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Suicidios en la Dehesa de la Villa

8 de febrero de 2013

Relato sobre unos niños que encuentran un ahorcado en la Dehesa de la Villa y breve introducción acerca de sucesos de este tipo acontecidos en la Dehesa y alrededores.

Ya hemos visto en este blog como la Dehesa de la Villa ha tenido diferentes usos a lo largo de su historia: desde el uso ganadero de sus orígenes, pasando por el uso militar en la segunda mitad del s. XIX, y durante la Guerra Civil, a su actual uso lúdico, desde que se abrió a los ciudadanos a finales del s. XIX.

Nos ocuparemos hoy de otro uso bien distinto, y mucho más triste, que los madrileños han hecho de la Dehesa. La idea surgió a raíz de un relato de Manuel Michelena, de quien ya hemos publicado aquí otro sobre El Canalillo. En él, el autor nos cuenta cómo en sus correrías de chavales se encontraron con el cadáver de un suicida.

Pero no adelantemos acontecimientos. El caso es que tras una intensa búsqueda por hemerotecas, no conseguimos encontrar ninguna noticia en la que apareciese el suceso del relato, pero dimos con bastantes reseñas en prensa sobre suicidios en la Dehesa de la Villa. Aunque el tema no es, ciertamente, agradable y, a pesar de una reticencia inicial por nuestra parte por aquello de no dar ideas, decidimos finalmente realizar este artículo.

Como decíamos, sin llegar al nivel del lugar por excelencia en Madrid para cometer este tipo de actos, el Viaducto, la Dehesa de la Villa aparece ligada a múltiples actos suicidas, sobre todo a finales del s. XIX y primera mitad del s. XX, para disminuir algo a finales del s. XX, cuando diferentes reformas la transformaron parcialmente en parque urbano y, por ende, en lugar más concurrido.

Uno de los primeros casos que hemos encontrado ocurrió ya en 1880, cuando todavía la Dehesa era más conocida como de Amaniel. En el mes de abril, un hombre se suicidaba disparándose un tiro en la cabeza. Y apenas unos años más tarde, en 1892, aparecía otro cadáver con la pistola recién disparada todavía en la mano.

Sucesos ha habido de todo tipo y modalidades, mayoritariamente muertes producidas por disparo de arma de fuego y ahorcamiento, pero se han producido también algunas por ahogamiento (en el antiguo Canalillo), arrojándose al vacío... Igualmente, los motivos de suicidio han sido variados y, en muchas ocasiones, desconocidos. Especialmente curioso fue un caso en 1916, en el que un hombre se ahorcó colgándose de la rama de un pino, dejando una nota para el juez en la que decía “Me suicido porque me da la gana”.

Afortunadamente, también se han producido intentos fallidos. Como uno de 1924 en el que un médico y su chófer que pasaban por la Dehesa divisaron un joven colgando de un árbol y acudieron a descolgarle, salvándole la vida. O como ese otro de 1928 en el que un joven con numerosos cortes causados con una hoja de afeitar fue hallado a tiempo de salvarle la vida a pesar de las hemorragias sufridas.

Y, como cabe suponer, ha habido numerosos casos confusos, con muertes sospechosas de asesinato atribuidas a suicidios. Como una de 1903, en la que un joven se entregó a la policía acusándose de haber apuñalado a su novia, a petición suya, en las inmediaciones del canalillo. Según él, deprimida por la oposición de su propia familia al noviazgo que mantenían, la chica le habría pedido que la matase para acabar con la angustia que la consumía. En algunas noticias de prensa se habló de un intento doble de suicidio y que al final el chico no había tenido valor para quitarse la vida... ¿Asesinato?, ¿suicidio? la solución del caso no hemos podido encontrarla.

Aunque, bien mirado, la hipótesis de suicidios pasionales comentada anteriormente no es tan descabellada, a tenor de otra noticia, esta de 1925, en la que una pareja, ella con tan sólo 15 años y su novio de 18 se suicidaron bajo los pinos en un montículo denominado “Tierra de Zarzón” (en Valdezarza, entre las Escuelas Bosque y el Asilo de La Paloma). La oposición al noviazgo por parte de la familia de la chica provocó que se escaparan y, tras una noche de ausencia y sin saber cómo afrontar la más que previsible reprimenda, desesperadamente optaron por suicidarse. Él presentaba un disparo en la sien y ella, otro en el pecho. La pistola caída en el costado de la joven llevó a suponer que primero se disparó él y luego ella. La noticia conmocionó a toda la barriada.

Los cuerpos sin vida de los jóvenes yacen ante el estupor de los vecinos.
(Foto: Alfonso; La Libertad, 1925; Biblioteca Virtual Prensa Histórica)

Igualmente conmovió a los vecinos de la Dehesa, en 1935, el hallazgo por parte de unos niños, que jugaban en las inmediaciones del canalillo a la altura de la Quinta de los Pinos, del cuerpo todavía con vida de una joven de 26 años. La joven se había disparado con un arma propiedad de su tío, guardia de seguridad, en cuya casa vivía. Su reciente orfandad más una nota en la que se leía “He sido yo; no se culpe a nadie” llevó a las autoridades a suponer un caso de suicidio.

Los niños señalan el lugar donde encontraron a la mujer. Detrás puede verse el canalillo. La fotografía original publicada incluía un primer plano de la cara de la víctima, que hemos eliminado para no herir sensibilidades.
(Foto: Alfonso; La Voz, 1935; Hemeroteca BNE)

La lista de casos es amplia y llega hasta épocas actuales. Pero no es nuestra intención profundizar más en el morbo de la cuestión. Hemos recogido simplemente unos casos representativos y sonados para ilustrar que este tipo de sucesos en la Dehesa han sido más frecuentes de lo imaginado. Ya para terminar, diremos como curiosidad que hay una película española, “El club de los suicidas” (Roberto Santiago, 2008; con Fernando Tejero y Lucía Jiménez), algunas de cuyas escenas han sido rodadas en la Dehesa de la Villa.

Vayamos ya con el relato de Manuel Michelena, que ayudará a rebajar el tono dramático que había ido adquiriendo este artículo.

Hay que hacer gimnasia
El texto, de Manuel Michelena, y las fotos de J. L. Berzal se reproducen con permiso de los autores a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por los autores.

