Blog de la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa de la Villa
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El Canalillo

21 de noviembre de 2012

Recuerdos de la infancia alrededor del Canalillo. Con fotografías antiguas de José Luis Berzal.

Uno de los temas que teníamos pendientes de abordar era el del Canalillo a su paso por la Dehesa y alrededores, pero no terminábamos de decidir cómo hacerlo. Por un lado, disponíamos de unas fotografías antiguas que José Luis Berzal nos había cedido para el álbum colectivo que sobre la Dehesa y sus barrios estamos elaborando. Pero por otro lado, nos parecía redundante abordar este tema de la forma en que habitualmente lo hacemos; nuestros amigos de Historias Matritenses tienen ya publicado un magnífico artículo sobre la historia del Canalillo de Madrid que, aunque no se centra exclusivamente en el ramal Norte (el que discurría por la Dehesa y sus inmediaciones) proporciona toda la información básica sobre su construcción, recorrido, etc.

Recientemente, uno de nuestros lectores, Manuel Michelena, se puso en contacto con nosotros para ofrecernos una colaboración en forma de relato con los recuerdos de su infancia alrededor del Canalillo. Dicho y hecho, Manuel nos proporcionó un relato entrañable de andanzas y correrías de chavales por el Canalillo allá por los años 50, en el que parecían encajar más que a propósito las fotografías de que disponíamos. El resultado es el artículo que ofrecemos a continuación, en el que, además de contarse cómo era el Canalillo, aparece reflejado uno de los barrios próximos de la Dehesa, el que se situaba en la zona baja de Francos Rodríguez, entre la c/ Pirineos y el actual Paseo de Juan XXIII.

A ambos, Manuel Michelena y José Luis Berzal, les quedamos profundamente agradecidos por su amable colaboración.

Nuestro cuartel general. El Canalillo.
Texto: Manuel Michelena. Fotos: José Luis Berzal. Con permiso a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa para su reproducción; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por los autores.

Desde la Dehesa de la Villa, hasta Reina Victoria, pasando por el puente de Amaniel y el Caño Gordo, era el canalillo nuestro teatro de operaciones. Allí cogíamos varas, de unos árboles que llamábamos mal hueles y jugábamos a espadachines; cuando fuimos creciendo, arrancábamos varas, y saltábamos de un lado al otro del canal utilizándolas como si fueran pértigas.

‘Mal huele’ es uno de los nombres populares que se le da al ailanto. En la imagen, unos chavales que podrían ser perfectamente los protagonistas de nuestro relato, cortan varas de ailanto en la orilla del Canalillo. En la esquina superior izquierda puede verse un trozo del letrero donde se indica que es el ramal del Norte.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pescábamos ranas, a las que luego hacíamos fumar, abriéndoles su gran boca. También era divertido coger culebras que llevábamos al barrio para asustar a las chicas. Había un chico, que le llamábamos Kadul al que admirábamos mucho, que se metía las culebras dentro de la camisa. Todos le mirábamos sorprendidos, y las chicas se preguntaban dónde estaría la culebra, y nuestro buen amigo se la sacaba por debajo de los calzoncillos a la altura de las rodillas. Era un chico un poco desgarbado, alto, moreno, más bien casi negro, poco hablador pero que se había ganado el respeto de nuestra cuadrilla, ya que ninguno de nosotros era capaz de hacer lo que él hacía. Había uno, el Ginés que se metía las ranas, pero eso ya no nos impresionaba tanto. Yo alguna vez lo intenté, para quedar bien con los chicos, pero no era muy agradable. Te entraba un cosquilleo, y arañaba un poco y no paraba de moverse. Lo bueno era meterse tres o cuatro a la vez.

Alguien descubrió un día unos pececillos pequeños y estuvimos inventando artilugios para poder pescarlos, pero no lo conseguimos. A mí me fastidió ese fracaso y una mañana cogí un tenedor de mi casa, un alambre y corté una vara grande del canalillo. Estuve cerca de dos horas intentando ensartar a los pobres bichos, pero no conseguí nada. Se ve que de eso no dependía nuestra supervivencia, porque ahora veo reportajes en la TV y a personajes medio desnudos, pescando con lanzas, aparentemente con facilidad. Bueno realmente mis peces eran bastante pequeños.

