Pero allí estaba otra vez la revista de Asociación de Fomento, con un plano parcelario de 1930, para sacarnos del atolladero.


Trasladarlo al plano actual resultó sencillo, como puede apreciarse en las vistas aéreas que mostramos a continuación. La parcela, que limitaba al noroeste con el arroyo de La Veguilla, lo hace actualmente con la c/ Ramón Castroviejo y la continuación de la M-30 / Avda. de la Ilustración. Y al este, que limitaba con Ramón y Cajal (o Islas Nicobar), al desaparecer la calle lindaría ahora con otros edificios de viviendas con entrada por la c/ Isla Malaíta. Donde estuvo la Granja La Esperanza se encuentra hoy día un edificio nuevo de viviendas y la piscina de otro, ajenos a todo el revuelo que un día se armó a su alrededor.

(Planos: Ortofotomapa Comunidad 1975 y Ortofotomapa Comunidad 2011; Planea CM)

Vista desde la esquina de Isla Malaíta con Joaquín Lorenzo, donde puede apreciarse la pendiente del montículo donde estuvo la Granja La Esperanza.
(Foto: A. Morato, 2012)