Paco, Mariano, y yo, hemos decidido hacer gimnasia. Estamos a principios de los años cincuenta, y ya empezamos a presumir un poco. Hace unos días, nos compramos unas camisetas, que son muy atrevidas. La verdad es que son la leche; sin mangas, color gris y los ribetes negros.

Vamos por la calle, presumiendo del color moreno que tenemos, ya que solemos ir a la piscina muy a menudo. La gente, nos mira un poco como a bichos raros, y nos da un poco de corte, por lo que hemos decidido no volver a ponérnoslas más.

¡Tenemos que hacer gimnasia!, dijo Paco, estamos un poco flacos y por esos nos miraba tanto la gente.

Fuimos a dar un paseo por la Dehesa de Villa después de comer, y llegamos hasta el cerro de los locos, encontrando un ambiente muy animado.

Ladera del Cerro de los Locos en los años 50.
En el centro, puede apreciarse una de las trincheras de la Guerra Civil que lo rodeaban. Los dos mojones que se aprecian marcarían la separación entre la Dehesa y La Florida y parece ser que delimitaban el terreno (26.000 m2) que el Estado donó a los Huérfanos de Hacienda (ver noticia sobre antenas en el Cerro de los Locos).
Según algunos vecinos, llegó a existir incluso una pared, que la gente derribaba por las noches para acceder al Cerro y por el día la volvían a levantar. En el camino que va desde el Centro Fabiola de Mora hacia el Cerro de los Locos aún pueden divisarse las huellas en el suelo de la base de estos mojones. 
(Foto: J. L. Berzal; entre 1950 - 1960)

Unos hacían gimnasia, otros corrían, algunos jugaban al frontón en una caseta de la luz, y cuando terminaban sus ejercicios se duchaban en un caño de agua fresca que salía del canalillo.

Young Martin, el zurdo de Cuatro Caminos.
(Foto: autor y fecha no especificados; As.com)
Hablamos con algunos y nos dijeron que por las mañanas temprano había un buen ambiente, ya que venían muchos boxeadores famosos: Galiana, Folledo y Young Martin. Eso nos terminó de animar, y decidimos empezar también nosotros nuestra campaña de gimnasia por las mañanas, antes de empezar las clases del colegio en los Salesianos de Francos Rodríguez.

El espíritu por todo lo alto, y con las mejores intenciones, hicimos un programa de gimnasia y ejercicios. Quedamos citados a las siete de la mañana, y en avisarnos si alguno se quedaba dormido. Éramos vecinos puerta con puerta. Ellos vivían en Valls Ferrera 15 y yo en el 17.

Puntualmente, a la mañana siguiente, nos vimos en la calle, muertos de sueño, pero con la moral por las nubes. Íbamos un poco dormidos, pero a medida que iba pasando el tiempo y el aire nos iba refrescando, nos fuimos espabilando. Enfilamos por la calle Tremps hasta llegar a la calle Pirineos, y de allí inmediatamente, comenzamos a pisar los primeros pinos de la Dehesa de la Villa.

Comenzamos poco a poco a aumentar el ritmo, iniciando un pequeño trote, sintiendo ya como nuestros pulmones se iban ensanchando al recibir el aire puro. De pronto, al subir una cuestecita, ya muy próximos al cerro de los locos, nos quedamos de piedra, parando de golpe nuestra carrera… Joder, había un tío colgado de un árbol. Se balanceaba ligeramente, a pesar de que no corría viento, por lo que no debía llevar allí mucho tiempo. ¡Pies para que os quiero! Echamos a correr como alma que lleva el diablo hasta que llegamos a nuestro barrio. Nos metimos cada uno en nuestra casa, nos cambiamos de ropa y nos fuimos al colegio en silencio.

Otra vista de la ladera del Cerro de los Locos en los años 50.
¿Sería en alguno de estos árboles donde nuestros protagonistas encontraron al suicida?
(Foto: J. L. Berzal; entre 1950 - 1960)

Ya nunca más volvimos a hablar de hacer gimnasia, y cogimos las camisetas y las tiramos al basurero que había al final de la calle lindando con el canalillo. Empezamos a pensar que éramos unos chicos corrientes. La vivencia había sido muy dramática para unos chicos tan jóvenes. Nunca le contamos a nadie la experiencia que habíamos tenido.

El Canalillo

21 de noviembre de 2012

Recuerdos de la infancia alrededor del Canalillo. Con fotografías antiguas de José Luis Berzal.

Uno de los temas que teníamos pendientes de abordar era el del Canalillo a su paso por la Dehesa y alrededores, pero no terminábamos de decidir cómo hacerlo. Por un lado, disponíamos de unas fotografías antiguas que José Luis Berzal nos había cedido para el álbum colectivo que sobre la Dehesa y sus barrios estamos elaborando. Pero por otro lado, nos parecía redundante abordar este tema de la forma en que habitualmente lo hacemos; nuestros amigos de Historias Matritenses tienen ya publicado un magnífico artículo sobre la historia del Canalillo de Madrid que, aunque no se centra exclusivamente en el ramal Norte (el que discurría por la Dehesa y sus inmediaciones) proporciona toda la información básica sobre su construcción, recorrido, etc.

Recientemente, uno de nuestros lectores, Manuel Michelena, se puso en contacto con nosotros para ofrecernos una colaboración en forma de relato con los recuerdos de su infancia alrededor del Canalillo. Dicho y hecho, Manuel nos proporcionó un relato entrañable de andanzas y correrías de chavales por el Canalillo allá por los años 50, en el que parecían encajar más que a propósito las fotografías de que disponíamos. El resultado es el artículo que ofrecemos a continuación, en el que, además de contarse cómo era el Canalillo, aparece reflejado uno de los barrios próximos de la Dehesa, el que se situaba en la zona baja de Francos Rodríguez, entre la c/ Pirineos y el actual Paseo de Juan XXIII.

A ambos, Manuel Michelena y José Luis Berzal, les quedamos profundamente agradecidos por su amable colaboración.

Nuestro cuartel general. El Canalillo.
Texto: Manuel Michelena. Fotos: José Luis Berzal. Con permiso a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa para su reproducción; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por los autores.

Desde la Dehesa de la Villa, hasta Reina Victoria, pasando por el puente de Amaniel y el Caño Gordo, era el canalillo nuestro teatro de operaciones. Allí cogíamos varas, de unos árboles que llamábamos mal hueles y jugábamos a espadachines; cuando fuimos creciendo, arrancábamos varas, y saltábamos de un lado al otro del canal utilizándolas como si fueran pértigas.