Es curioso, que a pesar de que las aguas del canal iban generalmente limpias, y que apenas cubría un metro, casi nunca nos bañábamos. Se ve que eso de lavarse y bañarse no se llevaba mucho en la clase obrera. Nuestro deporte consistía generalmente en saltarnos el canal de una orilla a otra, ya que apenas tenía dos metros de ancho, medida aceptable para nuestra edad.

Dos niños caminan por el borde del Canalillo. Puede apreciarse perfectamente su anchura y profundidad tal como se menciona en el relato. Obsérvese que los niños portan cántaros y una lechera; seguramente irían a por leche a alguna de las varias vaquerías o majadas que había por la zona.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

A propósito de esto, recuerdo una historia que me ha quedado grabada, y que mis amigos han recordado pasado el tiempo con bastante frecuencia. Uno de los juegos de la pandilla era nombrar a un jefe, y hacer todo lo que él hacía. Se llamaba el juego seguir a la madre. Pues bien, se unió a nuestro grupo un chaval del otro barrio, que no era habitual que estuviera con nosotros, y quiso entrar en el juego. Nosotros le dijimos que era muy pequeño y que el juego era difícil jugarlo. Tanto insistió que al final lo admitimos. Hicimos barbaridades por el barrio, y como siempre acabábamos en el canalillo. Nos colamos por las alambradas, que eran de púas, y pasábamos entre medias con todos los cuidados.

Enternecedora imagen de un niño asomándose al Canalillo apoyado en las alambradas.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Nuestro buen Mito, que así se llamaba el chaval, nos fue siguiendo a trancas y barrancas, pero llegó la hora de ir saltando el canalillo siguiendo a la madre, y aquí llegaron las dificultades para nuestro pobre amigo. Falto de facultades no podía superar los dos metros y tomando carrerilla, saltaba y se pegaba con el borde cayendo al agua, así que decidimos después de jalearle todos, que lo cruzara a pie. Al pobre le llegaba el agua por la cintura. Parecía un Cristo, y para más Inri, en medio del juego apareció por una curva el guarda, que nos la tenía jurada. Como pájaros asustados, huimos en desbandada saliendo por las alambradas como pudimos. Detrás un guarda enfurecido, tirándonos piedras, llamándonos cabrones, cagándose en nuestra puta madre y otras lindezas.

Otra vista de la alambrada del Canalillo, en este caso a su paso por la Dehesa de la Villa a la altura del Cerro de los Locos. En la esquina inferior izquierda puede apreciarse el letrero del Canal prohibiendo el paso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Llegamos cada uno a nuestra casa como pudimos y a la hora de comer ya se me había olvidado el incidente, ya que era bastante habitual en nuestro programa de festejos. Estaba comiendo tan tranquilo en mi casa con mi madre y mis hermanos, y escuchamos un alboroto en el jardín, me asomo, y veo en la puerta un montón de chicos y una vieja llevando de la mano al Mito. El espectáculo era jodido. Una vieja chillando, el Mito todo mojado y con los pantalones rotos. Mi madre que se asomó al ver el ruido de la vieja, acostumbrada un poco a las aventuras de su hijo, solo exclamó ¡ene ama! Que siempre decía cuando ocurría en casa alguna cosa fuera de lo corriente.

La verdad, el número era impresionante. Cuando salimos de estampida con el guarda pisándonos los talones el chaval se arrastró hasta las alambreras, y se enganchó los pantalones. Yo no sabía qué hacer, y de repente el Mito, señalándome con el dedo le dijo a su abuela que no dejaba de chillar, ¡Ha zido eze! el pobre ceceaba un poco. Salimos como pudimos del lance. El castigo de mi madre fue varios días sin salir, y desde luego al Mito ya no le volvimos a admitir en nuestra pandilla.

Una pandilla de chavales juega con una carabina de perdigones en las proximidades del Canalillo, en la vaguada que había entre las actuales calles del Almirante Francisco Moreno y del Camino de las Moreras.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Ya he mencionado al guarda, quiero decir que nosotros le dábamos bastante trabajo y el hombre siempre estaba de mala leche. Cuando bajaba a las tiendas del pueblo a por tabaco o a tomarse un chatillo en la taberna del Sr. Fermín desaparecíamos todos de la calle por donde el pasaba, y si quedaba alguno, era blanco de sus miradas amenazantes. Le llamábamos Gazaparullo y se lo gritábamos siempre que estábamos lejos de su alcance y él, como siempre, nos llamaba cabrones e hijos de puta. A unos cuantos nos la tenía jurada, pues ya nos conocía de otras veces… Sin embargo, lo que es la vida, hubo una circunstancia en la que pagamos por nuestro pecados con el guarda. Un día de correrías, fuimos a los viveros, nuestro límite del territorio con el caño Gordo, y estuvimos cogiendo moras y amajuelas, terminando nuestra jornada, entrando al canalillo a la altura del Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, para tranquilamente salir por la puerta que siempre estaba abierta para el paso de los guardas, a la altura del merendero de Casa Gorris.

Evocadora estampa de cómo eran las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a mediados del s. XX.
En la imagen, la c/ Tremp. A la izquierda, entre los árboles y el poste de la luz, puede verse la esquina del alero de una casa que todavía pervive en el número 42. La acera derecha ha desaparecido completamente; nótese en la esquina superior derecha el cartel anunciando Casa Gorris.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

La verdad que íbamos relajados, llenas las manos de moras y amajuelas, cuando de repente encontramos en la puerta un mozarrón fuerte, mal encarado, que tapándonos la salida nos dice, ¡con que Gazaparullo, eh! Nos puso en fila a todos los chavales para que saliéramos y según íbamos atravesando la puerta, nos iba pegando una hostia al tiempo que decía ¡toma gazaparullo! No hubo forma de escapar a ese convite, y allí terminamos todos comulgando, sin haber oído misa, una tarde de Agosto. Al oficiante de la ceremonia le llamaban El Nene y era hijo del guarda. Pasado el tiempo, y ya mas mayorcitos, nos hicimos amigos del guarda y supimos que se llamaba Eugenio y nosotros le ofrecíamos tabaco, y algún que otro chatejo de vino y le gustaba que le llamáramos Sr. Eugenio. Mira que erais perros, nos decía. Yo creo que era el exceso de salud que teníamos, que había que gastarla de alguna forma.

Trasera de la calle Tremp en su límite con el Canalillo, el lugar exacto de la entrada a Casa Gorris donde el relato sitúa el encuentro con el hijo del guarda. A la izquierda, las alambradas y, al fondo, la puerta de acceso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Otra de las aventuras del verano también en el canalillo, era la búsqueda de pelotas que se caían por encima de las tapias de la Piscina Tritón en la calle Valls Ferrera, cuyo límite era el canal, todo lleno de zarzas, arboleda espesa, varas de mal huele, etc. La gente esperaba el final del día para a la salida ir en busca de la pelota que se les había colado. Tarea casi imposible para personas poco acostumbradas a andar por esos matorrales, que nosotros conocíamos como la palma de la mano. También había que saltar las alambradas de espino. Demasiado para unos chicos de ciudad.