‘Mal huele’ es uno de los nombres populares que se le da al ailanto. En la imagen, unos chavales que podrían ser perfectamente los protagonistas de nuestro relato, cortan varas de ailanto en la orilla del Canalillo. En la esquina superior izquierda puede verse un trozo del letrero donde se indica que es el ramal del Norte.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pescábamos ranas, a las que luego hacíamos fumar, abriéndoles su gran boca. También era divertido coger culebras que llevábamos al barrio para asustar a las chicas. Había un chico, que le llamábamos Kadul al que admirábamos mucho, que se metía las culebras dentro de la camisa. Todos le mirábamos sorprendidos, y las chicas se preguntaban dónde estaría la culebra, y nuestro buen amigo se la sacaba por debajo de los calzoncillos a la altura de las rodillas. Era un chico un poco desgarbado, alto, moreno, más bien casi negro, poco hablador pero que se había ganado el respeto de nuestra cuadrilla, ya que ninguno de nosotros era capaz de hacer lo que él hacía. Había uno, el Ginés que se metía las ranas, pero eso ya no nos impresionaba tanto. Yo alguna vez lo intenté, para quedar bien con los chicos, pero no era muy agradable. Te entraba un cosquilleo, y arañaba un poco y no paraba de moverse. Lo bueno era meterse tres o cuatro a la vez.

Alguien descubrió un día unos pececillos pequeños y estuvimos inventando artilugios para poder pescarlos, pero no lo conseguimos. A mí me fastidió ese fracaso y una mañana cogí un tenedor de mi casa, un alambre y corté una vara grande del canalillo. Estuve cerca de dos horas intentando ensartar a los pobres bichos, pero no conseguí nada. Se ve que de eso no dependía nuestra supervivencia, porque ahora veo reportajes en la TV y a personajes medio desnudos, pescando con lanzas, aparentemente con facilidad. Bueno realmente mis peces eran bastante pequeños.

Es curioso, que a pesar de que las aguas del canal iban generalmente limpias, y que apenas cubría un metro, casi nunca nos bañábamos. Se ve que eso de lavarse y bañarse no se llevaba mucho en la clase obrera. Nuestro deporte consistía generalmente en saltarnos el canal de una orilla a otra, ya que apenas tenía dos metros de ancho, medida aceptable para nuestra edad.

Dos niños caminan por el borde del Canalillo. Puede apreciarse perfectamente su anchura y profundidad tal como se menciona en el relato. Obsérvese que los niños portan cántaros y una lechera; seguramente irían a por leche a alguna de las varias vaquerías o majadas que había por la zona.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

A propósito de esto, recuerdo una historia que me ha quedado grabada, y que mis amigos han recordado pasado el tiempo con bastante frecuencia. Uno de los juegos de la pandilla era nombrar a un jefe, y hacer todo lo que él hacía. Se llamaba el juego seguir a la madre. Pues bien, se unió a nuestro grupo un chaval del otro barrio, que no era habitual que estuviera con nosotros, y quiso entrar en el juego. Nosotros le dijimos que era muy pequeño y que el juego era difícil jugarlo. Tanto insistió que al final lo admitimos. Hicimos barbaridades por el barrio, y como siempre acabábamos en el canalillo. Nos colamos por las alambradas, que eran de púas, y pasábamos entre medias con todos los cuidados.

Enternecedora imagen de un niño asomándose al Canalillo apoyado en las alambradas.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Nuestro buen Mito, que así se llamaba el chaval, nos fue siguiendo a trancas y barrancas, pero llegó la hora de ir saltando el canalillo siguiendo a la madre, y aquí llegaron las dificultades para nuestro pobre amigo. Falto de facultades no podía superar los dos metros y tomando carrerilla, saltaba y se pegaba con el borde cayendo al agua, así que decidimos después de jalearle todos, que lo cruzara a pie. Al pobre le llegaba el agua por la cintura. Parecía un Cristo, y para más Inri, en medio del juego apareció por una curva el guarda, que nos la tenía jurada. Como pájaros asustados, huimos en desbandada saliendo por las alambradas como pudimos. Detrás un guarda enfurecido, tirándonos piedras, llamándonos cabrones, cagándose en nuestra puta madre y otras lindezas.

Otra vista de la alambrada del Canalillo, en este caso a su paso por la Dehesa de la Villa a la altura del Cerro de los Locos. En la esquina inferior izquierda puede apreciarse el letrero del Canal prohibiendo el paso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Llegamos cada uno a nuestra casa como pudimos y a la hora de comer ya se me había olvidado el incidente, ya que era bastante habitual en nuestro programa de festejos. Estaba comiendo tan tranquilo en mi casa con mi madre y mis hermanos, y escuchamos un alboroto en el jardín, me asomo, y veo en la puerta un montón de chicos y una vieja llevando de la mano al Mito. El espectáculo era jodido. Una vieja chillando, el Mito todo mojado y con los pantalones rotos. Mi madre que se asomó al ver el ruido de la vieja, acostumbrada un poco a las aventuras de su hijo, solo exclamó ¡ene ama! Que siempre decía cuando ocurría en casa alguna cosa fuera de lo corriente.

La verdad, el número era impresionante. Cuando salimos de estampida con el guarda pisándonos los talones el chaval se arrastró hasta las alambreras, y se enganchó los pantalones. Yo no sabía qué hacer, y de repente el Mito, señalándome con el dedo le dijo a su abuela que no dejaba de chillar, ¡Ha zido eze! el pobre ceceaba un poco. Salimos como pudimos del lance. El castigo de mi madre fue varios días sin salir, y desde luego al Mito ya no le volvimos a admitir en nuestra pandilla.

Una pandilla de chavales juega con una carabina de perdigones en las proximidades del Canalillo, en la vaguada que había entre las actuales calles del Almirante Francisco Moreno y del Camino de las Moreras.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Ya he mencionado al guarda, quiero decir que nosotros le dábamos bastante trabajo y el hombre siempre estaba de mala leche. Cuando bajaba a las tiendas del pueblo a por tabaco o a tomarse un chatillo en la taberna del Sr. Fermín desaparecíamos todos de la calle por donde el pasaba, y si quedaba alguno, era blanco de sus miradas amenazantes. Le llamábamos Gazaparullo y se lo gritábamos siempre que estábamos lejos de su alcance y él, como siempre, nos llamaba cabrones e hijos de puta. A unos cuantos nos la tenía jurada, pues ya nos conocía de otras veces… Sin embargo, lo que es la vida, hubo una circunstancia en la que pagamos por nuestro pecados con el guarda. Un día de correrías, fuimos a los viveros, nuestro límite del territorio con el caño Gordo, y estuvimos cogiendo moras y amajuelas, terminando nuestra jornada, entrando al canalillo a la altura del Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, para tranquilamente salir por la puerta que siempre estaba abierta para el paso de los guardas, a la altura del merendero de Casa Gorris.

Evocadora estampa de cómo eran las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a mediados del s. XX.
En la imagen, la c/ Tremp. A la izquierda, entre los árboles y el poste de la luz, puede verse la esquina del alero de una casa que todavía pervive en el número 42. La acera derecha ha desaparecido completamente; nótese en la esquina superior derecha el cartel anunciando Casa Gorris.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

La verdad que íbamos relajados, llenas las manos de moras y amajuelas, cuando de repente encontramos en la puerta un mozarrón fuerte, mal encarado, que tapándonos la salida nos dice, ¡con que Gazaparullo, eh! Nos puso en fila a todos los chavales para que saliéramos y según íbamos atravesando la puerta, nos iba pegando una hostia al tiempo que decía ¡toma gazaparullo! No hubo forma de escapar a ese convite, y allí terminamos todos comulgando, sin haber oído misa, una tarde de Agosto. Al oficiante de la ceremonia le llamaban El Nene y era hijo del guarda. Pasado el tiempo, y ya mas mayorcitos, nos hicimos amigos del guarda y supimos que se llamaba Eugenio y nosotros le ofrecíamos tabaco, y algún que otro chatejo de vino y le gustaba que le llamáramos Sr. Eugenio. Mira que erais perros, nos decía. Yo creo que era el exceso de salud que teníamos, que había que gastarla de alguna forma.

Trasera de la calle Tremp en su límite con el Canalillo, el lugar exacto de la entrada a Casa Gorris donde el relato sitúa el encuentro con el hijo del guarda. A la izquierda, las alambradas y, al fondo, la puerta de acceso.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Otra de las aventuras del verano también en el canalillo, era la búsqueda de pelotas que se caían por encima de las tapias de la Piscina Tritón en la calle Valls Ferrera, cuyo límite era el canal, todo lleno de zarzas, arboleda espesa, varas de mal huele, etc. La gente esperaba el final del día para a la salida ir en busca de la pelota que se les había colado. Tarea casi imposible para personas poco acostumbradas a andar por esos matorrales, que nosotros conocíamos como la palma de la mano. También había que saltar las alambradas de espino. Demasiado para unos chicos de ciudad.

El Canalillo en la vaguada que hoy ocupa el parque de Ofelia Nieto. Puede apreciarse la frondosidad que se menciona en el relato. Además, uno de los puentes disponibles para cruzar el Canalillo y, a la derecha, una de las puertas de acceso. Obsérvese igualmente, detrás del árbol, un capirote del viaje de agua de Amaniel.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Un día a la semana, generalmente los lunes, llamábamos a los chicos del otro barrio y juntos emprendíamos la búsqueda de esos tesoros que no estaban al alcance de nosotros. Muchas veces jugábamos al fútbol con pelotas de trapo. Terminada la jornada con dos o tres pelotas de botín, llegaba la hora del reparto. Poníamos una raya en el suelo, y mediamos quince pasos, cogíamos cada uno una piedra lo mas lisa posible (de las que usábamos para jugar al palmo y dao), y la tirábamos por orden intentando conseguir que cayera lo más cerca posible de la raya, y se repartían los trofeos según el orden conseguido. Casi siempre ganábamos los mismos, y los del barrio de arriba estaban mosqueados y se empeñaron en que nos lo jugáramos a los montones, cosa que yo me negaba porque sabía que manejaban las cartas mejor que nosotros, y además sabían hacer trampas.

A propósito de estas discusiones por este negocio, un día el Pichi que era un pandillero del otro barrio empezó a calentarnos a los dos Jefes de Barrio, como ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez simulando un combate de Lucha libre Americana. Por un lado el Ufano, y del otro el Pocholo, este era yo. Empezaron a jalearnos todos los chavales, y ya harto del juego del Pichi, di un paso al frente, sacando pecho y dije ¡aquí hay uno! Cosa curiosa, el Ufano se achantó. Yo tenía las piernas temblando, pero nadie se dio cuenta. No veas como quedé y el respeto que gané en las dos bandas. Pasado el tiempo, siempre le he pedido a la vida que no me pusiera en situaciones violentas, y gracias a Dios, tengo ya 73 años y nunca las he tenido de importancia.

Terminados los juegos, los niños vuelven a sus casas por el borde del Canalillo.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Hace poco pedí a uno de mis hijos que me acercara a mi teatro de operaciones, el Canalillo de mis 12 años, ya que ahora vivo fuera de Madrid. Bloques de apartamentos, carreteras, jardines, calles asfaltadas, no pude reconocer ningún paisaje amigo. Algo se rompió dentro de mí. Mi Canalillo, aquel amigo que estuvo presente en mi historia infantil había desaparecido, se me había ocultado. Mi casa era un terraplén. Paseé por las calles y no pude saludar a nadie. Me dieron ganas de llamar a las puertas de las casas para gritarles ¡Soy el Pocholo! ¿No os acordáis de mí?

Imagen de un tiempo y un escenario perdidos. Prácticamente irreconocible, se trata de la vaguada a continuación de la Avenida Pablo Iglesias, entre las calles Almirante Francisco Moreno y Camino de las Moreras. Por entre la arboleda, discurría el Canalillo. Al fondo se distingue la cúpula de las antiguas escuelas del Ave María de la c/ María Auxiliadora; a la izquierda, las casas de las calles Valle de Arán, Tremp, Pirineos (puede verse el torreón de la tristemente desaparecida Quinta El Mirador)... Enteramente, parece que fuera un pueblo, tal como se menciona en el relato.
(Foto: J. L. Berzal, entre 1950-60)

Pobre Canalillo, también tú sentirás nostalgia de los tiempos pasados. Si tuvieras alma seguro que te acordarías de nosotros que siempre tuvimos un rincón para ti muy importante en nuestro corazón. Siempre te quisimos. Al despedirme de mi barrio y de ti he derramado alguna lágrima, posiblemente todavía queda en mi cuerpo de hombre resto de tus aguas. Me hubiera gustado que fuera rodando hasta tu viejo caudal conocido. ¿Acaso me estoy volviendo loco con estos pensamientos? Es posible.