El Canalillo en la vaguada que hoy ocupa el parque de Ofelia Nieto. Puede apreciarse la frondosidad que se menciona en el relato. Además, uno de los puentes disponibles para cruzar el Canalillo y, a la derecha, una de las puertas de acceso. Obsérvese igualmente, detrás del árbol, un capirote del viaje de agua de Amaniel.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Un día a la semana, generalmente los lunes, llamábamos a los chicos del otro barrio y juntos emprendíamos la búsqueda de esos tesoros que no estaban al alcance de nosotros. Muchas veces jugábamos al fútbol con pelotas de trapo. Terminada la jornada con dos o tres pelotas de botín, llegaba la hora del reparto. Poníamos una raya en el suelo, y mediamos quince pasos, cogíamos cada uno una piedra lo mas lisa posible (de las que usábamos para jugar al palmo y dao), y la tirábamos por orden intentando conseguir que cayera lo más cerca posible de la raya, y se repartían los trofeos según el orden conseguido. Casi siempre ganábamos los mismos, y los del barrio de arriba estaban mosqueados y se empeñaron en que nos lo jugáramos a los montones, cosa que yo me negaba porque sabía que manejaban las cartas mejor que nosotros, y además sabían hacer trampas.

A propósito de estas discusiones por este negocio, un día el Pichi que era un pandillero del otro barrio empezó a calentarnos a los dos Jefes de Barrio, como ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez simulando un combate de Lucha libre Americana. Por un lado el Ufano, y del otro el Pocholo, este era yo. Empezaron a jalearnos todos los chavales, y ya harto del juego del Pichi, di un paso al frente, sacando pecho y dije ¡aquí hay uno! Cosa curiosa, el Ufano se achantó. Yo tenía las piernas temblando, pero nadie se dio cuenta. No veas como quedé y el respeto que gané en las dos bandas. Pasado el tiempo, siempre le he pedido a la vida que no me pusiera en situaciones violentas, y gracias a Dios, tengo ya 73 años y nunca las he tenido de importancia.

Terminados los juegos, los niños vuelven a sus casas por el borde del Canalillo.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Hace poco pedí a uno de mis hijos que me acercara a mi teatro de operaciones, el Canalillo de mis 12 años, ya que ahora vivo fuera de Madrid. Bloques de apartamentos, carreteras, jardines, calles asfaltadas, no pude reconocer ningún paisaje amigo. Algo se rompió dentro de mí. Mi Canalillo, aquel amigo que estuvo presente en mi historia infantil había desaparecido, se me había ocultado. Mi casa era un terraplén. Paseé por las calles y no pude saludar a nadie. Me dieron ganas de llamar a las puertas de las casas para gritarles ¡Soy el Pocholo! ¿No os acordáis de mí?

Imagen de un tiempo y un escenario perdidos. Prácticamente irreconocible, se trata de la vaguada a continuación de la Avenida Pablo Iglesias, entre las calles Almirante Francisco Moreno y Camino de las Moreras. Por entre la arboleda, discurría el Canalillo. Al fondo se distingue la cúpula de las antiguas escuelas del Ave María de la c/ María Auxiliadora; a la izquierda, las casas de las calles Valle de Arán, Tremp, Pirineos (puede verse el torreón de la tristemente desaparecida Quinta El Mirador)... Enteramente, parece que fuera un pueblo, tal como se menciona en el relato.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pobre Canalillo, también tú sentirás nostalgia de los tiempos pasados. Si tuvieras alma seguro que te acordarías de nosotros que siempre tuvimos un rincón para ti muy importante en nuestro corazón. Siempre te quisimos. Al despedirme de mi barrio y de ti he derramado alguna lágrima, posiblemente todavía queda en mi cuerpo de hombre resto de tus aguas. Me hubiera gustado que fuera rodando hasta tu viejo caudal conocido. ¿Acaso me estoy volviendo loco con estos pensamientos? Es posible.

Algunos de los vestigios del Canalillo en la actualidad.
Arriba, a la izquierda, ría en el parque de Ofelia Nieto; a la derecha, el Canalillo en el cruce con la antigua carretera de la Dehesa.
Debajo, a la izquierda, casas del Canal detrás del Colegio de Huérfanos Ferroviarios; a la derecha, uno de los postes de la antigua alambrada en el paseo del Canalillo en plena Dehesa de la Villa.
(Fotos: A. Morato, 2010)


Este artículo ha sido seleccionado para su publicación en el número 13 de la revista digital La Gatera de la Villa.

9 comentarios:

Ricardo Márquez dijo...

Me quedo sin palabras, ¡que relato tan entrañable!. Felicidades don Manuel por sabernos contar de corazón lo que fue su niñez y el canalillo. Gracias a blog como el vuestro estas historias pasarán a generaciones futuras (esperemos que internet no se desvanezca en la nada), y las aguas de su canalillo don Manuel, donde usted jugó, volverán a su antiguo cauce cuando relean su escrito –la imaginación no tiene límites, yo casi me he sentido un compañero suyo jugando a “La Madre”-.

Las fotos maravillosas, que hubiera dato yo por tener alguna de estas fotos cuando hice el artículo del Canalillo.

Como siempre, gracias por mencionar nuestro blog. Un abrazo.

Amigos de la Dehesa dijo...

Confiemos, como bien dices, Ricardo, en que Internet permanezca para que generaciones futuras puedan ver y entender cómo eran los barrios donde viven... Otra cosa es que les interese y no lo vean como "batallitas de abuelos"...
Trasladamos tu felicitación al autor del relato, a ver si Manuel se anima a responder los comentaraios.
Respecto a las fotos, hemos tenido la enorme suerte de contar con una persona como José Luis Berzal que allá por los años 50-60, con su cámara en mano, recorrió la Dehesa y los alrededores lo que nos permite disponer hoy de estos testimonios gráficos, prácticamente imposibles de encontrar en ningún otro sitio.
Gracias por seguirnos tan fielmente como siempre y por tus elogios.

Anónimo dijo...

Que grandes recuerdos,yo seria uno de tantos niños que salen en las fotos,naci en calle numancia y mi colegio fue el Andres Manjon,por los años 59/60 y todo muy cerquita de lo conocido como "La selva de la Virgen" detras de la piscina triton y el colegio de antiguos ferroviarios.un saludo,Francisco

Amigos de la Dehesa dijo...

Muchas gracias, Francisco, por tu visita y dejarnos un comentario. Nuestro propósito está más que conseguido si hemos conseguido despertar en ti esos recuerdos y te animamos a que los incluyas aquí en forma de comentarios.
Y por si quieres seguir recordando, te recomendamos que visites los artículos que tenemos publicados en el blog sobre la piscina Tritón y el Andrés Manjón. Sobre la Selva Virgen y el colegio de ferroviarios algún día haremos algo también.

Amigos de la Dehesa dijo...

Este artículo ha sido seleccionado para su publicación en el número 13 de la revista digital La Gatera de la Villa. Agradecemos al equipo de La Gatera su interés por nuestro trabajo y actualizamos esta entrada para incluir un enlace a la revista:
http://www.fotomadrid.com/download.php?file=La_Gatera_de_la_Villa_13.pdf

Anónimo dijo...

Yo solo era para comertar que yo era ferroviario. Y estudie en el andres manjon valla recuerdos tengo

Amigos de la Dehesa dijo...

Nos alegra, anónimo lector, que el artículo haya despertado esos recuerdos. Ni qué decir tiene que, si quieres, puedes dejárnoslos en este blog. Te quedaremos más que agradecidos.

Ricardo Torres dijo...

Nací en Reina Victoria, y en la calle de Pablo Iglesias se puede ver el "paso elevado" del canalillo, en los años 50 existía un desnivel que provocaba una pequeña cascada donde decían, que mirándola fijamente , curaba lo que entonces se llamaba el baile de San Vito, me gustaría localizar alguna fotografía de esta cascada, así como del caño gordo donde mi abuela me llevaba a jugar mientras ella lo hacia a la loteria. Que recuerdos.

Amigos de la Dehesa dijo...

Interesante apunte el que nos haces, Ricardo, sobre la cascada y sobre la creencia en sus propiedades curativas. Lo sentimos, pero no tenemos fotos de esa cascada. De Caño Gordo tenemos algunas recientes de cuando se descubrió el Arca de Amaniel, pero nunca se sabe, quizá algún lector pueda aportar más datos o incluso alguna imagen. Te quedamos agradecidos por tu visita y comentario y esperamos que nos sigas contando más cosas.

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