Algunos de los vestigios del Canalillo en la actualidad.
Arriba, a la izquierda, ría en el parque de Ofelia Nieto; a la derecha, el Canalillo en el cruce con la antigua carretera de la Dehesa.
Debajo, a la izquierda, casas del Canal detrás del Colegio de Huérfanos Ferroviarios; a la derecha, uno de los postes de la antigua alambrada en el paseo del Canalillo en plena Dehesa de la Villa.
(Fotos: A. Morato, 2010)


Este artículo ha sido seleccionado para su publicación en el número 13 de la revista digital La Gatera de la Villa.

La piscina Tritón – Fotografías antiguas de José Luis Berzal; 1952

19 de noviembre de 2011

Sobre la Tritón, una de las piscinas históricas en los alrededores de la Dehesa de la Villa.

En anteriores ocasiones hemos publicado en este blog imágenes de la colección de fotografías que José Luis Berzal ha puesto a nuestra disposición. Traemos hoy unas cuantas más para ilustrar este estudio acerca de una de las piscinas históricas que hubo cerca de la Dehesa de la Villa, la piscina Tritón.

Las fotos de J. L. Berzal que se incluyen en este artículo se reproducen con la autorización por parte del autor a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por el autor.

(Foto: J. Luis Berzal, 1952)

La piscina, situada en la calle Francisco de Diego, número 15, pertenecía al Club Natación Tritón, de ahí su nombre. Se inauguró un jueves 29 de agosto de 1935, con unas pruebas de natación en las que, además de los anfitriones, participaron los clubes Lago y Canoe N.C., seguidas por una merienda para los asistentes y una exhibición de saltos.

Enseguida cobró bastante renombre y en los años siguientes se celebraron diferentes competiciones y festivales de natación.

(Foto: J. Luis Berzal, 1952)

En los años 50, época a la que pertenecen las fotos del artículo, la piscina seguía siendo federada, pero de acceso público, al igual que las Stella, Lido, El Carmen, El Lago, Las Fuentes y Kandusi –ésta también cercana a la Dehesa de la Villa-. Todas ellas, junto con la Municipal, Florida, Playa de Madrid, Villa Rosa, Zamba, Safari..., las piscinas de algunos hoteles de lujo y las de algunos clubes privados (Canoe, Real Madrid, Aero Club, Puerta de Hierro, Club de Campo, Apóstol Santiago, Parque Móvil Ministerios y Canal de Isabel II) constituían las opciones acuáticas madrileñas en aquel entonces. Como curiosidad, diremos que el precio de la entrada oscilaba entre las 12 y 45 pesetas (datos de 1957).

(Foto: J.L. Berzal, 1952)

En la década de los 60 la piscina todavía seguía en pie. Una noticia de 1967 informa del suceso en el que un chaval de 14 años pereció ahogado en la piscina a causa de un desvanecimiento. Encontramos igualmente un anuncio posterior, de 1969, de una promoción de viviendas que incluye un plano de situación en el que aparece referenciada la Tritón.


La piscina desapareció a mediados de los años 70, como resultado de la cuarta fase de remodelación del polígono Francos Rodríguez que afectaba a las calles Tremp, Noguera Pallaresa –hoy Valle de Arán-, Valls Ferrera y Francisco de Diego.

Vistas aéreas comparativas de la zona donde se encontraba la piscina Tritón.
Arriba, en 1961-67 con la piscina recuadrada en rojo, en la manzana delimitada por las calles Tremp, Francisco de Diego, Valls Ferrera y al sur, el canalillo.
En el medio, vista de 1975 tras las obras del polígono Francos Rodríguez que afectaron a la manzana: nótese que se ha remodelado la intersección de las calles Francisco de Diego y Federico Rubio; se ha modificado el trazado de la calle Valls Ferrera; en paralelo al canalillo, que ha perdido parte de su arbolado, discurre una nueva calle, Noguera Pallaresa, que sería posteriormente absorbida por la calle Valle de Arán; otra calle nueva, Almirante Francisco Moreno, prolonga la Avda. de Pablo Iglesias hacia la Universitaria y corta el canalillo; se ha construido un nuevo puente para salvar la intersección de Federico Rubio con Almirante Francisco Moreno; y, por último, aparecen las primeras nuevas urbanizaciones de la zona (Gredos, Siete Picos, Peñalara...).
Debajo, la zona en 2010 ya completamente urbanizada.
(Mosaico ortofotomapas 1961-67, Ortofotomapa Comunidad 1975 y Ortofotomapa Madrid capital 2010; Planea CAM)

Por último, mencionaremos que el humorista Miguel Gila hace referencia a la piscina Tritón en sus memorias Y entonces nací yo. Memorias para desmemoriados, (1995): “Mariano García de la Puerta ha sido, sin lugar a dudas, aunque olvidado, el mejor delantero de la historia del fútbol español. [...] Decían que, además de ser un gran jugador, era carterista y maricón. Tal vez fuese verdad, pero para mí y para todos los chavales del barrio, García de la Puerta era un ídolo, porque no sólo era un fenómeno con el balón en los pies sino uno de los mejores saltadores de trampolín de la época. Él me enseñó, en la piscina Tritón, todos esos saltos que, años más tarde, me permitieron ganar el campeonato de saltos de Castilla en la piscina Samoa de Valladolid, dos años consecutivos”.

Botánica para todos en la Dehesa de la Villa (VII)

12 de junio de 2011

Séptimo capítulo de la serie Botánica para todos en la Dehesa de la Villa, en el que Andrés Revilla se ocupa de una planta vista hace más de 80 años en los alrededores de la Dehesa de la Villa.

Se busca planta desaparecida en 1929: Veronica chamaepithyoides.

(Foto: E. Rico, F. Amich; Atlas y Libro Rojo de la Flora Vascular Amenazada de España, 2008)

La Dehesa sigue siendo una fuente de sorpresas. Hoy atacamos con una plantita de difícil observación de la cual en la actualidad sólo se conoce una población en Segovia formada por menos de veinte ejemplares y que raramente fructifican.

Nuestra planta enriquecía un día el complejo hábitat de la Dehesa . Hemos visto en otras ediciones cómo la Dehesa aportaba a la ciencia numerosas y valiosas especies. Esta verónica fue una de ellas.

Identificación:
Planta anual de 2-16 (24) cm, erecto, ramificado, con pelos cortos, cubierto casi por las hojas. Rabillo de la flor casi inexistente, flores azules muy pequeñas en racimo terminal.
Se diferencia del resto de verónicas por la forma de las hojas, con lóbulos muy profundos. Florece entre abril y mayo.

Distribución:
Nos encontramos ante un endemismo de la península Ibérica, es decir, solo se la conoce en nuestro territorio. En el real Jardín Botánico de Madrid hay un montón de pliegos de herbario (MA 112039) de muestras recogidas en la Dehesa de la Villa en 1929 junto al acueducto de Amaniel. Aquello eran entonces merenderos y huertas, lo que facilitó su herborización.

- Citada en Dehesa de la Villa en 1929 (MA 112039)
- Citada en Alcolea de las Peñas (Gu): Veronica chamaepithyoides Lam.
LLANSANA, 1984 (Alcolea de las Peñas, MACB 13882) Listado de Plantas vasculares de Guadalajara. M.A. Carrasco, M.J. .Maciá & M. Velayos.

Imagen aérea de los años 20 de la zona del antiguo estadio Metropolitano. Al fondo puede distinguirse el acueducto y la denominada Vega de Amaniel con sus huertas, donde fue encontrada la Veronica chamaepithyoides.
(Foto: autor desconocido, 1925; Urbanity)

Dos imágenes de los años 50-60 del acueducto de Amaniel en las que aún pueden observarse las huertas que lo rodeaban. Hoy en día es el trazado de la Avda. Pablo Iglesias.
(Foto izqda: J.L. Berzal; Foto dcha: Aurelio)

Hasta la próxima cita."

Actualización 12-diciembre-2011.
Recientemente, Julián García Muñoz, con el asesoramiento de Enrique Rico, recogió semillas en Guadalajara, donde queda la última población viva de la Veronica chamaepithyoides y ha logrado en el vivero/invernadero de la fundación APADRINA (en la Finca de Solanillos) reproducir la especie. Con esto han conseguido cientos de semillas y alguna reintroducción en las inmediaciones de esta última población. Esto ha supuesto la salvación de la muy segura extinción de una especie endémica de la flora ibérica. Incluimos a continuación imágenes de Veronica chamaepithyoides, algunas de las cuales han sido tomadas en el vivero de APADRINA. Más detalles en Arba bajo Jarama.


(Álbum de Unos y otros, Picasa Web)


Serie Botánica para todos en la Dehesa de la Villa:
- I - Flores y semillas de olmos y fresnos
- II - Forsitia o campanilla china
- III - Floración de los cipreses
- IV - Floración de los almendros y los ciruelos rojos
- V - Floración de las praderas
- VI - Los pinos de la Dehesa
- VII - Veronica chamaepithyoides: planta desaparecida
- VIII - Cedros
- IX - Encinas
- X - Madroños
- XI - Retamas
- XII - Acacias
- XIII - Pinos caídos en la Dehesa de la Villa
- XIV - Álamos

Fotografías antiguas: ovejas en la Quinta de los Pinos, 1958 (Cont.) – José Luis Berzal

28 de abril de 2011

Más fotografías antiguas de José Luis Berzal, realizadas en1958 en los alrededores de la Quinta de los Pinos, en terrenos que fueron de la histórica Dehesa de Amaniel.

Una de las mayores satisfacciones de publicar en este blog es recibir los comentarios de agradecimiento de los lectores porque alguno de los artículos les ha traído buenos recuerdos de otras épocas, les ha resultado útil, ha despertado su curiosidad por algún motivo, o simplemente para reconocer el esfuerzo realizado. Pero la satisfacción es, si cabe, mayor cuando alguien contacta con nosotros ya sea para colaborar en forma de artículos, para transmitirnos recuerdos y testimonios, para cedernos fotografías o documentos antiguos... que es lo que nos ha sucedido recientemente.

José Luis Berzal posa delante de uno de sus
retratos, "El pastor de Alcobendas", de 1975.
(Foto: Madrid, Villa y Corte)
En octubre de 2010 publicábamos el artículo Investigación de fotografías antiguas: la Quinta de los Pinos, 1958, en el que a partir de dos fotografías encontradas en el Archivo Fotográfico de la Comunidad de Madrid hacíamos un estudio pormenorizado para localizar el sitio exacto donde fueron tomadas, que resultó ser en las inmediaciones de la Quinta de los Pinos, en terrenos que fueron de la histórica Dehesa de Amaniel.

Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, tras ver sus fotos publicadas en nuestro blog, el autor, José Luis Berzal, contactó con Adolfo Ferrero, vicepresidente de la Asociación, para además de hacerse socio de los Amigos de la Dehesa, ofrecernos más imágenes de su colección. Para nuestra sorpresa, resultó que José Luis es todo un artista de la fotografía que a lo largo de más de 50 años ha ido recogiendo con su cámara la vida diaria de muchos lugares de Madrid, incluso los más recónditos, especialmente de la barriada de Tetuán, donde nació, y de la Dehesa de la Villa y sus alrededores.

Quedamos enormemente agradecidos a José Luis por las imágenes que nos ha cedido y que iremos publicando en nuestro blog en próximas entregas.

¿Quién es José Luis Berzal?
José Luis Berzal nace en Madrid un 18 de septiembre de 1930 en la calle Beire 18, en plena barriada de Tetuán (Cuatro Caminos / Bellas Vistas). Inició su vida laboral como aprendiz en un taller de ebanistería y, tras un año y medio, deja las maderas para entrar a trabajar como botones en el entonces Banco Hispanoamericano. Durante 47 años desarrolló allí su labor como bancario, teniendo conciencia muy clara de que era la manera de obtener unos ingresos que le proporcionasen una vida familiar sin sobresaltos y poder así dedicarse y llegar a ser lo que en realidad es, un artista.

A lo largo de su vida, ha realizado numerosos estudios artísticos: Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Madrid; Escuela Nacional de Artes Gráficas; Real Sociedad Fotográfica de Madrid; Escuela Técnica de Alta Fotografía (ETAF); estudios de pintura con los maestros Pedro Marcos Bustamante, Eduardo Peña y Ángel Aragonés, etc.

Su obra fotográfica ha sido objeto de varias exposiciones, tanto colectivas (Ayuntamientos de Cerceda, El Boalo, Mataelpino; Asociación de Amigos del Arte y de la Historia; Archivo Fotográfico de la CAM en el Canal de Isabel II: "Madrileños, un álbum colectivo", para el que donó más de 100 fotografías; etc.) como individuales (“Imágenes para el recuerdo”, Centro Cultural Eduardo Úrculo; “Imágenes para el recuerdo: El retrato”, Academia Artium; “Simetrías”, Academia Artium; Concejalía de Tetuán: Día del Niño; Estudio Peña; Real Automóvil Club; etc.). Pero también ha acudido a otras exposiciones con dibujos basados en temas fotográficos, o con dibujos en tinta china basados también en composiciones fotográficas.

Carteles anunciadores de las últimas exposiciones de José Luis Berzal, realizadas en septiembre 2010 y febrero 2011.

Ha participado en numerosos concursos, salones, certámenes de fotografía, tanto nacionales como internacionales, obteniendo diversos primeros premios, premios de honor, medallas de oro, etc.

Nada resume mejor la calidad de su obra que las palabras con las que el profesor de literatura Juan Antonio Cansinos introducía la exposición “Imágenes para el recuerdo”, que José Luis Berzal celebró en el Centro Cultural Eduardo Úrculo en 2010: “Me viene a la memoria una frase de Miguel Hernández: ‘Se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía’. Hay que ser un gran poeta para definir el paso del tiempo de esta manera. Berzal expresa lo mismo no con versos sino con imágenes fotográficas, incluso con retratos. Porque para él una lágrima y una fotografía son los más puros sentimientos que pueden emanar del corazón humano”.

Y ya sin más dilación, iniciamos la publicación de las fotos de José Luis Berzal. En la entrega de hoy completaremos la colección que sobre las ovejas en los alrededores de la Quinta de los Pinos iniciamos en octubre del año pasado.

Ovejas en los alrededores de la Quinta de los Pinos, cerca de la Dehesa de la Villa, 1958.
Las fotos que se incluyen a continuación se reproducen con la autorización por parte del autor a la Asociación Cultural Amigos de la Dehesa la Villa; cualquier uso posterior por terceros deberá ser aprobado expresamente por el autor.

Original de una de las fotos que publicábamos en el artículo Investigación de fotografías antiguas: la Quinta de los Pinos, 1958 y que dio pie a que José Luis Berzal contactara con nosotros. Como ya indicábamos allí, la foto se tomó en la por entonces denominada Vega o Valle de Amaniel, en las estribaciones de la Quinta de los Pinos, hoy en día inicio del Paseo de Juan XXIII junto a la Avda. Pablo Iglesias.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

La Vega de Amaniel que comentábamos en la foto anterior, ascendiendo por la ladera derecha hacia la Quinta de los Pinos, por donde hoy está la Jefatura Superior de Policía.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

Escenario similar al de la anterior foto, pero tomada desde abajo, desde la Vega de Amaniel.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

Foto tomada en lo que hoy es la Avda. Doctor Federico Rubio y Galí, antes del cruce con el Camino de las Moreras; las tapias que se pueden apreciar al fondo serían los terrenos del actual Hotel R.M. Don Quijote.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

Original de la segunda de las fotos publicadas en el artículo Investigación de fotografías antiguas: la Quinta de los Pinos, 1958. Tal como allí se explicaba, el escenario es el final de la Vega o Valle de Amaniel, en la ladera de la Quinta de los Pinos que está orientada hacia la Ciudad Universitaria. El edificio que se ve al fondo sería La Almudena, antiguo Colegio de Huérfanos de Médicos, hoy Facultad de Educación de la UCM. La foto estaría tomada a la altura de la Calle Rector Royo Villanova, más o menos en lo que hoy en día es el Colegio Mayor Mendel.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

Otra instantánea del escenario anterior.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

Una tercera toma del mismo escenario, con el pastor sentado al fondo.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)


Y, para terminar, una auténtica joya, unas ovejas en la Dehesa de la Villa, a la altura del Cerro de los Locos. Obsérvese lo despoblado del cerro y, a la derecha, uno de los capirotes del viaje de agua de Amaniel o de Palacio.
(Foto: J.L. Berzal, 1958)

Finalizamos aquí esta primera entrega de fotografías de José Luis Berzal. Más adelante iremos publicando más imágenes de su fondo fotográfico que, esperemos, harán las delicias de todos los aficionados a las fotografías antiguas.

Nota: en la web Madrid, Villa y Corte puede encontrarse un pequeño reportaje sobre José Luis Berzal junto con algunas de sus fotografías de otros lugares y retratos.

Investigación de fotografías antiguas: la Quinta de los Pinos, 1958

23 de octubre de 2010

Sobre las fotografías antiguas y el proceso de identificación de dos fotografías de 1958 tomadas en los alrededores de la Dehesa de la Villa, en la llamada Quinta de los Pinos.

Las fotografías antiguas esconden en su interior un magnetismo secreto que puede hechizar al que las contempla, atrayendo su atención y fijando su mirada. Es cierto que este mecanismo no funciona con todas las fotografías ni con todas las personas. Depende en gran medida del ojo que las ve, de la actitud del que las mira. En ocasiones, ojeamos una colección de fotografías antiguas y simplemente vamos pasando por ellas sin que ocurra nada más. Pero, de pronto, una de ellas pone en funcionamiento ese magnetismo y nos atrapa; despierta nuestras emociones, bien porque en ella reconocemos personas o lugares que despiertan nuestra nostalgia, bien porque destapa nuestra curiosidad por ver cómo eran antiguamente las gentes o los sitios que nos rodean… y entonces podemos quedar atrapados en ella durante horas. Los que carecen de esta sensibilidad no lo comprenderán jamás, pero los que compartís esta afición sabréis perfectamente de qué os hablamos.

En los últimos años han proliferado en Internet multitud de páginas, foros, blogs… donde deleitarse con fotografías antiguas. La mayoría de ellas están perfectamente identificadas, especialmente las que retratan escenarios y episodios del Madrid histórico. Mucho más difícil resulta hallar fotografías de los antiguamente llamados suburbios o extrarradios y, cuando se encuentran, muchas de ellas no contienen referencias al sitio donde se tomaron, con lo que resulta complejo ubicarlas: la periferia ha cambiado tanto que apenas quedan vestigios que permitan situar la fotografía antigua en el lugar en el que fue exactamente tomada.

Revisando hace tiempo la página Madrileños, Archivo Fotográfico de la Comunidad de Madrid, encontramos un par de fotos. Si bien la única referencia que aparecía era que pertenecían al distrito de Moncloa, un presentimiento nos decía que esas fotografías estaban tomadas cerca de la Dehesa de la Villa. Desistimos al no poder ubicarlas, pero ese magnetismo del que hablábamos ya nos había atrapado. Volvimos sobre ellas con más tiempo y, ahora sí, creemos haberlas situado. Traemos aquí las fotos por tratarse de las proximidades de la Quinta de los Pinos, en terrenos de lo que históricamente fue la Dehesa de Amaniel y un lugar muy vinculado a la Dehesa de la Villa sobre el que en próximas entregas nos ocuparemos en un artículo más detallado.

Fotografía 1: Rebaño de ovejas Moncloa-Aravaca.
(Foto: José Luis Berzal Pérez, 1958; Archivo Fotográfico CAM)

Fotografía 2. Rebaño de ovejas Moncloa-Aravaca.
(Foto: José Luis Berzal Pérez, 1958; Archivo Fotográfico CAM)

La primera pista para ubicar las fotografías la dieron las casitas que, en la fotografía 1, aparecen al fondo a la derecha. Después de comparar con varias fotografías de la zona del antiguo estadio Metropolitano, el estilo de las construcciones parecía ser el mismo. Desafortunadamente, casi todas las casas de lo que fue el Parque Urbanizado Metropolitano en ese tramo han desaparecido y en las vistas actuales no aparecía ninguna. Entonces la pista definitiva la dieron los edificios más altos de la zona izquierda, los que a continuación aparecen sombreados en gris en la fotografía original.

Fotografía 1: sombreados los edificios que permitieron la localización.
 
Comparando con vistas actuales, se puede ver que son los mismos edificios que ocupan la manzana entre las calles Reina Victoria, Beatriz de Bobadilla, Juan Montalvo y Estudiantes, justo enfrente del colegio del Buen Consejo.
 
Vista aérea actual de Bing Maps con el detalle de la manzana que aparece sombreada en la fotografía anterior.
 
Comparando con una vista ampliada de la zona actual, se deduce que la fotografía debe estar tomada desde las estribaciones de la Quinta de los Pinos. El barranco que se aprecia en la fotografía original justo detrás de las ovejas no puede ser sino el actual Paseo de Juan XXIII, por donde antiguamente discurría el arroyo de Amaniel, antes de juntarse con el arroyo Cantarranas. Se puede apreciar, asimismo, el patio del colegio Buen Consejo y delante, los terrenos que quedaban de la histórica Quinta de Buenos Aires, de la que también nos ocuparemos en futuros artículos, hoy ocupados por un parque y edificios entre las calles Justo Dorado, Almansa y Juan XXIII.
 
Vista aérea actual de Bing Maps ampliada a la zona que aparece en la fotografía 1. En el recuadro rojo, la manzana anteriormente detallada; sombreada en azul, la zona desde donde probablemente se tomó la fotografía. Justo debajo, a la izquierda, una referencia a la Quinta de los Pinos.
 
Para completar la identificación, hablamos con un antiguo vecino de la zona, quien nos confirmó la existencia de dos tenadas, majadas o corrales contiguos en los alrededores de la Quinta de los Pinos, más o menos por donde hoy en día están los colegios mayores del Paseo Juan XXIII.
 
Así pues, una vez ubicada la fotografía 1, la fotografía 2, que era prácticamente ilocalizable resulto más sencilla. En este caso, la pista la da el edificio del fondo.
 
Fotografía 2: sombreado el edificio que permitió la localización.
 
Estaba claro que esta fotografía pertenecía a la misma serie que la 1. Así que hubo que revisar detenidamente las construcciones de la zona, y encontramos que coincide con la torre del edificio La Almudena, antiguo Colegio de Huérfanos de Médicos, hoy Facultad de Educación de la UCM.
 
Vista aérea actual de Google Street View con el detalle del edificio sombreado en la fotografía anterior.
 
La fotografía original estaría tomada, por tanto, desde la calle Rector Royo Villanova, más o menos en lo que hoy en día es el Colegio Mayor Mendel. El edificio que se ve detrás de las ovejas sería, pues, la torre izquierda de la Facultad de Educación vista desde ese punto.
 
Vista aérea actual de Bing Maps ampliada a la zona que aparece en la fotografía 2. En el recuadro rojo, el edificio anteriormente detallado; sombreada en azul, la zona desde donde probablemente se tomó la fotografía. Se ha ampliado la vista para ver, en el margen inferior, la referencia a la Quinta de los Pinos.
 
Sorprende ver lo muchísimo que ha cambiado la zona. Sorprendente, asimismo, fue ver que el topónimo Quinta de los Pinos, que creíamos prácticamente olvidado excepto en la memoria de los más antiguos, sigue apareciendo en los mapas actuales de Bing Maps.

Este artículo continúa en Fotografías antiguas: ovejas en la Quinta de los Pinos, 1958 (Cont.) – José Luis Berzal, donde contamos cómo, a raíz de este primer artículo, José Luis Berzal contactó con nosotros para ofrecernos más fotografías de su colección y donde se publican el resto de imágenes de su serie sobre las ovejas en la Quinta de los Pinos.

Nota a los lectores: esperamos que hayáis disfrutado con la lectura de este artículo tanto como nosotros durante la investigación. Desde estas páginas animamos a todos aquellos que tengan fotografías antiguas de la Dehesa y sus alrededores a que nos las remitan para su estudio y, si así lo desean, su posterior divulgación.
 
Si tienes alguna fotografía antigua de la Dehesa o alrededores y quieres que la publiquemos o si desconoces dónde está tomada y quieres que te ayudemos a situarla, envíanos un mensaje a través de nuestro formulario de contacto.

08-09-2011 - Actualización.
Editamos el artículo para incluir un análisis de algunos otros edificios de la zona que complementan y completan la identificación de la fotografía original. La comparativa nos ha sido enviado por Ángel Trujillo, experto conocedor del antiguo Stadium Metropolitano, al que agradecemos la aportación que nos ha realizado.

Estudio comparativo con la identificación de algunos de los otros edificios que aparecen en la fotografía de J.L. Berzal.
(Cedido por Ángel Trujillo)